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Salí desde Tulum, un pueblo en la Riviera Maya que con el tiempo se ha vuelto tan exclusivo, que por una noche en un hotel económico se pagan desde 100 dólares por persona. Eran las 8 de la mañana e iba en una bicicleta playera, esas que pesan cinco veces más que uno mismo, y que a falta de cambios son muy duras de conducir con el viento en contra.
A veces hago cosas irracionales, pero no me doy cuenta que los son hasta mucho tiempo después. Luego de haber repetido este recorrido en auto, pienso que no lo lograría hacer de nuevo en una bicicleta. La cuestión, es que en ese momento nadie me dijo que era imposible, y tampoco lo pensé así, por eso llegué.
De manera que tomé la bici y comencé a pedalear sin saber qué tan lejos era, o cómo era el camino. El objetivo era simple: llegar al puente de Boca Paila avanzando por la única vía que llevaba a ese lugar.
No era la única que pedaleaba, éramos muchos los que esquivábamos autos y baches de la ruta medio pavimentada y estrecha. Sin embargo, todos se iban quedando en el camino mientras yo seguía sin parar.
Pasé el arco donde comienza la Reserva de La Biósfera de Sian Ka’an, era la primera referencia espacial que me habían dado, de manera que iba por buen camino. El pavimento quedó atrás, así como las entradas a hoteles, boutiques y clubes de playa. El sendero era de ripio y a cada lado se veía la selva separada del camino por alambres.
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A 20 minutos de la entrada encontré el punto de información turística. Todo estaba muy silencioso y había un solo hombre sentado debajo de un árbol con una cerveza. Él ofrecía un servicio de lancha por 100 dólares para ver a los manatíes en un manglar. No acepté su oferta, así que me propuso que antes de seguir el camino subiera al mirador, me recomendó tener mucho cuidado porque soplaba un viento fuerte por encima de la copa de los árboles.
El mirador era una torre de madera, que se balanceaba y rechinaba por la brisa, para llegar al punto más alto había unas escaleras de caracol al aire libre. Cada escalón subido iba revelando el paisaje maya. Al llegar a la cima pude ver cómo estaba pedaleando en medio de la selva tupida. Árboles de variados verdes, todos refulgentes, bordeaban el mirador y se extendían formando una península. A un lado de ésta, se veía el mar azul claro con olas muy ligeras que parecían líneas blancas navegando a la distancia. Al otro lado estaba el manglar verde turquesa.
Me llaman la atención los colores – ¿a quién no? -, muchos de mis escritos de viaje tienen la palabra “color” insertada de alguna manera. No dejo de fijarme en ellos a cada lugar al que voy y en la Riviera Maya es imposible pasarlos por alto.
Solo bajé del mirador cuando vi que una familia esperaba su turno para subir, este, fue el único contacto humano que tuve durante el recorrido. El resto del tiempo escuché en primer plano mi respiración y tuve que aplacar la mente.
Seguí el camino sin saber cuántos kilómetros faltaban. Había silencio humano, y aunque aparentemente estaba sola sabía que en la selva se escondían garras, ojos y dientes. Las hojas de vez en cuando se movían estrepitosamente y me asustaban, ¿habría un animal allí?, ¿sería el viento?
Todo era tan verde, tan solitario y tan similar, que parecía estar inmóvil, aunque pedaleara tan rápido como mis piernas lo permitían. No quise ver el reloj hasta llegar al puente para no hacer más angustiante el pedaleo, pero si me preocupaba alejarme cada vez más de Tulum y no llegar a mi destino. No sabía si iba en el camino correcto, o si era prudente o no seguir avanzando. Aun así, seguí.
Ver el puente al medio día fue un alivio, fueron aproximadamente cuatro horas de pedaleo. No había personas esperando a los cocodrilos, por lo que me di cuenta que no era una aventura que muchos quisieran llevar a cabo.
La ventisca me movía levente. Al igual que en el mirador, de un lado estaba el mar y del otro el manglar, allí se unían los dos en una mezcla de verdes, turquesas y amarillos. Me senté en el borde del puente sin barandales junto a otro de madera, útil en otras épocas, pero ahora roto y abandonado. Allí esperé.
Las indicaciones habían sido: “espera con paciencia hasta que salgan los cocodrilos”. Mientras tanto me entretuve con los peces aguja que se dejaban llevar por la corriente, y con las rayas que se posaban unos minutos en la arena y luego se movían rápidamente.
Sin previo aviso, la cabeza de un cocodrilo enorme se asomó debajo del puente, nadaba lento y sigiloso. Aunque mis pies estaban a varios metros del manglar, subí las piernas rápidamente como me lo sugirió el instinto. Luego me boté boca abajo para tomarle fotografías.
Con el paso del tiempo comenzaron a salir más entre los ramales. Nadaban pocos metros, abrían el hocico y se quedaban pasmados como esperando que sin esfuerzo la comida llegara a su boca. Así permanecían durante varios segundos hasta que la cerraban lentamente y se quedaban estancados en la sombra, pasivos, como si fueran totalmente inofensivos.
El juego era encontrar más, verlos y esperar que hicieran una gracia como si fuera un zoológico, pero no logré ver ninguna mordida o la escapatoria de algún mamífero, estaba más inquieta yo que la naturaleza. Luego busqué información de Sian Ka’an, en español: Origen del Cielo. Siempre hago lo mismo, primero voy a un lugar y luego rebusco en internet que dicen de él. Entre tanta información encontré un video de un hombre que jugó de una manera bastante estúpida por no decir más, y se botó desde el puente al agua. En segundos, tenía un cocodrilo detrás de él y se escuchaban gritos angustiantes de personas desde el puente que le tiraban piedras y botellas al animal para distraerlo.
Por suerte salió bien librado de su actuación irracional y hasta un poco patética, y yo salí bien librada del recorrido de ocho horas ida y vuelta en bicicleta. Valió la pena, tal vez lo repetiría de la misma manera, y pensaría en llegar más lejos hasta Punta Allen, el extremo de esta mini península donde viven pescadores y dicen que reina el silencio.
Sian Ka’an es un lugar escondido y alejado de todo el frenesí de la Riviera Maya, la contemplación de la naturaleza y las playas vírgenes no son para todos los turistas, y este pedacito de cielo lo agradece reluciendo toda su belleza. Espero que, al regresar en los próximos años, no hayan construido un resort – como los cientos de monstruos de cemento que han construido sobre incontables hectáreas de selva – con terrazas para tomar un tequila y divisar a lo lejos los cocodrilos encerrados por una cerca.