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Juan Preciado llegó a Comala buscando a su padre, don Pedro Páramo. Pueblo hostil, yermo, sin vegetación, donde la vida fue tan difícil que nadie deseó nacer ahí para no tener que construir ninguna historia en ese sitio. La naturaleza ficcional en Pedro Páramo es la misma en la película, Sal. Heraldo buscará a su padre en el desierto inhóspito y hostil de un futuro distópico donde cada uno de los personajes del filme es un arquetipo rulfiano.
El director caleño William Vega estudió comunicación social en la Universidad del Valle, junto con Óscar Ruiz Navia y César Augusto Acevedo, la nueva generación de directores caleños que han hecho resurgir el “Caliwood” de la década del 70. William, de inteligencia brillante, internacional y atemporal, creó, la película Sal a partir de sus emociones y las historias que fue escuchando en el camino durante el rodaje de La sirga. “La idea me surgió cuando conocí a Heraldo en el casting de La sirga. Le buscaba un papá en la película, y hablando con él sobre su historia de vida, Heraldo Romero me contó que su papá era un mito, una leyenda, pero que nunca lo conoció, murió cuando era apenas un niño. Heraldo Romero Sánchez, el papá, el abogado, el líder cívico y popular colombiano, dirigente estudiantil y político de izquierda en Nariño, el hombre que luchaba en defensa de los menos favorecidos, fue torturado por los militares, murió joven, dejando a su hijo solo con un nombre, y con un mito que el actor buscará para siempre tratar de responder: ¿Quién era su padre? Y esta pregunta recurrente me vino con mi propia historia, al igual que Heraldo, también llevo el nombre de mi padre, y también he buscado abordar lo ideológico desde la herencia y desde lo cinematográfico”.
Si el universo en Comala de Rulfo está construido por un mundo fantasma que va adquiriendo la condición de personaje colectivo, el desierto de La Tatacoa de William Vega también adquirirá esta condición. Heraldo encontrará una ciudad purgatorio donde los que la habitan, como una ciudad de ánimas en pena, yacen en un futuro/presente sin esperanzas y sin cambios. Un mundo donde los contrastes, el agua y la Sal, son fuerzas opuestas que se resisten, se asedian, se hostigan y se atraen. Un territorio vacío, como el mismo Heraldo, donde confluyen el mito del padre y la historia del joven.
Para William, tanto La sirga como Sal están marcadas en la relación que tienen los personajes con ese no-lugar, ya que no les pertenece, lo habitan, pero no echan raíces. William, como migrante que ha vivido por fuera de Colombia, se preguntaba desde lo ontológico cuestiones como el sentirse ajeno aun en países que hablaban su mismo idioma, y esta pregunta caracteriza a sus personajes. En palabras del director, “podemos compartir el idioma y no hablar de lo mismo, en España fue difícil entender algunas cuestiones y en Francia fue la dificultad del idioma, por ello en Sal va desde lo no verbal y la búsqueda de la comunicación, pasando por el español y el cantonés, temas como el desarraigo y el viaje de personajes que se encuentran en un sitio al que no pertenecen”.
Al mejor estilo de Akira Kurosawa, los elementos, agua, tierra, fuego y aire hacen parte de las historias que realiza William Vega. El agua es el elemento principal que protege en La sirga a la protagonista que huye del fuego y la tierra. El protagonista de Sal representa a Heraldo, un personaje que buscará en qué creer, un desierto que visibiliza la forma de ver su alma. Para el director, la Sal y el agua son elementos de cura y de cambio.
Cuando a William se le pregunta sobre hacer ficción y no documental, argumenta que “en un documental no habría podido hacerlo, quería hablar de la relación de cómo se construyen y cómo se fragmentan las relaciones personales y el ambiente, y para ello lo mejor fue a través de la ficción. Lo decía Abbas Kiarostami: “a veces para decir una verdad se tenía que construir toda una mentira” y pregunto: ¿será que la ficción es necesariamente una mentira?”.
William Vega trabaja con metáforas. Para él, Sal representa la lucha del hombre con la naturaleza. Heraldo, como un Sísifo rulfiano, fue condenado a empujar perpetuamente una roca montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, donde debía recogerla y empujarla nuevamente hasta la cumbre y así por siempre. Heraldo no arrastra una roca, pero sí una memoria, un alma desgastada y, claro, una moto (metafóricamente hablando), una moto que William tiene presente al ver a su compañero y amigo, el también director César Acevedo, viajando entre Cali y La Cocha para filmar La sirga. César, quien hizo la foto fija en esta película, iba en su pequeña moto, usada por la producción para todo, viajaba constantemente en aquel calor del desierto. Al final de la producción todos iban detrás de él, quedando en la mente del director como una idea para elaborar en el montaje de Sal. Filmar en aquel extenso territorio lleno de mitos políticos y sociales, donde sobreviven entre piratas y el olvido del Estado fue todo un reto para el joven director. William inicialmente quería trabajar en el desierto del Patía, pero por seguridad e infraestructura no lo consiguió y La Tatacoa fue su mejor opción.
Sal fue una producción de presupuesto limitado y con la importante ayuda de algunos sectores públicos y privados, sobre todo de Dago García. Con un reducido equipo muy profesional hicieron que este filme fuera posible, contando por ejemplo con la experiencia del fotógrafo David Gallego o “Chula” (director de fotografía en El abrazo de la serpiente). El tema de la luz y el calor hizo un poco difícil la producción de Sal, pero “Chula” había estudiado muy bien el desierto con anterioridad para aprovechar la luz natural.
William Vega nos presenta un filme en el que pretende, desde su experiencia, hacer catarsis de su relación con su padre, y todo a través de un dialogo cinematográfico. Con Sal podemos identificarnos con una idea utópica de comunicación con nuestro propio pasado, somos un Heraldo, un Sísifo o un Juan Preciado llevando la carga a la cima una y otra vez, buscando en el yermo desierto o en un pueblo habitado por fantasmas. Este 5 de abril todos encontraremos en el cine un nuevo filme muy humano, reflexivo y, sobre todo, colombiano.