Retomemos el arte de la conversación, inspirados en Eliade, Manguel, Steiner

En tiempos de cuarentenas, aquí un texto de un profesor de literatura que invita a recuperar la esencia de las relaciones humanas a través de la tertulia.

Uno de los foros que promueve El Espectador en distintos lugares del país, este en Medellín sobre seguridad, para que ciudadanos, líderes y pensadores debatan sobre la realidad social. / Archivo
Uno de los foros que promueve El Espectador en distintos lugares del país, este en Medellín sobre seguridad, para que ciudadanos, líderes y pensadores debatan sobre la realidad social. / Archivo

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El origen de la conversación, como imitación textual de la oralidad, está en los Diálogos de Platón. La creación de voces diferentes y la tensión de la potencial discusión entre Sócrates y los demás es el germen literario que llevará, al cabo de los siglos como ya lo analizó Bajtín, al desarrollo de la polifonía en la novela moderna. Además, la escritura de diálogos es la contraposición a la voz omnipotente y omnisciente que proviene del monólogo sagrado de los libros dictados o inspirados por los dioses: la Biblia y el Corán. (Le recomendamos: La redacción al desnudo, uno de nuestros formatos de diálogo con los lectores).

La conversación presupone que nadie posee la verdad definitiva acerca del tema tratado y que entre dos personas, o algunos pocos, se construyen nuevas visiones de lo discutido. La autenticidad de un diálogo, como lo refirió Gadamer en su obra Verdad y Método, consiste en «que se sepa ver al otro como otro». Es decir, que se reconozca la alteridad del contertulio y se lo escuche de buena fe. En ese sentido, el ejercicio de conversar conlleva la construcción de una ética ciudadana, en la que las ideas distintas no generan conflictos violentos, sino reconocimientos basados en la tolerancia. Qué lejos ha quedado la dimensión del diálogo en estas sociedades del siglo XXI. En la esfera privada no se conversa entre amigos, no se come en familia. En el ámbito público los argumentos han desaparecido y han dado paso a las falacias, las injurias, las descalificaciones personales. No se busca oír al otro, sino acallarlo. Hemos dejado de intentar comprender, para justificar nuestra hostilidad con los que piensan diferente.

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Entonces, es en la literatura donde se reinventa el arte de la conversación. Borges, otra vez, innova el género en cuatro libros de diálogos que recomiendo: los que tuvo con Fernando Sorrentino, con Osvaldo Ferrari, con Antonio Carrizo y con Roberto Alifano. También es un clásico el diálogo entre los cineastas François Truffaut y Alfred Hitchcock. Pero quiero detenerme en tres libros de conversaciones los cuales​, en mi concepto, han renovado el género.  El primero se titula La prueba del laberinto (1980) y son las conversaciones entre Claude-Henri Rocquet y Mircea Eliade. Rocquet, poeta y escritor francés, exprime a fondo el pensamiento del gran mitólogo rumano cuando contaba ya con 72 años y estaba terminando su monumental obra de la Historia de las ideas y las creencias religiosas. En este diálogo Eliade da las claves de su vida y su obra, entremezcladas siempre, porque la escritura es sangre y sueños cristalizados en la palabra. Aparece aquí un extraño itinerario vital: el adolescente precoz que viaja a la India sagrada a conocer de primera mano su cultura y su sabiduría mística dominando el sanscrito con el erudito Dasgupta y siendo iniciado en los secretos del yoga por Swami Shivanananda. Luego, su regreso a Europa, su exilio en París durante la Segunda Guerra Mundial, el reconocimiento intelectual que hizo de él Dumézil y su elogio a El mito del eterno retorno, que es, a mi manera de ver, la obra más profunda de Eliade. La tercera etapa es su ida como profesor titular de Historia de las religiones a la Universidad de Chicago, en el año de 1956, y su liderazgo en una disciplina que tiene mucho que enseñar en esta época de confusión espiritual. Poliglota que escribió sus novelas en rumano y sus ensayos en francés y al final en inglés, amigo de la juventud de Cioran y en la adultez de Jung.

El laberinto es la vida y Eliade muestra que todos deambulamos por el mundo repitiendo el viaje arquetípico de Ulises: la mítica Ítaca es el centro de nuestro ser y la prueba está en no perdernos en los recovecos de la existencia y lograr así superar las ilusiones de la ambición del poder y del dinero. A la vez reconoce que la crisis espiritual de nuestra época consiste en la transformación del sentimiento religioso, en el abandono de las formas religiosas del pasado y la búsqueda de nuevas imágenes y dioses, que no tienen nombre o están mimetizados entre lo cotidiano. En estos tiempo lo sagrado se esconde en lo profano y sin embargo «De lo que estoy seguro es de que las formas futuras de la experiencia religiosa serán completamente distintas a las que ya conocemos en el cristianismo, en el judaísmo, en el Islam, que ya están fosilizadas, desvirtuadas, vacías de sentido. Estoy seguro de que habrá otras expresiones. ¿Cuáles? No puedo decirlo. La gran sorpresa es siempre la libertad del espíritu, su creatividad«. 

Pero este vacío de trascendencia que tenemos, como civilización en transición, lleva al «terror a la historia», pues le quita el sentido a lo que padecemos o deseamos. De allí que «este infierno sea realmente el infierno: la crueldad pura, absurda». La crueldad, que los etólogos definen como «violencia gratuita», surge de una sociedad vacía por dentro, que no encuentra todavía los nuevos símbolos de su regeneración interior: su conexión cósmica. Al cerrar el libro, el eco de las palabras de ambos retumban en la memoria, y fragmentos de sus diálogos aclaran conceptos de sus libros leídos o pueden invitar a otros a leerlos por primera vez.

