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Shakespeare y Cervantes: el clavecín y la vihuela

Las ediciones discográficas dedicadas a la música en la obra de estos dos escritores, no son parcas en elogios. Desde luego que su valía literaria está fuera de toda discusión, pero es fascinante descubrir que había también un acervo musical importante.

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En el Soneto 128 de William Shakespeare el protagonista es un instrumento musical, aunque nunca se le nombre. El pretexto es alabar a una doncella que toca música, pero Shakespeare termina deleitándose, más bien, en la descripción de las piezas y el mecanismo: “Yo envidio aquellas teclas que besan el tierno interior de tu mano”, dice, y antes ha develado que todo el aparato es “un dulce madero que suena al roce”. Llegando al último verso, el lector descubre que se trata de un instrumento de teclado. Acorde con la época, es un clavecín. (Vea el especial 400 años Shakespeare y Cervantes)

En la obra de Miguel de Cervantes también aparecen algunos instrumentos. Pero el de mayor cercanía y afecto para el escritor, adivina uno, es el que pone a tocar a su caballero andante: la vihuela. En la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, capítulo 46, el espigado caballero encuentra en sus aposentos uno de esos antepasados de la guitarra. “Templóla … y habiendo recorrido los trastes de la vihuela, y afinándola lo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz ronquilla aunque entonada, cantó”. (Lea aquí Encontrando a Cervantes)

Cada uno de estos fragmentos evoca escenas musicales que sin duda eran familiares para sus autores. Shakespeare, con sus sagas de reyes y príncipes, retrataba la vida de los palacios donde había salones designados para el entretenimiento musical, y no era difícil encontrar allí un clavecín. “Virginal”, lo llamaban en aquella época en Inglaterra, porque se decía que era el instrumento favorito de Isabel I, la reina virgen. Por contraste, las aventuras de Cervantes son más rurales: don Quijote y su escudero Sancho vagan por los campos de La Mancha; la música que escuchan son los cantos de muleros y cabreros, que necesitaban un instrumento más portátil. La vihuela, si revisamos las pinturas de la época, era más pequeña que la guitarra y fue popular en todos los estratos sociales. De ahí que tanto los pastores como don Alonso Quijano la sepan tocar.

Las ediciones discográficas dedicadas a la música en la obra de estos dos escritores, no son parcas en elogios. Desde luego que su valía literaria está fuera de toda discusión, pero es fascinante descubrir que había también un acervo musical importante. En las notas interiores de “Don Quijote de la Mancha: Romances y músicas” (2005), Jordi Savall presenta a Cervantes como “un escritor con una excelente formación y experiencia musical, y poseedor además de amplios conocimientos sobre la práctica y función misma de la música, el repertorio de los romances, las canciones y las danzas”. (Vea Quince frases de Cervantes en el día del idioma)

La relación directa de Shakespeare con el teatro hacía muchas veces necesaria la presencia de la música. Y sin embargo, el bardo fue también visionario en estas lides de la armonía Como nos lo recuerda Françoise Fonteyn en las notas del álbum “Shakespeare et la musique anglaise” (1999), “Shakespeare jugó un papel fundamental en la evolución de la dramaturgia, al incluir música en sus obras de teatro. En casi todas utiliza canciones, interludios instrumentales y algo de danza”. (Galería: 10 reflexiones de William Shakespeare sobre la vida que te llegarán al alma)

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¿De qué habrían hablado estos dos genios, de haberse encontrado? El profesor Harold Bloom asegura que si hay una comunión entre las dos obras, es en el tema de la locura. Para Bloom, la locura de Alonso Quijano le permite expresar, embutido en su armadura, observaciones que no le estarían permitidas a alguien en ropas menos anacrónicas. Y en ese sentido emparienta a don Quijote con el bufón de El rey Lear. Dicho sea de paso, esta tragedia se estrenó en Londres al mismo tiempo que en Madrid se imprimía la primera parte del Quijote. Pero antes de que aventuremos una teoría sobre almas gemelas, Bloom nos recuerda que sus lecturas de formación fueron, en muchas ocasiones, las mismas. Y en este caso la influencia viene de los libros de Erasmo de Rotterdam.

