Siete palabras (Cuentos de sábado en la tarde)

“¿Por qué ingresé en el ejército? En parte, por la natural admiración de los jóvenes hacia lo criminal…” – Robert Musil, El hombre sin atributos

SEVILLA, 08/04/2023.- Procesión del Santo Entierro Grande hoy sábado en Sevilla, que se celebra ocasionalmente y no se hacía desde el año 2004. Este año se ha celebrado con el objetivo de conmemorar el 775 aniversario de la restauración del culto cristiano en Sevilla por parte del rey San Fernando. EFE/José Manuel Vidal
Procesión del Santo Entierro Grande hoy sábado en Sevilla, que se celebra ocasionalmente y no se hacía desde el año 2004. Este año se ha celebrado con el objetivo de conmemorar el 775 aniversario de la restauración del culto cristiano en Sevilla por parte del rey San Fernando. EFE/José Manuel Vidal
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Desde muy joven supo que la única forma de sobrevivir en este país es aprender a administrar el miedo. Pero aún así no lograba superar las tribulaciones que lo agobiaban desde la víspera. Y fue tal vez por eso que el coronel decidió hacer un alto y echarle una mirada a la feligresía antes de emprender el camino hacia el púlpito. El inusual honor de haber sido elegido para pronunciar el Sermón de las Siete Palabras en la ceremonia de este Viernes Santo no lograba superar la angustia que desde el 15 de febrero pasado se había cebado en él. Mientras una minoría de oficiales, políticos y clérigos le daban tratamiento de héroe, él no podía ocultar el desasosiego que le impedía dormir o concentrarse en los asuntos de la Brigada. ¿Qué pensar cuando el muerto era consagrado como mártir ante los ojos del mundo entero, en tanto que él, su ajusticiador, no era más que un verdugo despiadado, sólo comprendido por el sospechoso criterio de sus compañeros de armas? Además, ¿no había algo de cínica intención en el hecho de que él, militar de carrera, fuese invitado por las jerarquías eclesiásticas para que pronunciara el sermón apenas cuarenta días después de que sus tropas hubieran dado de baja al sacerdote insurgente? Comprobó que el templo estaba atiborrado de fieles, los rostros contritos, en los labios una oración trémula y los ojos que vagaban más allá de los misterios del Sagrario. En los asientos próximos al Altar Mayor vio a algunos oficiales de diverso rango, varias damas que gozaban de cierto predicamento –entre ellas su propia esposa— y a oscuros funcionarios de la administración local.

El olor del incienso comenzaba a marearlo y quiso neutralizarlo con el bravo recuerdo de la pólvora, que ya desde su lejana experiencia en las trincheras coreanas tenía el efecto de una droga en sus pulmones. Sus rodillas, en grave genuflexión, tocaron tierra en el mismo instante en el que el obispo hizo su entrada desde la sacristía. El coronel tomó su mano, besó el anillo y a continuación se sumergió en un rezo íntimo, reverente. El jerarca retiró su extremidad, sonrió y, pensando con humildad que acaso también él era mortal, buscó su rojo trono en el altar, subió los breves peldaños, desde allí miró a su grey y, por fin, con un gesto de infinita indiferencia, se dejó caer muellemente sobre su asiento. Entonces, como si se tratara de una contraseña, se oyó la campanilla del monaguillo y el coronel, liberado de sus apremios, con paso tan enérgico como cuando se cimbrea un florete decidió por fin ascender rumbo al púlpito. Al trepar por la escalerilla de madera en forma de caracol sintió que las coyunturas de sus rodillas se quejaban pero, al llegar al lugar donde sobre un atril su ordenanza había colocado el texto del sermón, se sintió soberano. Aunque lo disimulase, su baja estatura siempre le resultó incómoda, objeto además de las chanzas destempladas de sus camaradas y sátiras implacables de sus enemigos. ¿Acaso Bonaparte no era una migajita de hombre? ¿Y cuando el Caudillo Francisco Franco firmaba sin cesar penas de muerte en la devotísima Madre Patria pensaba en algo que no fuera hacer crecer a nombre de las viudas y huérfanos su esmirriada estatura? El Libertador Bolívar tampoco era un gigante, pensó, así que lo mejor que podían hacer sus compañeros de Cuerpo y los malditos detractores civiles era no joder más y dejarlo en paz.

