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Dicen que quieren ser escritores, como si se llegara a ser escritor y no fuera esa su condición desde siempre, desde que existe esa pulsión por estar leyendo el mundo y reescribiéndolo, así sea en la cabeza, porque este que vemos no ofrece suficientes respuestas o no tiene las preguntas adecuadas. Que quieren ser escritores porque ahora ganan dinero con algo más, algo que no les deja el tiempo para escribir, como si para escribir sólo se necesitara tiempo y no ganas, como si los escritores no fueran también ladrones de la noche: se roban a sí mismos el sueño para inventarlo en un papel. Quieren ser escritores, pero no leen novelas y mucho menos poesía, no miran a otros porque, dicen, no quieren tomar el mismo camino, pero cómo empezar a andar y a crear una ruta propia si no es por un camino, cualquier camino.
Dicen que quieren ser escritores y se imaginan el sosiego, visualizan un café y un cigarro, una ventana con vista a las montañas, el silencio, pero ignoran el dolor de sacarse a sí mismo las verdades, que el café se pone frío y amargo cuando una historia al fin toma vuelo, que no hay lugar lo suficientemente callado en el mundo y que así es mejor, porque muchas veces del ruido salen personajes que tiemblan. Que quieren ser escritores y hablan de negocios e inversiones, de primas y de cesantías; no conciben entregarse a la incertidumbre de las letras, sus diciembres infelices, los contratos que hay que rechazar porque primero es, deber ser, la escritura. Quieren ser escritores y no se enamoran ni desenamoran, no se pierden, no se exceden ni se equivocan, no celebran su humanidad, su terrible humanidad llena tanto de luz como de sombra.
Dicen que quieren ser escritores, pero no escuchan críticas, creen que una novela es su primera versión, y no la tercera, o la quinta, no leen en voz alta porque le quitan valor al ritmo, y en vez de volverse sus lectores más implacables se complacen con ser sus seguidores más generosos. Que quieren ser escritores, pero al primer rechazo dejan de intentar, dicen que no sirven para esto, que la industria editorial está difícil. Quieren ser escritores y se inscriben en talleres de creación o en maestrías literarias, pero hablan de tareas y no de manuscritos, se llaman estudiantes y no escritores, y por eso terminan escribiendo sólo los fines de semana, como si la escritura fuera más una cuestión de inspiración (que también lo es), que producto del ejercicio constante.
Quieren ser escritores y escritoras, pero defienden libros muertos, se niegan a guardar bajo llave una historia que nunca pudo criar a sus personajes ni encontrar el giro de lo que ya está recorrido; aseguran que sólo pueden ser escritores si publican un libro, que la hoja no leída por alguien más es tiempo perdido, como si para hacer una buena página no hubiera que escribir diez o cien, como si fuera más importante un libro que una obra. Ellos son los que quieren el reconocimiento y no el placer de lo vital, lo irremediable, que hay en el acto de la escritura.