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En Santa Teresa, un tranquilo pueblo ubicado a 150 kilómetros al oeste de San José, en el que hace casi medio siglo saben convivir en completa armonía pescadores y surfistas, no solo hacía un clima perfecto, sino que la vida transcurría con total normalidad. Eso dice Martín Kalz, argentino de 32 años.
Su madre Gloria, de 62, estaba más que feliz en sus vacaciones, hasta que llegó un mail de Avianca en el que se les indicaba que debían volver a la capital para agarrar un vuelo de emergencia y no quedarse enclavados en Costa Rica, porque el espacio aéreo nacional iba a ser cerrado por decreto presidencial. La razón: coronavirus, pandemia global.
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Martín y su madre acataron la información y volvieron a San José. Ya en el aeropuerto recibieron el primer baldado de agua helada: el vuelo que los sacaría del país había despegado completamente atiborrado de pasajeros desesperados por volver a sus países de origen. Solo 38 horas después pudieron salir de Costa Rica, no sin antes haber sido ilusionados con vuelos hacia El Salvador y Perú, países que en el trascurso de este tiempo decidieron cerrar sus respectivos espacios aéreos.
Martín empezaba a preocuparse. Desde hace un par de años su madre cuenta con un solo pulmón, debido a un feroz cáncer que, por suerte, había podido ser atajado a tiempo en varios hospitales de Buenos Aires. No obstante, a su condición de paciente de alto riesgo, Gloria pidió calma a su hijo, con la convicción de que todo se regularizaría prontamente. De repente, recibieron dos ofertas: salir del país vía Ciudad de Panamá o vía Bogotá. Eligieron la segunda opción, más que nada porque Bogotá queda más cerca de su país natal que Panamá.
Una vez en Bogotá, recibieron la noticia de que se restringía totalmente el ingreso de extranjeros a Colombia, pero que el aeropuerto El Dorado seguiría funcionando como terminal de paso y conexión. El panorama era desalentador: miles de pasajeros represados, con los ánimos por las nubes, paranoicos, sin dinero, muchos agripados, a la espera de una solución por parte de las diferentes aerolíneas.
Ahora bien, en la singular estadía de madre e hijo, los comercios de El Dorado empezaron a cerrar paulatinamente, excepto una farmacia y un Burger King. Una pareja de franceses fue puesta en cuarentena de 100 horas por fiebre, varias personas permanecen en aislamiento preventivo por sospecha de contagio y, cada cosa que es vendida, como tapabocas, geles antibacteriales, mantas, almohadas y medicaciones, han subido arbitrariamente hasta cuatro veces su valor corriente. No hay salones VIP y de las 56 puertas de entrada y salida que tiene el aeropuerto solo está funcionando 1. Por su parte, los baños subsisten ajustados a tiempos específicos de visita reglados por autoridades, las salas de espera habilitadas parecen inverosímiles campos de concentración y los trabajadores de la terminal se mantienen con guantes de látex y mascarillas de protección nuclear.
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Apenas Martín y su madre cumplieron 26 horas encerrados en El Dorado, les notificaron que un vuelo saldría a Buenos Aires al cabo de 12 horas más. La respuesta que recibió Martín cuando le pidió a una funcionaria de Avianca un sillón para que su madre se recostara y pudiera descansar hasta la hora programada fue “su problema no es mi problema”. Gloria permanece en silencio, observando y, en parte, protagonizando la gran película de género indeterminado entre la ciencia ficción y el terror, en la que se ha convertido la pandemia. Martín espera el vuelo para volver a casa en lo que él mismo denomina el viaje más largo de su vida “si todo sale bien serán casi noventa horas para regresar, expuestos a todo eso que el mundo entero teme y, además, nos esperan dos semanas completamente recluidos por disposición del gobierno argentino, esto ya no es una calamidad, es una locura, una verdadera catástrofe, todos deberíamos estar en casa o nos convertiremos en un capítulo de The Walking Dead”.
Y los aviones seguían llegando…