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Oteó el panorama desde el púlpito y de pronto descubrió que, pese a la multitud de fieles, estaba solo. Y esa soledad en las alturas se acentuó al sentirse observado. Esforzó la vista y comprobó que en medio de las luces titilantes de los cirios, desde el sitial más importante del Altar Mayor un Cristo lo miraba fijamente. Demacrado por el sufrimiento y las torturas, llaman su atención la barba ensortijada por grumos de sangre y sudor, los labios ateridos y los brazos extendidos sobre el madero horizontal. ¿Dónde había visto a un hombre en idéntica posición? A su derecha, una escultura que reproducía La Pietá lo hace sentir mal. Afortunadamente, a unos cinco metros, en diagonal, espada en mano le daba ánimos el arcángel San Miguel. Entonces los temores se disiparon, conjeturó que el silencio pesado de los feligreses obedecía sin duda al respeto que él les inspiraba y sólo esperó la señal del oficiante para hacer uso de la palabra. Pero en ese momento, desde el fondo y como si la nave central fuese un arco triunfal, hizo su entrada el general Argemiro Bedoya. El hombre se acercó como si galopara, concitando el interés, la envidia, la animadversión de algunos –el lugar predilecto de los enemigos para guarecerse son las iglesias, pensó el coronel–, y al llegar ante el fuego votivo inclinó con estudiada gallardía su cabeza mientras entrechocaba los tacones de sus brillantes botas de becerro inglés. Casi de inmediato, y antes de que murieran los ecos del ruido que produjo su gesto, saludó respetuoso, ceremonioso, a lado y lado a las dignidades que, reconocidas, agradecidas, cambiaron con él, primero, y luego entre sí, la vieja sonrisa protocolaria que se estimaba para el ya susodicho caso y similares. El recién llegado fue escoltado por un acólito hasta su asiento de terciopelo y, ya instalado, desde allí le regaló al coronel una mirada de falsa solidaridad. ¿Por qué mi general Bedoya se sentirá siempre en la obligación de fastidiarme la fiesta? Nunca los éxitos han sido míos del todo, se lamentó, siempre hay alguien que me los rebaja, como si tuviera que pedirles permiso a los altos mandos para poder triunfar.

Levantó el rostro, se le marcaron los surcos de la frente, se le acentuaron las bolsas de los ojos y entonces su voz retumbó, estentórea y marcial, en las naves de la iglesia: TENGO SED. El silencio de los fieles lo cohibió pero sus palabras empezaron a tejer una red que parecía envolverlos a todos, como a él lo habían envuelto desde el momento en que comenzaron a llegar informes a la Brigada sobre los operativos de los insurgentes. Con ostensible afán de provocación, los rebeldes merodeaban en la zona de El Centenario, más específicamente entre el cerro de Los Andes y la cordillera de Los Cobardes. Qué nombrecito. El coronel recordó que cobarde era su imprecación preferida y que con ella hostigó quince años atrás a los reclutas que se mostraban renuentes a viajar a Corea a luchar contra los comunistas. Al mando de la Quinta Brigada , el coronel envió a la zona de Los Cobardes a un pelotón de la unidad de fusileros al mando de un suboficial, con miras a hacer contacto con los subversivos y enviarles, a continuación, el resto de la jauría para rematarlos. Los informes eran sorprendentes: durante tres días los rastreadores siguieron las huellas de un grupo no mayor de veinte hombres, a quienes parecía no importarles dejar rastro. Eso sólo quiere decir una de dos cosas, dedujo el coronel: o esos facinerosos se creen totalmente a salvo de quienes van tras ellos o, cosa extraña, su desesperación es tal que ya nada les importa. Pero si esta segunda posibilidad es la verdadera, ¿por qué entonces ofrecen tan tenaz resistencia? Una vez hecho contacto, la reacción de sus hombres fue implacable pero aún así sólo consiguieron dar de baja a dos rebeldes. Los demás escaparon y al cabo de seis días los perseguidores descubrieron los restos de una mula. El hambre era peor que las alimañas del monte pero, pese a las evidentes penurias por las que atravesaban, los alzados parecían haberse esfumado. Y él, impaciente, nervioso, se comía las uñas en espera de mejores noticias. Mientras, sobre él llovían los apremios de la comandancia, del gobernador, del ministro de guerra y hasta del presidente. ¿Cómo podía imaginar que el mismísimo primer mandatario iba a estar pendiente de su gestión? En todo caso, no resultaba muy agradable la deferencia de semejante sujeto, así ejerciera el cargo más importante del país. El general Ruíz Novoa, un antiguo camarada en la aventura de Corea, había sido groseramente licenciado por el mandatario so pretexto de que tramaba un Golpe de Estado desde el ministerio de guerra. Lo echó como a un perro sarnoso del gabinete y eso duele, pues aunque entre nosotros nadie se muere de admiración por los colegas hay que respetar la solidaridad de Cuerpo. Además, tener que soportar las insolencias de un borracho es lo peor que le puede pasar a un militar. Qué barrabasadas las que comete el viudo que nos gobierna, se vuelve pensativo el coronel. Al comienzo de su gobierno, dicen, durante noches enteras se encerraba en Palacio con un par de culiflojas españolas, que hacían las Américas dándoselas de folclóricas, mientras la primera dama deambulaba por los pasillos desiertos en su silla de ruedas, musitando letanías y trisagios, orando en voz alta por la salvación del alma pervertida de su esposo. Bochorno nacional, pues las orgías no cesaron ni cuando meses después la primera mujer de la República murió y el viudo envileció con sus bajos apetitos los silenciosos aposentos del viejo Palacio de San Carlos donde, según dicen, se pasea el fantasma desnudo de Manuelita Sáenz, quien así, sin un trapo encima, salvó a su amante El Libertador de una conspiración asesina. Y encima mi general Ruíz Novoa, que no oculta sus ansias de poder, paga el pato, siendo dado de baja como una concubina que no inspira ya ni un mal pensamiento. Nuestro presidente realmente es una bestia. ¿Cómo se le ocurre meterse con los periodistas? Muy borracho, una madrugada abandonó ahíto de carne un lenocinio y le dio por mear detrás de un árbol. Un fotógrafo lo pescó in fraganti y el mandatario, como respuesta, le destrozó la cámara. Pero la pagó muy caro el viejo chivo. No me consta pero cosas peores se dicen de él, piensa el coronel. Atrapado por las putas y el trago, ¿cómo va a solucionar los problemas que aquejan a este país? No es raro que durante su gobierno se le insubordinen los militares y los curas y que en cuestión de meses dos grupos subversivos de diversa pelambre proclamen repúblicas independientes en lugares estratégicos de nuestra geografía, súbitamente convertida en plural escenario de guerra.

