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El hombre estaba parado en la acera cuando el carro pasó por encima del charco. Una mezcla de agua y barro diluido hizo lo suyo en el lienzo blanco: camisa planchada y pantalón de prenses. Cerró los ojos y, al sacudirse con un madrazo, los abrió para ver la placa del auto que bajaba la velocidad. No volvió a parpadear hasta que se detuvo a varios metros.
Memorizó las letras y los números en la lata. Luego, echó una ojeada a su ropa. Se llevó la mano a la cintura y palpó el arma. Sin verla, clavó los ojos en los de la Chelito, quien miraba angustiada por el espejo retrovisor. Resopló cuando el carro arrancó de nuevo, estrepitosamente.
Cruzó la calle y aceleró el paso. A tres cuadras del Teatro Rialto, se encontró con la gallada. No se atrevieron a reír cuando lo vieron así de sucio. Les contó sin detalles y les dijo que iba a encontrar ese volquete dónde fuera. Cuando arrancó a caminar de nuevo, todos lo siguieron. Unos minutos después, el hombre se detuvo y señaló. Ahí estaba el carro, parqueado en una de las esquinas del barrio Obrero, a la salida del salón.
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No hizo nada, prefirió quedarse en la acera del frente, al lado de un pequeño guásimo tembloroso, recién sembrado. Se quedó esperando que el hombre saliera para enfrentarlo. Ya sabía a lo que iba y prefería evitarse líos con los dueños del lugar. El único que solía andar en carros lujosos por esas calles destapadas era Luna. Así que el hombre no tenía duda de que ese era el día esperado para cazar a su presa. ¿Quién tiene la suerte de manchar el nombre, y el vestido, de Celino Ramos y seguir tan campante por la vida? Se preguntó con sonrisa maleva. La Chelito, su mujer, se había ido de la casa. Y la razón no podía ser otra que Luna.
Se imaginó a la pareja bailando tras esas paredes que ahora miraba como perro rabioso. Hacía un par de décadas, ahí mismo, él y La Chelito habían jugado a casarse. Era un muchacho joven que trabajaba cargando bultos en el Ferrocarril del Pacífico y que quería hacer plata. Al precio que fuera. Ella era una muchacha a la que le gustaban los bailes y cantar sola. Pero como no tenían ni para casarse, una noche el hombre la llevó hasta la puerta del templo Jesús Obrero. La miró un rato y le dijo: los declaro marido y mujer.
Habían estado bailando ahí mismo, en esa esquina en la que ella ahora lo hacía con Luna. El templo quedaba a una cuadra del salón, en los mismos bordes del parque Eloy Alfaro, el barrio de los jornaleros. Empezó a salir una canción por las ventanas:
“Por qué tú sufres si tú no tienes por qué sufrir,
por qué tú lloras si tú no tienes por qué llorar.
Tú tienes de todo cuanto le pides a Dios.
Por qué tú sufres si tú no tienes por qué sufrir”.
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Era Chano Pozo y Arsenio Rodríguez with Machito and his Orchestra. El disco traía seis canciones grabadas en 1948 en La Habana. Lilí Martínez en el piano, René Scull en la voz y Félix Chapottín en la trompeta. El tres de Arsenio sonaba como alambre dulce. Él mismo se lo había regalado, hacía unos años, a Don Macías, uno de los dueños del sitio. Había encontrado la joya en Buenaventura, en el bar de Porfirio. Esa noche, un marinero de apellido Jordan estaba borracho, pero quería más trago. Y como no tenía con qué pagar, sacó el vinilo del talego y la cambió por uno de ron.
Evocando esas imágenes, pareció olvidarse de su fatal empresa. Pero entonces Luna salió del salón con la Chelito del brazo. El hombre contó cinco pasos y se le atravesó en el camino. No tuvieron que decir nada, solo erguir el torso. Los cuerpos chocaban, uno contra otro, se agarraban y abrazaban como dos leones jugando. Ahora el lienzo de ramos untaba al de Luna. Los hombres de la gallada rodeaban la escena. Ellos resoplaban mientras la pareja forcejeaba. Se tragaban las babas del otro, se untaban el sudor. Se soltaban y volvían a abrazarse, como dos amantes desesperados.
Así estuvieron mucho rato. Luego sonó un disparo. Ni siquiera eso los hizo desistir. No se detuvieron a revisar de donde había venido la bala ni en donde había pegado, lo único que importaba era que aún su contrincante estaba vivo y fuerte. Siguieron luchando mientras La Chelito caía lentamente al suelo. Una vez tendida, ella no pudo moverse, ni hablar, así que nadie se percató. Entonces la mujer tumbada recordó un bolero en el disco de Tita Duval. Se lo había estado cantado a su hermana esa mañana.
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“Fatal fue mi error al amar.
Cuántas cosas pasaron,
en mis viejos amores.
Cuántas cosas que el alma,
no podrá nunca olvidar.
Sentir dentro del pecho,
un loco torbellino,
sentir como la muerte,
se anidó en mi corazón”.
Recordó la sonrisa de Tita, su pelo brillante. Unos días atrás, ella la había visto en persona, en el Hotel Alférez Real. Era su ídolo: mujer argentina, acordeonista, saxofonista y cantante, que tenía su propio cabaret, en donde se presentaba con su propio grupo. Giraba por Colombia y por otros tantos países.
Desde el suelo, vio que los tipos seguían bregando. Quiso levantarse de inmediato. No pudo, entonces se quedó ahí acostada, dando vueltas a esa duda que la inquietaba hacía varios días. “¿Tita realmente se llamaba Dominga Salazar?”, no podía creer lo que le habían dicho. Era su mismo nombre, Dominga. Como no le gustaba, se lo cambió por La Chelito. Qué emocionante coincidencia, pensó.
Luego, vio caer a Luna y a Ramos, definitivamente. Había mucha sangre alrededor de ellos y solo se meneaban de un lado al otro. No lo podía creer, sintió una leve mejoría, pensó que iba a recuperar sus fuerzas, así que tomó aire, lentamente. El bienestar avanzaba, pero no quería hablar hasta ver que el último de los de la gallada desaparecieran de la escena. Iban corriendo, los valientes.
Mañana no le iba a importar si la gente del barrio empezaba a decir que los hombres se habían matado por culpa de ella. Iba a ser una mujer libre y eso era lo que importaba. Se mataron porque querían matarse, iba a responder.
—Oh, Tita.
Dejó de respirar.
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