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En Días enteros en las ramas, una de las obras de Marguerite Duras, un hombre espera a su madre que regresa de “la última de las colonias “, un purgatorio como siempre lo habían sido esos rincones lejanos del entonces ya casi extinto imperio francés. Aunque ninguno de los personajes precisa el nombre del lugar, no es difícil imaginar que la autora tenía en mente la región de la desembocadura del Saigón, donde nació como Marguerite Germaine Marie Donnadieu. Allí vivió hasta los dieciocho años, salvo por un par de meses en los que su madre intentó buscar fortuna en Duras, un pueblito de Aquitania, antes de regresar a su trabajo como profesora en el sur de Asia.
Cuando Duras publicó su primera novela, Una presa contra el Pacífico, en 1950, la Indochina francesa se había convertido en países independientes (Camboya, Laos y Vietnam), pero el recuerdo de sus primeros años no dejaría de estar presente en su obra ni de marcar su vida. A pesar de que su deseo de independencia la llevó en 1950 a renunciar a la membresía del Partido Comunista, Duras —que participó en la resistencia contra los nazis, al punto de ser detenida y salvarse por poco de terminar en un campo de concentración— continuaría definiéndose como comunista y anticolonialista, sentaría su posición contra la guerra de Argelia y desfilaría con los estudiantes en mayo de 1968.
Su rebeldía no se limitaría a la política. En sus obras intentaría romper con los tabúes de la temática y la forma, no sólo abordando cuestiones como la libertad sexual femenina, la decadencia de la pareja como forma social y el alcoholismo liberador y tormentoso, sino rompiendo con los paradigmas de lo que debería ser una novela. Llevando más allá los intentos de Joyce y Virginia Woolf, Duras intentó liberarse de los personajes y la intriga como base de la narración, de despojarse de la idea caduca de “argumento” y de transgredir las reglas de sintaxis. Esa búsqueda la guiaría tanto en su obra literaria, como a los más de diez cortos y largometrajes que dirigió.
La relación de Duras con el cine tendría su momento de gloria con ella como guionista de Alain Resnais. Hiroshima mon amour, la historia de dos amantes en la ciudad sacrificada, se mezcla con la exclusión social que sufrieron en la posguerra las mujeres francesas que habían vivido historias de amor con los alemanes. La narración descentrada, la ambigüedad de los personajes, el lenguaje más poético que narrativo y la dirección de Resnais convertirían a Hiroshima… en un clásico y en una obra de ruptura. Para el crítico Michel Ciment, “Hiroshima es al cine lo que Las señoritas de Avignon a la pintura”.
Como la mayoría de sus contemporáneos del nouveau roman, movimiento al que estuvo vinculada en sus inicios, Duras no fue discreta en su vida privada y utilizó todos los medios a su disposición para expresar sus ideas. Su trabajo periodístico estuvo marcado por la subjetividad y, como en la ficción, por su desprecio por las normas formales. En una ocasión en la que debía cubrir la investigación de un niño en una región rural, publicó un manifiesto en el que justificaba el infanticidio como un acto liberador. Duras era capaz de hacer una entrevista televisada en una manera de exponer y poner a prueba sus propias ideas, como un combate en el que ella salía ganadora, como cuando convirtió su encuentro con la directora de una prisión femenina, Marie-Marguerite Vigorie, en una denuncia de las condiciones de detención en Francia y contra la opresión de la mujer en general.
Lo mismo ocurría cuando ella era la entrevistada. La actriz y directora de teatro Fátima Soualhia Manet, quien ha realizado tres adaptaciones a partir de textos de Duras —una de ellas con fragmentos de sus entrevistas—, dijo que “Duras era cáustica, divertida, terca y subversiva, presente en todos los frentes. Ella no hablaba de lo que quería hacer, lo hacía”. Mujer de teatro y cine, polémica y combativa mientras su salud se lo permitió, Duras, que dijo alguna vez “uno bebe porque Dios no existe”, terminaría siendo víctima del alcohol y dictando sus textos a Yann Andréa, el último de sus amantes.
La fiebre de nuevas puestas en escena de la obra dramática de la autora, al mismo tiempo que la reedición de sus obras completas por parte de la editorial Gallimard, llevó al crítico Laurence Liban a hablar de un “Parque Durásico”. En su tumba del Cementerio de Montparnasse se ha puesto de moda depositar lápices y lapiceros. Objetos con lo que se escribe. Difícil saber si sus novelas, tan antilineales, tan antinovelas, han encontrado el público que en los años setenta y ochenta las leía más atraído por una mujer que siempre estaba en el centro de la polémica.
r_abdahllah@hotmail.com