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Me levanté detrás de ella, mientras se peinaba, ignorándome. Se arremangó el pantalón de la pijama y empezó a tirar baldados de agua por la escalera. Ni siquiera habíamos desayunado. La escalera empezó a escurrirse, confundida entre agua negra y bolas de pelos. Me quedé a un lado, viendo cómo Mamá empezaba a restregar los escalones.
Advertí las venas azuladas en sus piernas, prominentes, escandalosas; se le trepaban como arañas y esperaban que el pantalón se le arremangara un poco más para seguir subiendo. Las arrugas en la cara, las verrugas en el cuello, los pelos en las axilas, los brazos escurridos. Ya no veía a Mamá. Mamá la de los álbumes de fotos, en los que vestía falda pantalón y cruzaba las piernas con medias veladas.
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Mamá peinada, con tacones, y labial rojo. Mamá, que se estiraba sobre la mesa, pasando los platos, con los brazos bien firmes en sus huesos. Mamá, que coqueteaba, en secreto, con el hombre de la playa que tenía una pelota de colores.
Mamá y Papá… Me miró de nuevo y desconocí sus ojos negros, sumidos en la falta de sueño. Se le notaba el desvelo de cada sábado durante veinte años, sacando el agua negra por las escaleras; el desvelo de alguien que no quería lavar las escaleras de nadie. Me rugió el estómago. Ella me observó con rabia. El balde se fue rodando por las escaleras, se estrelló contra las porcelanas del matrimonio, salpicó sus muebles de soltera, mojó los álbumes de fotos, rompió el único cuadro que nos quedaba de Papá.
La miré con rabia. Sus ojos se alumbraron, como reconociendo una expresión que llevaba esperando hace rato. Su cara se estiró de repente y la sonrisa la rejuveneció de sopetón. Mi rabia se acrecentó: por tu culpa se fue papá. Y ella reía. Reía con ganas, y ya no sacudía la escoba en la escalera; ahora bailaba.
Pues ahora vete tú también, me respondió. Después de veinte años, dejó de lavar las escaleras.
