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Hace tres años se concibió este encuentro atemporal en el Museo de Santa Clara. La directora del histórico espacio cultural, Constanza Toquica, y el artista Pablo Posada Pernikoff escribieron en su bitácora una nueva escala que busca aprovechar la iglesia como lugar de encuentro social por excelencia. En palabras de la anfitriona, es una invitación a vivir “el aquí y el ahora”, en un espacio ideal que cuenta con varios siglos de historia.
Ingresar al museo un día lunes, cuando está cerrado, y encontrar a un equipo activo en el montaje de la instalación titulada Senderos de luz y agua: entre los caprichos del agua y del viento es una especie de privilegio para El Espectador. Constanza Toquica trae a la conversación las reflexiones de Walter Benjamin: “Todo presente es un futuro del pasado. En este presente tenemos el deber de completar los vacíos del pasado”. En pocos días, el 11 de agosto, se celebrará la fiesta de Santa Clara, inspiradora de esta iglesia conventual cuyas paredes albergan cuadros y objetos dedicados a la devoción y al culto.
La instalación cuenta con 31 piezas doradas, plateadas y de vidrio. Oro, luz y sombra, elementos usados en el barroco colonial y actualmente visibles en el espacio desacralizado del Museo Iglesia de Santa Clara, forman parte del lenguaje con el que el artista dialoga con este ámbito a través de sus trípticos de metal, sus esculturas de cristal y sus relieves, de acuerdo con la ficha técnica de la exposición.
Según su creador, este montaje representa una escala temporal para rendir un homenaje a la naturaleza. De formación científica, complementada con un doctorado en bellas artes en Tokio, Pablo Posada Pernikoff funde sus conocimientos de física y matemáticas para presentar una “metamorfosis de la materia a través del tiempo”. “Todo es fluido”, agrega. Los visitantes podrán observar el oro, el agua y la plata en movimiento. Será una lección artística sobre el ciclo del agua, pues se mostrará el encuentro de este elemento vital en sus diferentes estados. La mayor parte del trabajo previo fue realizado en Japón. En Colombia, el artista conoció a un hombre llamado Wilson Betancourt, propietario del taller de vidrio Tallart en Ciudad Jardín, al norte de Bogotá, quien decidió unirse a esta aventura creativa y se convirtió en un particular patrocinador de la instalación.
Una lectura sugerida de esta exposición, conformada por piezas de diversos materiales, es el encuentro entre el pensamiento zen y el arte muisca. Posada Pernikoff se emociona cuando habla de los materiales que no ocultan el paso del tiempo. Su deterioro, la oxidación y la evidencia del paso de la historia de cada uno parecen transportarlo. Reciclar vidrios con rayones hace parte de su goce al crear. Su arte es similar al oficio del alquimista. Disfruta de la ilusión de ser autodidacta, aunque sabe que siempre habrá una referencia bibliográfica que confirme “sus descubrimientos”.
Según el artista, Cristóbal Colón convenció a la reina de ir tras el oro al Japón, pero en el intermedio se encontró con las tierras del preciado metal. Esa escala permitió el encuentro de muchas culturas, que a propósito de esta exhibición, abierta al público hasta el 9 de septiembre, se hace evidente en el escenario elegido. La celosía del coro del Museo de Santa Clara es árabe; el manejo del oro, el arte europeo, el reflejo de la ruta de la seda, los indígenas, el barroco, España y Japón: todos se encontraron, en la carrera octava con calle octava de Bogotá.
Pablo Posada Pernikoff es un viajero incansable. Sus escalas incluyen estudios en Colombia, en Italia, Canadá y Japón, donde reside hace más de 20 años. Es políglota casi natural y una ciudad como Tokio le permite practicar hasta seis lenguas en un solo día. Lee en español, italiano y francés. Le encanta soñar y cocinar, ejercicio que hizo en Italia con amplio espacio, pues su enorme cocina era al mismo tiempo taller. En Japón ocurre lo mismo, pero en tan sólo tres metros cuadrados. Su padre fue neurocirujano. Su madre reside en Francia y vendrá a finales del mes a ver la exposición. Muchos abogados y científicos en su familia. El arte ha sido parte fundamental de su existencia. En una época incluso pintó desnudos femeninos.
En su biografía oficial se lee: “Posada Pernikoff es un artista plástico nacido en España, de nacionalidad colombo-francesa, con estudios de ingeniería y matemáticas en la Universidad de los Andes de Bogotá y en Montreal (Canadá), maestría en diseño industrial del Istituto Europeo di Design y graduado de la Facultad de Pintura de la Accademia di Belle Arti di Brera en Milán (Italia). Fue uno de los primeros estudiantes en recibir el título de Doctor en Bellas Artes de la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música de Tokio (Japón), donde reside desde hace varias décadas. A partir del 15 de noviembre comienza un año sabático de viajes y búsquedas, cuya puerto final puede ser Singapur”.
A partir de hoy, las puertas del Museo de Santa Clara se abrirán para vivir el diálogo que propone Constanza Toquica a los visitantes. En sus palabras, un homenaje al dinamismo, a Heráclito y a sus referencias del agua en movimiento. La historia está viva y qué mejor escenario que un museo religioso desacralizado, donde por cuatro semanas van a convivir la propuesta de Posada Pernikoff con la impresionante colección de 140 piezas del museo, que conserva la decoración original de la iglesia conformada, entre otros, por retablos barrocos y pinturas al óleo de los siglos XVII y XVIII.