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El coronel comprueba que allá abajo la feligresía lo escucha como en trance, adormecida por sus palabras, que parecen acariciar el inmenso cuerpo del templo. Las robustas columnas multiplican en sus capiteles y cenefas los adjetivos, tan recargados y barrocos como los nichos de mármol, hoy cubiertos por los fúnebres paños. El coro permanece silencioso aunque dispuesto a quebrar la acústica a la señal convenida del órgano. Lo demás es penumbra, rota sólo por las parpadeantes llamas de las velas, humo que asciende e incienso que se difumina como el aliento en la boca gigantesca de la Casa del Señor. Y desde su trono el Señor lo observa todo, con rostro compungido, escéptico, como si estuviera al tanto de los íntimos sentimientos de quien desde el púlpito hace su alabanza. ¿Por qué el humo del incienso hace que piense en esa pipa que infatigablemente fumaba el sacerdote? Y el coronel se siente de nuevo cohibido, presa de oscuros asedios y reproches. ¿Se encontraría el cura entre los subversivos? Hasta la mañana del día 15 todo era especulación pura, nadie sabía dónde se había metido, aunque a lo mejor regresó a Lovaina, con sus amigos y esa muchacha que lo sigue a todas partes. Por una mujer de tan opulentos atributos como ésa cualquiera cuelga los hábitos. O el uniforme, se relame lascivo, y entonces clava la mirada en la mayor de las señoritas Villamarín, una hembra tan hermosa como incitante, y hay que ver con qué ganas mueve su impertinente culo. HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO.

El coronel habla sin punto y aparte, como si desfilara al ritmo marcial de su voz más secreta. Desde las naves repletas, los fieles lo contemplan con un gesto de fervor y entrega, actitud en la que los observadores pueden captar lo más parecido a una mezcla de resignación y esperanza. Los vocablos que uno tras otro se le escapan sin sentido, lo sumen de pronto en una sensación de terror: escucharse a sí mismo como en una especie de rito tenebroso, inútilmente irse en palabras, desgañitarse como la soldadesca en las competencias de masturbación colectiva en los cuarteles. Y siente el olor que le trae su discurso: ideas que se debaten entre sus maxilares en medio de jugos ácidos licuados por un entrechocar de hierros viejos. Óxido y babas, discurso y muelas calzadas con metales rudos, su boca. Recordó el rumor de sus coyunturas al subir hacia el púlpito y sonrió con lástima: todo él ya no era más que un inmenso ruido. Quiso hacerle honor a la devota expectativa de los fieles y decidió hablar aún más, haciendo gala de la frase subordinada. Volvió a clavar su mirada en la hembrita Villamarín y pensó que la gente era injusta con ella. ¿Será cierto que esa muchacha no es hija del procurador Villamarín sino del juez Mantilla? Es verdad que se parece poco a quien le dio el apellido pero en cambio es idéntica a su madre, una rotunda morena de Girón de los Caballeros, aunque al decir del vulgo giraba tanto con los tales que uno de éstos la embistió impetuosamente al extremo de que pronto se vieron confirmadas las leyes de la gravidez. Y ahí está el resultado. Y tal como la madre, la hija.

Entonces centra su discurso en la relajada moral de los cuarteles. ¿A quién se le podía ocurrir defender al teniente Mendizábal cuando convirtió el Club Militar en un burdel? Y, sin embargo, la más alta Corte lo absolvió. Es cierto que el coronel se había batido como un león contra la providencia de dicha Corte, que él consideró lesiva, pues vulneraba el honor de las fuerzas militares. ¿Tenía derecho el teniente Mendizábal a llevar al casino de oficiales a una damisela reclutada en el barrio rojo y, tras exhibirse con ella, pasar la noche en su compañía en uno de los reservados del Club Militar? Ante la demanda de los altos oficiales, la Corte había absuelto al teniente aduciendo su derecho al libre desarrollo de la personalidad. Y ahí fue cuando la voz recia del coronel se hizo sentir, aunque el tiro le salió por la culata, pues su posición no sólo fue tachada de moralista y beata sino que, también, fue objeto de toda clase de burlas y chanzas de mal gusto, de caricaturas deleznables en los diarios de mayor circulación y de despiadadas parodias en los más zafios programas televisivos de humor de los sábados por la noche. Es probable que con opiniones tan meapilas como ésa el coronel se haya ganado a pulso su sermón, aunque lo que resulta paradójico es que los curas lo idolatren precisamente por matar curas. Ahora bien, ¿qué busca el clero al involucrar a los militares en esta especie de arengas y nada menos que en pleno Viernes Santo? Hace exactamente diez años las cosas fueron al contrario. Y recordó la furia de fray Severo Velásquez, quien desde el púlpito de La Porciúncula maldijo a mi General Jefe Supremo, acusándolo de dictador y asesino, y a quien le profetizó su inmediata caída. Y mi General Jefe Supremo cayó efectivamente cinco días después. Ése es el poder del púlpito, se dijo, pero aún así no comprendo qué hago yo aquí, con uniforme de gala y cubierto de medallas, hablando de lo que todos saben. A diferencia de lo ocurrido hace diez años, cuando los curas despotricaban de los militares, ¿por qué hoy un militar tiene que hablar contra los curas que se largan al monte a hacer carrera con los insurgentes? Es cierto que yo di de baja a ese sacerdote que le resultaba incómodo a todo el mundo, aunque no creo que pronunciar las Siete Palabras de Cristo en la cruz sea la mejor recompensa. Pero los altos mandos pasaron por alto mis escrúpulos y me ordenaron hacer lo que los curas me pedían. Y ahí está mi general Bedoya, atento a mis palabras, no me vaya a suceder que me largue por la tangente.

