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¿Quién es el dueño de la cultura?

El Museo Metropolitano de Nueva York devolverá dos estatuas a Camboya.

 Una de las salas más famosas del museo Metropolitano de Nueva York. / Flickr: Kent Wang
Una de las salas más famosas del museo Metropolitano de Nueva York. / Flickr: Kent Wang

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Desde hace apenas unos meses, el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York decidió devolverle a Camboya dos estatuas de tamaño real que, al menos hasta mediados de los años 70, se encontraban en el templo de Koh Ker, en el país asiático. Las esculturas, arte khmer fabricado en el siglo X, fueron sacadas en piezas de Camboya y, después de una serie de movimientos, donadas al museo entre 1987 y 1992.

Este episodio arroja luz sobre el complicado panorama de la propiedad del arte y, más aún, de la propiedad de la cultura. ¿Quién es dueño de la cultura?

Dueños, los países de donde provienen las piezas que llenan museos al otro lado del planeta (además de producir jugosas ganancias, en algunos casos). Dueños, los museos que salvaguardan esculturas, jarros, cerámicas, templos enteros y que garantizan su adecuada exhibición para todos. Dueños, los socios de las instituciones que permiten que las exposiciones abran al público.

Al menos a primera vista, todos parecen argumentos válidos. Al mismo tiempo, todos pueden ser refutables.
El ejemplo clásico son los mármoles de Elgin, una colección de piezas desmontadas del Partenón, en Atenas, Grecia, por el embajador británico en Constantinopla, Lord Elgin. Las esculturas hoy son uno de los grandes atractivos del Museo Británico de Londres, que alberga una vasta colección con artefactos de toda la Antigüedad: Egipto, Persia, Grecia y Asiria, por sólo nombrar algunos de los reinos e imperios de antaño que hoy descansan en salas de este museo.

Grecia y el Museo Británico se encuentran enfrascados en una agria disputa desde hace varios años por las esculturas tomadas por Elgin. Grecia asegura que con la apertura desde hace unos años del Museo de la Acrópolis existe hoy en día un lugar apropiado para la exhibición de las piezas, uno de los argumentos esbozados por el Museo Británico para no devolver las estatuas.

Un pulso similar sostienen Egipto y el Museo Neues, en Berlín, por el famoso busto de Nefertiti, que cada año le entrega a este museo un millón de visitantes; hasta hoy el busto continúa en Alemania.
La lista de los países reclamantes, además de Egipto y Grecia, también cuenta con la notable presencia de Turquía.

Turquía logró que en 2011 en el Museo de Pérgamo, en Alemania, le devolviera una esfinge de tres mil años de antigüedad; el gobierno turco aseguró en su momento que si la pieza no era devuelta prohibiría cualquier excavación arqueológica en su territorio hecha por alemanes.

Para esta discusión hay que tener en cuenta un tratado de la Unesco que les permite a los museos adquirir, legalmente, claro está, piezas de otros países siempre y cuando hayan dejado sus lugares de origen antes de 1970.
Algunos países reclamantes argumentan que este margen, 1970, pareciera convenientemente reciente, pues muchas de las piezas en disputa fueron extraídas bajo la bandera del colonialismo, en ocasiones antes del tiempo establecido por el tratado; paradójicamente, algunas de estas naciones han ratificado este documento internacional.

La propiedad de la herencia cultural suele estar íntimamente ligada a sentimientos de nacionalismo, la explotación populista y con fines políticos de la producción artística de un país. Pero, al mismo tiempo, parece difícil distanciar ambas cosas, pues el pasado (expresado en este caso por medio de objetos artísticos) es un asunto que ayuda a tejer una identidad común, un elemento presente en cualquier discurso de una Nación.
En este sentido, la devolución de patrimonio cultural puede ser vista como entrega a su legítimo dueño, así como una suerte de ajuste de cuentas entre la era colonial y el estado actual de la política internacional.

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