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El segundo libro se titula Conversaciones con un amigo (2011) y son los diálogos entre el editor francés Claude Rouquet y el ensayista Alberto Manguel, flamante ganador del premio Formentor de este año 2017 y actual director de la biblioteca Nacional de Buenos Aires, cargo que hizo mítico Borges en la década del cincuenta del siglo XX. El año pasado, en la Feria del libro de Guadalajara, tuve el privilegio de conocer y oír a los dos más grandes ensayistas vivos de la cultura occidental: Alberto Manguel y Roberto Calasso. Faltaba George Steiner para completar esa triada de excelsos discípulos de Montaigne, en un siglo XXI que ha abierto el armario a lo peor de los fantasmas del pasado: la superstición medieval, las injusticias sociales decimonónicas, los totalitarismos del siglo anterior. Manguel es el gran lector, Calasso es el gran mitólogo y Steiner el gran pensador. Pero los tres conservan la capacidad de vislumbrar el conocimiento como una unidad en la diversidad. Es decir, lo contrario de los especialistas.

Manguel nació en Buenos Aires, en el año de 1948, pero es ciudadano canadiense y escribe en inglés. Tuvo el honor, cuando era un adolescente, de ser uno de los lectores de Borges, que al quedarse ciego requería de personas que le leyeran. Como el jovencito sabía leer en inglés y en alemán, se volvió asiduo de su departamento cuatro veces a la semana. Allí también conoció a Bioy Casares y Silvina Ocampo. La rememoración de esa época la ha plasmado él en su libro más reciente titulado Con Borges (2016). Rouquet estimula a Manguel a contar su íntimo vínculo con los libros y de allí conocemos su pasión por Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas, la manera como investigó las fuentes bibliográficas de su excelsa Una historia de la lectura (1996) que lo condujo a profundizar en el latín y a intentar, de forma infructuosa, el aprendizaje del árabe medieval. Pero, ante todo, en estas conversaciones Manguel da una lección del arte de la lectura, que nace de la pasión y la curiosidad insaciable por todas las expresiones del conocimiento humano.

El lector verdadero, como decía Flaubert «lee para vivir» y Manguel nos recuerda que se debe lee con placer, en desorden, sin plan previo, sin finalidades diferentes a la lectura misma y afirma de manera sorprendente: «no concibo la disciplina más que como algo que uno adquiere por sí mismo, que no puede ser impuesto por cualquiera». Cuenta que sólo a los 45 años de edad pudo reunir toda su biblioteca en su casa campestre del pueblito francés de Mondion y allí construyó, en un antiguo establo, estante por estante, los nidos para guardar y ordenar, a su antojo, los treinta mil volúmenes que incluyen los libros de su infancia y los raros incunables de algunos poetas del medioevo. Manguel ama a cada uno de sus libros como a criaturas nacidas de su entraña y no creo que sea justo denominarlo un «coleccionista». Tal vez, el amigo y guardián de unos «objetos» de papel y tinta, que para mí también son más valiosos que todos los otros objetos del mundo y además cada uno de ellos vive, respira y huele diferente. Una biblioteca es un collage de aromas. De ahí que quisiera que hicieran con mis propios libros, cuando llegue el momento,  lo que Manguel ha pedido que hagan con los suyos: «pienso que uno crea con los libros un lazo vivo. Por amistad, por respeto a ellos, quisiera abrirlos una vez más. Los criadores de abejas dicen que, cuando un apicultor muere, alguien debe ir a decirles a las abejas que su criador ha muerto. Querría que alguien hiciera eso con mis libros».

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El tercer texto se titula Un largo sábado (2016) y son las conversaciones entre Laure Adler (periodista y editora francesa) y George Steiner, recién fallecido, quien a sus 88 años rememoró su vida y extensa obra con la lucidez de un gran sabio, quizá de uno de los pocos sabios que pensaban en este tiempo farandulesco. Él sintetiza sus búsquedas intelectuales, los motivos que lo condujeron a la escritura de sus libros, su condición de judío en una época que no ha renegado, en el fondo, de lo que significó Auschwitz. Su fortaleza ante las dificultades de la existencia, cuyo aprendizaje inicial recibió de su madre, que transformó su carácter al tratarlo y exigirle como a un privilegiado, por su defecto congénito de un brazo, y no como un minusválido que debía generar compasión. Un Steiner que amó su condición de profesor universitario y de compulsivo lector: «Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: «¡Qué estupideces! ¡vaya idea!» No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores. Es un diálogo vivo. Erasmo dijo:»El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído». Sin embargo, para él se requiere que existan las condiciones propicias para leer: silencio, un espacio privado y libros propios. Todo esto se ha perdido ya y sólo unos pocos afortunados lo tienen. Con la muerte de George Steiner, a sus noventa años, se extingue uno de los últimos humanistas, cuya lucidez le permitió dialogar y tejer puentes conceptuales entre la ciencia, la literatura, el arte y la mitología. Es decir, un intelectual de la estirpe de Alfonso Reyes, quien se denominó a sí mismo “un especialista en universales”. En síntesis, estos libros del arte de la conversación logran suscitar lo que a veces obtenemos en la vida: un diálogo inolvidable, una amistad duradera, la sed por el conocimiento que no podrá ser aniquilada ni por la muerte.

* Escritor. Profesor titular. Universidad de Caldas.

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