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Dos semanas después del último contacto los subversivos, diezmados y hambrientos, no habían sido localizados y muy emproblemado estaba el coronel, con un teléfono en una oreja y la bocina de la radio en la boca, inventando boletines y cacerías inminentes y eso que ya estaban a comienzos de febrero y nada, a los malditos alzados se los tragó la selva. En alguna escaramuza por los lados del Río Fuego los insurgentes, pese a estar debilitados, le mataron dos soldados y se llevaron las armas y el equipo, lo que fastidió sobremanera al coronel, que tenía fama de irascible. Tiempo atrás, un escritor que apenas se daba a conocer — y que años después le contaría al mundo en una novela la pasmosa cagada de Corea–, publicó un cuento en el que decía que la mejor prueba de que los militares de este país se portaban como hombres del Paleolítico era que cualquier cosa les sacaba la piedra. Y con la locución “sacar la piedra” los nativos daban a entender el rabioso temperamento de los uniformados, su falta de temple, su absoluta carencia de humor.

En fin, desde su cuartel en la Quinta Brigada, el muy cabreado coronel ordenó que los helicópteros sobrevolaran la zona y sobre todos los pueblos y aldeas de la región hizo llover octavillas con información acerca de los alzados en armas y la promesa de gruesas sumas de recompensa, pero todo fue en vano. Ahora la señorita Villamarín llama la atención de los feligreses porque al ponerse de pie su desobediente minifalda realza su bien dotado muslamen. Le abre espacio en la banca a un hombre de unos cincuenta años, elegante y con aires de magnate, que enlascivia con su mirada las piernas de la muchacha en tanto que ésta se lo agradece con la suya. Ambos se sientan, muy juntos, y un leve rumor se extiende por la iglesia: a esa hembrita se la están tirando rico. El orador no tiene más remedio que suspender un momento su sermón a ver si los de abajo se dan cuenta de la solemnidad de la ceremonia y se callan: un poco de respeto por favor, señores. ¿Quién será ese hombre que se aparea con la joven Villamarín? A lo mejor son simples habladurías, como las que ensucian la reputación de los miembros más destacados del Cuerpo. ¿Por qué la gente tendrá que ser tan cochina? PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.

El coronel tose antes de hacer otro alto pero echa de menos el agua. ¿Cuándo se ha visto a un orador sagrado bebiendo entre párrafo y párrafo, como los políticos? El fervor crece entre las naves y las voces del coro se elevan y el órgano gime y las letanías ascienden también hasta que, lentas, se estabilizan como un globo en la acústica del templo, asentándose en las cornisas y nichos, hoy sin ornamentos, un vasto lienzo morado que incita a la compunción y el arrepentimiento. Puntualmente recorrió todos los pasos del viacrucis, hizo suyos el duelo y los misterios de la liturgia y confundió su voz con el timbre dolorido del prójimo, como si se tratara de mantener el equilibrio, preservando la armonía que eleva el alma hasta la expiación, así luego la deje caer de nuevo con la fuerza de un ancla en la culpa. Su prosa acaba de sobrepasar la Tercera Palabra y los niños de la cofradía disfrutan con los extraños arabescos que su boca dibujan, las novicias envidian su entonación, todos admiran su elocuencia. Nadie es ajeno a su fervor salvo el obispo, que, aletargado por la perorata cabecea a los pies del tabernáculo donde en fulgente custodia habita la Sagrada Forma. El coronel se pasa el dorso de la mano por la frente y las sienes, suda. Siempre sudó luego de superar los primeros esfuerzos pero su memoria es ahora un mosaico que exhibe algunos momentos que forjaron los galones de su carrera. Implacables, los mosquitos se posaban sobre su cara y él, con verdadera agilidad de acróbata, los liquidaba con un acto simple, elemental, una palmada y ya está. Pero la selva tiene argumentos que el hombre de Academia no comprende. Las ropas se le adherían a su cuerpo, primero la franela, minutos después la camisa de dril en los sobacos, y un poco más tarde, a causa de la marcha, el roce de los pantalones en sus ingles le despertaba una marea de inquietas morbideces que espoleaban su carne más ruin. Entonces se detenía y hacía descansar a la tropa. El agua de la cantimplora que derramaba sobre su cabeza lo aliviaba así fuera momentáneamente de la fatiga, de la inútil persecución, de todas aquellas apetencias que el calor había despertado en la parte baja de su vientre. El óleo santo, la porción bautismal que se vierte sobre la cabeza, el hermano en la fe y el sagrado carisma que ha de rescatarlo del equívoco mundo que lo acecha, todo esto cree haberlo dicho ahora aunque no entiende a cuenta de qué, y las miradas del general Bedoya, del obispo, de su propia mujer le hacen tomar conciencia de los extraños senderos por los que se desliza su sermón.

