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Pueblo chico, letras grandes

El poeta es parte de una tradición literaria que emergió a principios del siglo pasado con figuras como James Joyce y Samuel Beckett.

Seamus Heaney en diciembre de 1995, cuando recibió el Premio Nobel.  / AFP
Seamus Heaney en diciembre de 1995, cuando recibió el Premio Nobel. / AFP

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En 1939, cuando acostumbraba jugar ajedrez en los cafés de París con Marcel Duchamp o Alberto Giacometti, el escritor irlandés Samuel Beckett se convertía en una cara conocida en esa ciudad. Por ese entonces principiaba la guerra y Francia era uno de los territorios más codiciados. Beckett se había ido de Dublín, su ciudad natal, y fundado hogar en París. ¿No era mejor volver a Irlanda en tiempos de guerra? Dublín era una ciudad tranquila, aunque algo aburrida. “Prefiero —dijo Beckett por entonces— a Francia en guerra que a Irlanda en paz”.

La frase es más que una declaración: Dublín era el hogar, pero allí no se podía vivir. Y, sin embargo, tanto Beckett como otros escritores que huyeron hacia Europa, nunca se pudieron separar de ella. Fueron ellos quienes, en últimas, le dieron una identidad. La pregunta ha sido repetida: ¿qué misterio tiene Irlanda, que crio cuatro premios Nobel de Literatura y tiene un extenso acervo literario?

La lucha por encontrar un espíritu no era sólo política. En Irlanda comenzó con las palabras.

A principios del siglo pasado, Irlanda era un país rico en mitologías e historias rupestres. Ya entonces tenían los irlandeses un escritor de talla universal: Oscar Wilde. Al final de su vida, Wilde también vivió en Londres, donde uno de sus contemporáneos, también irlandés, George Bernard Shaw, tomó fama como dramaturgo. Bernard Shaw, escritor de Pigmalión y Hombre y superhombre, tiene una extensa producción que abarca desde novela hasta ensayo. Él y Liam O’Flaherty (otro de los reconocidos novelistas irlandeses, fallecido en 1984) figuraron como partidarios del marxismo y el socialismo.

En esos mismos años, el poeta William Butler Yeats —primer Nobel irlandés, en 1923— era ya una figura esencial. En su poesía, Yeats recurría a las leyendas irlandesas y las combinaba con el misticismo. Fue Yeats, quizá, uno de los primeros escritores que, en medio de su cruzada, fue detrás de un espíritu que diferenciara a los irlandeses. Les habían impuesto el inglés por encima del gaélico (el idioma natural de los irlandeses) y su religión y su modo de vida.

 Pasarían las dos primeras décadas de ese siglo para que Irlanda, en medio de guerras políticas, se independizara de Inglaterra (la parte norte del país continuó en sus manos). En ese juego, al parecer sólo político, tuvieron un papel determinante los escritores. Mientras por doquier aparecían revistas que recuperaban las raíces gaélicas y traducían textos de esta lengua al inglés, Yeats (en compañía de los escritores Lady Gregory y Edward Martin) fundó el Movimiento Dramático. Poco a poco creaban una identidad literaria para Irlanda, lejos de la tradición inglesa.

Pero faltarían otros autores en ese camino tortuoso y poético. Uno de ellos fue James Joyce. Dos de sus obras, Dublineses y Ulises, son retratos de la vida cotidiana de Dublín, una ciudad al parecer apagada, dada al provincianismo. Fue Ulises, sobre todo, la obra que definió parte de ese reflejo irlandés: allí estaba la obra que, con la lengua del colonizador, describía la tierra conquistada, que recuperaba parte de su ser en pleno proceso de independencia (la novela fue terminada en 1921 en París, justo por los años en que Irlanda se separaba de Inglaterra). “Siempre escribo sobre Dublín —dijo Joyce— porque si puedo llegar a su corazón, podré llegar al corazón de todas las ciudades en el mundo. En lo particular está contenido lo universal”.

Vendría luego Samuel Beckett, en tiempos secretario personal de Joyce. Nobel en 1969, Beckett produjo obras de teatro como Esperando a Godot y Fin de partida y novelas como Molloy y Murphy desde París, en francés y en inglés. Tanto él como Joyce escribieron parte de su literatura en el exilio; la ciudad, sin embargo, estaba en sus letras. Sus obras fueron, en muchos sentidos, aventuras del lenguaje que renovaron las formas literarias.

Cuanto nace aquí parece ser esencial para toda la literatura: los escritores irlandeses subsanaron un vacío en la identidad de un pueblo a través de sus escritos. Esa tendencia continuaría hasta Seamus Heaney, premio Nobel de Literatura en 1995, fallecido el pasado 30 de agosto en Dublín. Los temas de Heaney retoman el dictado de Joyce: mira lo particular y verás lo universal. En sus poemas están los circuitos mínimos, tan expresivos en un mundo literario. Su entorno es, también, el paso hacia la modernidad. Allí viven referencias a la historia más reciente de Irlanda: por ejemplo, los enfrentamientos entre grupos políticos por la anexión de Irlanda del Norte a ese país.

La lista de escritores sigue hoy: John Banville (quizá el más leído) y el poeta Paul Muldoon son dos figuras que se asoman con fuerza. En Irlanda, pues, los escritores no son sólo personajes que cuentan historias. Son druidas, figuras que han creado el pensamiento para sostener a un país. Los escritores tuvieron, de manera paulatina, un aura sagrada. Sus palabras tomaron el matiz de un mandamiento.

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