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Para ver con las manos

Como un ensayo para la ceguera, 33 piezas originales y 16 réplicas de esculturas llegan al país con la galería táctil del Museo del Louvre

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“En un movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación”. La negación, la reticencia natural del protagonista de la novela de Saramago que de repente ha sido privado de la vista, se parece a la reticencia que se expande entre los visitantes del Museo Nacional convocados, por estos días, a que dejen de mirar y más bien lo hagan con su tacto.

Acostumbrados a ser observadores distantes de las obras, a ser increpados por un pito cuando la curiosidad viola los centímetros de respeto de la obra, la invitación no puede más que desconcertar a los que llegan a la sala en donde se ha montado la galería táctil del Museo del Louvre.

Desde la entrada se anticipa algo impensable: una joven desliza sus manos por los volúmenes y las redondeces de la Venus de Milo. “La galería táctil del Louvre se creó ante la necesidad de que los que estaban en alguna condición de discapacidad pudieran tener acceso al arte”, comenta el francés  Cyrille Gouyette, curador de la exposición ‘Sentir para ver’ y encargado de la programación  para el público en condiciones de discapacidad del museo radicado en París. Pero con el tiempo, asegura Gouyette, los creadores del proyecto se empezaron a dar cuenta de que ampliar la accesibilidad al arte era una cosa que convocaba a todos, invidentes, por supuesto, pero también niños y visitantes asiduos del museo.

Esta idea, la de que todos, sin excepción, deberían estar en condiciones de acceder a su patrimonio  venía también rondando entre los corredores del Museo Nacional. “El acceso a la cultura lo consagra la Constitución como un derecho fundamental y nosotros somos la entidad que tiene la misión de suscitar ese encuentro entre los ciudadanos y su historia, así que está en nuestras manos producir hechos para que esto ocurra”, comenta María Victoria Robayo, directora del  Museo Nacional.

La coincidencia entre lo que se articulaba en París y lo que inquietaba a los del Museo en Bogotá, hizo que Phillippe Maffre, el  jefe del servicio de arquitectura y museografía del Museo del Louvre fuera el embajador de Colombia ante las autoridades de la cultura francesa y lograra que la exposición de ‘La galería Táctil’ que andaba viajando por Canadá se desplazara hasta Bogotá.

Para el deleite del tacto

Llegaron 33 piezas originales y 16 réplicas de esculturas que representaban los ecos de la antigüedad (greco-romana) en diferentes momentos de la historia. La réplica del busto de Lacoonte del Siglo XVII, hecha en Mármol,  una copia de la Ninfa de la concha del Siglo II d.C; una del  torso hecho en bronce del Gladiador de Borghese y otra del poeta Hesíodo llenaron la

sala. Pero como una apuesta propia, el Museo Nacional quiso añadir a la muestra  esculturas precolombinas y religiosas, que después de un arduo trabajo de selección se dieron a la tarea de replicar para que así, sin ningún tapujo, los visitantes de la exposición  pudieran recorrer con su tacto, no sólo el pasado europeo, sino el propio también.

“El tacto ha estado tan extraviado de los museos por una pretensión de conservación de las obras, el patrimonio de la humanidad no se puede desgastar por un paso incesante de manos”, comenta Olga Acosta curadora de la exposición, “por eso la alternativa que encontró el Louvre y que aplicamos nosotros fue crear réplicas exactas en donde se pueda sentir la diferencia en materiales, en temperaturas y en donde se pueda experimentar los volúmenes y contornos de esculturas, que incluso cuando estaban por fuera del museo no se podían tocar”.

¿Manos rozando a la Venus? Quizás ni siquiera los griegos tenían el permiso, ¿dedos que descubren los detalles de una miniatura de la Virgen de la Candelaria de siglos pasados? ¿Oídos que son interrumpidos por el resonar del sonajero de una figura femenina de la cultura muisca? Sí, todo esto es posible, porque en esta exposición el “No tocar” está prohibido.

 Acceso para todos

En toda la muestra impera un  blanco mudo, lo que acentúa la sensación de anulación de la vista y lo que sin duda se convierte en una invitación de acallar el imperio de este sentido, para darle cabida a que la piel conozca algo del arte.

Para Ricardo Becerra Sáenz, diseñador industrial y abanderado del diseño inclusivo en Colombia, esta exposición es mucho más que una apertura sensorial, es sobre todo un logro en términos de accesibilidad para toda la población en condiciones de discapacidad del país.

“La inclusión no es sólo darles los espacios a las personas con discapacidad para que puedan participar de las manifestaciones culturales, no sólo son rampas, anchura en las puertas o señales sonoras, se trata más bien de que cualquier bien cultural pueda ser utilizado, observado y percibido por la mayor extensión posible de personas, por todos, al tiempo y con igualdad”, comenta Becerra.

Y más que una consigna, lo que sugiere este diseñador se encarna realmente en la sala del Museo Nacional, donde está posada la exposición ‘Sentir para ver’, porque por unos minutos, videntes e invidentes, niños y adultos, encuentran en el tacto una igualdad.

Y a la salida de la sala, después de que todos se han permitido perder la autoridad de la vista, parece replicarse y expandirse de nuevo la sensación con la que Saramago termina su obra: “Alzó la cabeza al cielo y lo vio todo blanco. Ahora me toca a mí, pensó. El miedo súbito le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí”. Quizás esta exposición se trate sobre todo de un ensayo sobre la ceguera.

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Las tres miradas de la galería táctil

La exposición Sentir para ver está dividida en tres  espacios: ‘Sacralización de los sentidos’, en donde se busca cuestionar al espectador sobre la percepción sensorial de piezas que bien han sido consideradas sagradas o que presumen han hecho parte de rituales religiosos. ¿Era la escultura de la Venus de Milo, representación de la diosa del amor, un objeto que podía ser tocado por los griegos?

El segundo, ‘Entre lo público y lo privado’, busca poner en evidencia  cómo el tocar o el no tocar  están mediados por una serie de parámetros  que  establecen los espacios dependiendo de si  son públicos o privados. “La exposición táctil tiene un enfoque educativo  y busca que también se reflexione por qué en el museo no se toca”, comenta  la curadora Olga  Acosta.

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Finalmente está el tercer espacio, ‘Copias para ver, tocar y educar’, en donde se podrán ver obras originales y tocar algunas de sus respectivas réplicas.

Museo accesible para todos

Además de dar permiso a los visitantes para que exploren con sus manos las esculturas, el Museo Nacional con esta exposición ha hecho toda una apuesta para que cualquier persona en condición de discapacidad pueda disfrutar la muestra.

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Las piezas están expuestas a una altura que permite que los niños o los que están en sillas de ruedas puedan alcanzarlas, además hay audioguías y toda la información curatorial está en sistema Braille.

Las esculturas originales, que no se peuden tocar, tienen una ficha que replica en relieve y a menor tamaño la escultura y  finalmente hay rampas y amplitud en las entradas para que la movilidad sea fácil para todos.

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