Una vez ya restablecido ordenaba reiniciar la marcha, observaba las ramas, el suelo, el espeso bosque en el que se disponía a penetrar, aunque para su seguridad su cuerpo de rastreadores lo mantenía en todo momento al tanto de sus hallazgos. Una mañana el descanso se prolongó más de lo previsto. Tendido, con las manos anudadas a manera de almohada bajo la nuca y una brizna de paja entre los dientes, pensaba, se dejaba ir en especulaciones, los chismes que circulaban en el casino de oficiales lo entretenían. La primera descarga lo arrancó de su ensimismamiento y su instinto lo llevó a lanzarse a una hondonada llena de piedras agudas y ortigas y espinas enormes. PADRE, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO? Cuatro hombres murieron, siete quedaron heridos y en la barahúnda que inicialmente se armó a los caídos les robaron las armas, los pertrechos y las bestias con sus cargas. Pero lo más grave en esta nefasta contabilidad fue la deserción de tres hombres. ¿Cobardía? ¿Infiltrados? Según como se evaluase, la situación en la que se encontraba el coronel rozaba el ridículo. No había forma de soportar la ira de sus superiores y la burla de sus compañeros pero quince días después, con los refuerzos, se tomó tres pueblos y les prendió fuego. Su tropa se encargó de las hembras y él, súbitamente convertido en juez, patentó eficaces formas de interrogatorio y muchos de los cautivos, en medio de alaridos, se olvidaron para siempre de sus atributos viriles. Y aunque hubo voces que se dejaron oír, las acusaciones de sevicia no prosperaron y al coronel no se le pudo comprobar nada anormal. Nadie podía ignorar su actitud cuando, en diversas ocasiones, repudió públicamente aberraciones como la llamada Corte de Corbata, que años atrás habían puesto de moda los sicarios que trabajaban bajo las órdenes del Directorio Conservador y que hacía que hasta los más radicales e implacables miembros de la jerarquía pusiesen el grito en el cielo. Un rápido corte de puñal en la laringe permitía que por la herida se le sacase la lengua al enemigo, que de esta forma prometía no hablar más, cualquier sospecha de infidencia quedaba así eliminada. Y si la víctima quería comulgar, más fácil no se le podía dar la hostia, se reían los godos estimulados por los hombres más curtidos del clero. En aquella ocasión, la campaña fue corta y feliz. Arrasó el campamento de los subversivos y el informe señaló, lacónicamente, que éstos lucharon con denuedo pero que ante las fuerzas del orden nada puede perdurar. Y fue tal vez por eso que el coronel no pudo llevar a la Brigada un solo prisionero. Ciertas o no estas versiones, a partir de algún tiempo el coronel no hizo más trabajo de campo y convirtió su oficina en el cuartel general de sus operaciones. Volvió a cerrar los ojos para concentrarse en el sermón y modular mejor las frases. Alguien tosió al fondo del templo y como si esta brusca y ruidosa expiración de aire de una garganta lastimada fuese la señal que todos esperaban, otras toses se escucharon en distintos lugares: unas muy roncas, otras encadenadas pese al dispar registro, las más algo apagadas y una bastante particular, que fue la que prevaleció y por la que tomaron partido algunas de las dignidades allí presentes. En esencia, se componía de elementos de la segunda tos mezclados con mínimas porciones de la primera. Tras el concierto se hizo una pausa y entonces el orador reinició su discurso, sobre el cual todos los fieles reflexionaron consternados.

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Y no era para menos, pues el hecho de que quien le dio muerte a un sacerdote hablara sobre la urgente necesidad de paz en este país no era cosa de todos los días. Y ahora que lo pienso, se dice el coronel, ¿por qué la paz parece interesarnos sólo a los hombres educados para la guerra? Y recuerda el revuelo que hace poco causaron las opiniones del general Alcides Benedicto en el sentido de que la paz era un asunto de mujeres. Que se explicara general. Y el buen Benedicto salió con el cuento de una tal Lisístrata y de cómo ella convenció a otras hembras de su comunidad para que con un colectivo cruce de piernas sus machos no las disfrutasen hasta que, agobiados por la abstinencia carnal, firmaran la paz y volvieran a su hogares. Todo muy ilustrativo, general, pero ¿cuál fue esa guerra a la que las mujeres pusieron fin con tan cerrado comportamiento? Los periodistas estaban ávidos de respuesta y el general muy ufano contestó que con su huelga de chochos cruzados las mujeres pusieron fin a la guerra de Troya. Y ahí fue idem, pues los historiadores y hasta algunos colegas mejor informados como el aguafiestas mayor Augusto Jota Aranda le cayeron encima. Que no fuera tan bruto, general, pues la guerra de Troya se desató precisamente porque una hembra culicaliente se abrió desmesuradamente de piernas. Que si Lisístrata y su recua de compinches apáticas y desabridas tuvieron que ver con alguna guerra fue con la del Peloponeso. Y la del Peloponeso fue una guerra en la que, como nos enseñaron en la Academia, los atenienses –que eran intelectuales y por lo tanto maricas– mordieron el polvo a mano de los espartanos, que sí eran soldados de verdad. Pobre general, el lío en el que se metió. Pero algunos militares nacen con una flor en el culo, se lamenta con envidia el coronel: como retribución a sus teorías, Benedicto fue enviado a Atenas como embajador de nuestro país. Y por allá anda. Y el orador no puede menos que volver a mirar a la señorita Villamarín. Si su cachondez no miente, el mundo bien puede desangrarse en la peor de las guerras, pues por ningún motivo ella se aventurará en una huelga de coños cerrados. O si no, basta observar cómo, ahora mismo, lubrica con su lascivia al magnate que tiene al lado. Y aunque hoy es un viernes de Pasión, el coronel cree que ya es hora de ordenar sus huestes.