Más fascinantes aún pueden ser las percepciones que los diferencian. Y la experiencia del sonido es una de ellas. En Shakespeare la comprensión de la música es elevada y hace eco de las primeras teorías sobre el universo, entremezclando astronomía y religión. La conversación de los amantes Lorenzo y Jessica, en El mercader de Venecia, parece una lección pitagórica impregnada de poesía:

 ¡Qué dulce el reposo de la luna en la orilla! … La suave calma y la noche se convierten en caricias de una tierna armonía. Siéntate, Jessica. Mira cómo la bóveda celeste está llena de incrustaciones de oro. Ni la órbita más lejana que puedas distinguir deja de cantar a coro con los ángeles y al unísono con querubines de ojos límpidos. (El mercader de Venecia, Acto V).

  play stop   mute max volume       repeat   Actualización requeridaFlash plugin. Entre tanto, para Cervantes, no se trata de una música de las esferas sino del sonido circundante de la naturaleza. Hay un pasaje en que el Quijote y Sancho se pierden en un terreno desconocido y cae la noche. Como la oscuridad es absoluta, las descripciones se vuelven auditivas. Y si bien como lectores sentimos el escalofrío de los personajes, al mismo tiempo nos maravilla lo impecable de este paisaje sonoro:

Acertaron a entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un temeroso y manso ruido, de manera que la soledad, el sitio, la oscuridad, el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban ni el viento dormía, ni la mañana llegaba. (Don Quijote, primera parte, Capítulo 20)

Pasajes como éstos han sabido inspirar a compositores de todas las épocas. Don Quijote de la Mancha ha sido suite orquestal de Telemann, ballet de Minkus, ópera de Massenet, poema sinfónico de Strauss, obra para títeres de Manuel De Falla y hasta musical de Broadway con partitura de Mitch Leigh. Hay en el personaje un encanto que lo hace musicalmente apto para todos los géneros. Otros compositores de igual valor miraron hacia la orilla inglesa de Shakespeare: Purcell y Mendelssohn adaptaron Sueño de una noche de verano, Brahms convirtió algunos diálogos de Hamlet en un ciclo de canciones, Tchaikovsky compuso una de sus páginas más inspiradas a partir de Romeo y Julieta, Sibelius tradujo La tempestad a su nutrido lenguaje sinfónico. Verdi es tal vez quien ostenta el récord de partituras shakespereanas: llevó a la ópera las historias de Macbeth, Otelo y Falstaff, y se sabe que a su muerte estaba comenzando a trabajar en una adaptación de El rey Lear. Escuchadas en conjunto, todas estas obras llegan a ser una revisión de la profunda condición humana en sus múltiples tonalidades.

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Y los dos genios, en su siglo de oro, ¿qué música escuchaban? Vuelvo a la teoría del clavecín y la vihuela. A pesar de que estas obras han logrado enviar su mensaje a todas las épocas (y de ahí la facilidad con que se hacen adaptaciones constantes), siempre será encantador recordar desde qué tiempo nos hablan. En ese sentido, los instrumentos antiguos son los que mejor armonizan con las palabras originales. Una banda sonora fidedigna tiene que incluir, junto a las obras de Shakespeare, el My ladye nevells booke (1591) para clavecín de William Byrd. Y para acompañar las páginas cervantinas resultan magníficas las piezas para vihuela de El Maestro (1536) de Luys Milán.

Porque, además, William Byrd y Luys Milán compusieron bajo los mismos parámetros de entendimiento de la música y sus efectos sobre el oyente. Son ideas renacentistas que hoy ya no se escuchan en los conservatorios, pero que resuenan en nuestro instinto. En el primer acto de Noche de Epifanía, William Shakespeare pone en boca del Duque de Iliria aquello de que “la música es el alimento del amor”. En el capítulo 28 de la primera parte del Quijote, Miguel de Cervantes pareciera complementarle: “La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”. 

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