Y entonces se impone el trueno: el orador gritó, gritó con toda su alma, y la grey, el vulgo, el simple pecador con sus bagajes de miseria moral, sus culpas, todo se fue a tierra. El templo entero, excepción hecha de sus colegas y prelados, se postró: primero las rodillas y luego la frente sobre el suelo mientras los golpes de pecho de los más exagerados se multiplicaron, contagiosos, comunicándose broncos como una conversación colectiva de tambores. Y por primera vez el coronel sonrió: ahora volvía a castigar, había que verlos, rendidos, y pensó en aquellas sutilezas que en los años de instrucción él aplicaba a sus soldados y que llamaba, casi paternalmente, sanciones por infracción del reglamento interno, pero que a ojos de los más sensatos eran auténticas putadas cuarteleras, heredadas desde la noche más remota de la milicia por todos los ejércitos del mundo. Obligaba a los reclutas a coser botones con alambre sobre papel periódico mojado, a trotar durante horas con los brazos en alto y pesadas piedras en cada una de las manos o a recoger agua en un recipiente agujereado. Obviamente , todos trazaban con las uñas el debe y el haber de sus esfuerzos en las hediondas paredes del calabozo. Mientras habla quiere desabotonarse el cuello de su bien almidonada camisa, liberarse del uniforme de gala y hablar a sus anchas con su ropa tropera, desprenderse de la comprometedora dignidad y rigidez de galones y condecoraciones, pero comprende que debe mantener la compostura, pues ésta no es una arenga sino el Sermón de las Siete Palabras, honor que hasta el ministro de guerra envidia.

Y ahí está él, dignificándose ante el Verbo con la anuencia de la clerecía y las preces fervientes de los fieles, sobre todo de las mujeres, contritas, incluida la hembrita Villamarín, que ante sus ojos súbitamente deja de ser el chocho loco que siempre ha sido para confundirse con la imagen dolorosa y triste de la Verónica. Y al lado opuesto de donde se encuentra la imagen de su colega el arcángel San Miguel ve la escultura marmórea de La Pietá y su voz vuelve a flaquear, se debilita, los recuerdos lo ahogan. ¿Cómo explicarle a esa anciana que el cadáver de su hijo ha sido declarado secreto militar por el propio ministro, y que por ser quien fue sus restos no se le pueden entregar a sus deudos? Y aunque él era uno de los pocos que conocían el lugar donde había sido sepultado el cuerpo del cura insurgente, por nada del mundo iba a violar la confianza de sus superiores. La mujer, con el cabello blanco y una dignidad y entereza sólo comprensibles a la luz de su origen aristocrático, se presentó en las instalaciones de la Quinta Brigada a reclamar el cuerpo de su hijo, tres días después de que los periódicos, la radio y la televisión divulgaron la noticia sobre su muerte en combate. Todos guardaron un cobarde silencio, amedrentados por la serenidad y firmeza de ánimo de la señora, aunque al final nadie escapó de la mirada de piedad y al mismo tiempo de desprecio con que cubrió su retirada. Y el coronel se felicita al comprobar que en los momentos más embarazosos no lo abandona su terminología castrense. Comenzaba a sentir escrúpulos y sabía que eso, en un militar, es el inicio de su decadencia. Se sentía mal al recordar que fue él quien, tras identificar personalmente el cadáver del sacerdote, puso un fusil M-1 calibre 30 en sus manos, hizo que se le tomaran varias fotografías y luego introdujo en el comunicado que el redactó un falso informe de balística según el cual ese fusil había sido disparado durante el combate. La mentira no podía ser más flagrante: el sacerdote murió, paradójicamente, en el momento en que se acercó a un soldado al que creía muerto para apropiarse de su fusil. Y el deseo de tener un arma le costó la vida. ¿Cuándo será liberado el secreto militar para poder informar a la opinión pública y a sus deudos el lugar donde se encuentra el cadáver del sacerdote? La incomodidad que tal pregunta le produce y el sereno dolor de la anciana lo sumergen en otra tanda de toses, que concita unánime y sonora respuesta entre sus oyentes. HIJO, HE AHÍ A TU MADRE. MADRE, HE AHÍ A TU HIJO.

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Volvió a hablar pausadamente, alguien osó mirarlo y el gesto se multiplicó en la audiencia. El incensario, como un péndulo en las manos de los niños acólitos derrama su esencia y el aroma se mezcla con la llama de los cirios y se conjuga con las palabras del coronel, que ya se adentra en los meandros de la Sexta Palabra. Después de varios días de búsqueda y gracias a las huellas que por doquier dejaron los subversivos en su fuga hubo por fin contacto visual. El grupo avanzaba a duras penas por una difícil cañada, en el terreno más abrupto de la cordillera. Desde lejos se veía lo debilitados que se encontraban, desasistidos por sus compañeros, sin duda extraviados. Si pese a las dificultades no se habían entregado era porque en el fondo alimentaban la ilusión de recibir apoyo de sus camaradas, pero éstos, según informaciones de inteligencia que puntualmente él recibía en la comandancia de la Brigada, se encontraban en el otro extremo de la región. El coronel ordenó acelerar la marcha al tiempo que informaba por radio a sus superiores para que un destacamento saliera al paso del grupo, en el caso de que sus hombres no lograsen alcanzarlo. También pidió apoyo aéreo y un par de horas después comprobó que el vuelo de los helicópteros dispersaba a los subversivos. A lo mejor ha sido un error, pues en el caso de disgregarse mis hombres tendrán que vérselas con ellos en diferentes frentes, tal vez en combate cuerpo a cuerpo. Y una duda lo asaltó de repente: ¿quién me garantiza que en ese grupo se encuentra la valiosa pieza que buscamos?

Alguien le había calentado las orejas al presidente y el viudo borracho ya había celebrado el éxito por anticipado. Si los subversivos vuelven a burlar la persecución o si, una vez haya habido contacto de fuego, el cura no aparece, el ridículo será mi recompensa y no quiero ir a parar con mis huesos a los remotos destacamentos del Amazonas, pensó contrito. Sus dudas tenían fundamento y por ello, a pesar de lo que afirmaban los informes de inteligencia, en el sentido de que el sacerdote se encontraba entre los subversivos, el coronel no estaba convencido del todo. Conocía muy bien al cura desde la época en que ambos trabajaban en un programa de ayuda a la comunidad y no podía entender cómo un hombre tan refinado y culto, acostumbrado a las comodidades y a un nivel de vida en cinco idiomas podía renunciar a esos fastos e irse a la selva, entre las alimañas y la inclemencia del clima, con el hambre y el paludismo a flor de piel. Pero la tarde del 7 de enero todas sus dudas se disiparon. Los vespertinos de la capital publicaron una Proclama Revolucionaria firmada por el cura, acompañada de una fotografía de pésima calidad, que los más escépticos decían era un burdo montaje del ejército. Fácil le resultó al coronel deducir por la Proclama que el hombre andaba en su territorio. A partir de ese instante dejó de lado todas sus labores y se centró en las pesquisas y la forma de atraparlo. Era el triunfo que necesitaba: no sólo se sacaba una espina por el desdén con que creía lo trataba el cura, sino, también, era la pieza que le faltaba para conseguir su consagración en el escalafón militar, algo enteco desde su participación en la guerra de Corea, exactamente quince años atrás. Pero la de Corea es una guerra que aún no ha terminado y, lo que es peor, parece haberse incrustado en su piel como una sanguijuela. ¿Por qué tenía que verse involucrado en los hechos más impopulares del país? El cura al que acababa de dar de baja, y de quien se había proclamado su amigo, era el más querido capellán de los estudiantes de la Universidad. Y esos estudiantes, que años atrás participaban en una manifestación pública que desfilaba por el centro de la ciudad, fueron atacados a tiros por un destacamento del ejército. Pero lo jodido es que ese destacamento estaba conformado por miembros del batallón que él había comandado en Corea. Incapaces de matar comunistas en Asia, sus hombres mataban estudiantes a su regreso al país, como él acababa de matar al más abnegado de sus capellanes. Nada es casual, pensó mientras descubría una cabrona chispa de burla en los ojos del general Bedoya. Por lo menos mis soldados aprendieron a disparar bien: mataron a trece estudiantes inermes que protestaban por la muerte de un compañero liquidado por el ejército el día anterior. Como quien dice, catorce muertos neutralizan la mala suerte que suele acarrear el número trece. TODO HA CONCLUIDO.

La tropa siguió fielmente las instrucciones que él daba desde la sede la Brigada y, al conocerse la identidad del guerrillero muerto, todo fue júbilo. Los soldados de la patrulla regresaron del monte con lágrimas a discreción, pero él nunca supo si eran de alegría o de tristeza, no todos los días un campesino enrolado a la fuerza se da el lujo de dar de baja al sacerdote más célebre del continente, tan joven como sus ejecutores, hermoso, inteligente y cuyo único crimen fue enfrentarse a las mismas jerarquías que secularmente han oprimido a sus semejantes a través del púlpito, el confesionario o los diezmos. Lo que sí está claro es que muchos soldados se emborracharon y él mismo no se sustrajo de una sensación obscena ante la alegría de ver al joven muerto. El general Bedoya miró el cadáver con odio y lo escupió, otro oficial susurró frases de resentimiento, pero lo más abominable fue la opinión de su paternal superior, el cardenal Concha, quien estuvo a punto de beatificar a sus asesinos. Nada tan cierto como el aura de gloria que durante los días siguientes rodeó al coronel, el hombre que liquidó al subversivo más buscado del país. Ante los hechos, ¿quién podía creer que él se consideraba amigo del muerto y que incluso ambos se habían esforzado en llevar a cabo algunos proyectos de asistencia social? ¿Cómo podía odiar él a un hombre únicamente porque se le había salido del redil a los curas? Él sólo pedía que se le diera crédito a su comportamiento en Corea, hazaña que especialistas e historiadores documentados y sensatos se empeñaban en negarle. Porque una cosa es ser héroe en el campo de batalla en las lejanas trincheras de Asia y otra ser héroe por matar a un cura en su misma tierra. Pero ése era su destino. Le colgaron medallas que lo incomodaban, su rostro se convirtió gracias a la televisión y los periódicos en el objetivo del desprecio de todos los jóvenes de este país, de los intelectuales y los artistas, de la gente decente para quien, en lugar de héroe, no era más que un asesino. Y encima lo honran con la cínica distinción de pronunciar la versión castrense de las Siete Palabras de Cristo en la cruz. ¿Por qué los curas se empeñan en inmiscuirme en asuntos tan incómodos?

Ahora siente sobre sí la mirada de los fieles, el general Bedoya lo escucha con los ojos, el obispo lo traspasa con sus gafas de miope, su mujer carraspea. El coronel detiene su discurso, se pone en posición de firmes, como en espera de una orden. Siempre las órdenes. El atento auditorio advirtió que entre Palabra y Palabra el coronel se toma un descanso. Entonces el órgano se hace oír en todo el templo, acompañado según las circunstancias de énfasis o sentido en el siguiente tenor: entre la Segunda y la Tercera se escuchaba el coro de la Cofradía, entre la Cuarta y la Quinta los baladros de los miembros de la Adoración Nocturna y, por último –y en esas andaba–, entre la Sexta y la Séptima, los gorjeos de las señoras de la Congregación Perpetua. La voz volvió a escucharse con excrecencias de nostalgia, y la nostalgia, ese querer cerrar los ojos, ese hundirse sin apelación en el pasado, le marcaba al orador un estigma en el rostro. Su rostro redondo, encendido, con los ojos diminutos perdidos en medio de esa carne rosada, como de culo de bebé, la papada ostensible ya y el rubio del cabello, que comenzaba a escasear, coronaban –como él ahora en el púlpito— un cuerpo pequeño, como forjado a punta de migajas y que tan crueles chistes había despertado desde sus primeros meses en la Academia Militar. Una mierdita rubicunda a la que sólo lograba dejar de lado su voz, ronca, altanera, virilmente soez, aclimatada en los patios más infectos de los cuarteles.

Y de pronto se sintió molesto con la labor que le impusieron. ¿Por qué los curas no se hacen cargo de sus propias arengas? ¿O por qué, en el más acertado de los casos, no echan mano de los oradores del Seminario Castrense, único convento para militares que funciona en el mundo? Allí reciben formación eclesiástica militares y excombatientes que quieren ser sacerdotes y luego ejercer como capellanes en las Fuerzas Armadas. Él no podía creer que en este país existiese un seminario exclusivo para militares, pero una mañana lo comprobó con sus propios ojos al acompañar al mayor Augusto Jota Aranda en una visita de rigor. En ese seminario conviven en el servicio al Señor quienes antes disparaban morteros y sembraban minas y ahora lucen sotana, cantan el Padre Nuestro en latín, estudian Teología, Filosofía y una cosa llamada Ética Militar. Pensó que el Seminario Castrense era una broma más del mayor Aranda, siempre tan díscolo y burlón, tan divertidamente cabrón, pero su sonrisa de escepticismo se borró cuando comprobó que esos seminaristas y curas militares llaman hermanos a quienes ellos, los troperos, no rebajan de alzados, asesinos y chusmeros. ¿Dónde se ha visto que un grupo de curtidos oficiales hablen quedito, caminen como modelos en la pasarela, esnifen incienso y además se reúnan para rezar El Laudes, Las Vísperas y Las Completas? Dios mío, se dijo, ¿qué hacen estos machos ocultando la ropa de camuflado bajo la sotana o el alba? ¿Quién dijo que lucir la estola era para un militar más digno que exhibir el uniforme de gala y las insignias?

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Y he aquí que el coronel alza otra vez la voz pero ahora nadie de los de abajo reacciona, y él se enfurece y grita más alto, en vano, nadie lo escucha. Su lengua se le ha entumecido de pronto y se vuelve una bola grande inmensa como el abortado grito, y crece como una alfombra que se desenrolla en silencio sobre el sucio suelo del prójimo. Y la feligresía, abajo, con sus ojos atentos, fijos en esa boca que se abre y nada dice, espera. La mirada acompaña al gesto que, inquieto, oscila de un lado hacia el otro, como al comienzo, hasta que él advierte que la turbación de los fieles no es más que el reflejo de la suya propia, mero gesticulador que no alcanza a transmitir el sentido de su pantomima, con la luz de los cirios quemándole las pupilas como sus hombres les quemaban a sus prisioneros sus partes más sensibles para que hablaran, para que confesaran, para que delataran el paradero de sus compañeros, inútilmente, por supuesto.

Desde el Altar Mayor el Señor parece hacerle señas y el orador quiere hablar sobre su agonía redentora pero no puede. Y entonces lo comprende todo. Con los brazos laxos, pegados al cuerpo, los ojos abiertos y la barba endurecida en greñas por la sangre del rostro, desde el otro lado de la muerte el sacerdote parecía mirarlo cuando él se inclinó para identificarlo. En su costado izquierdo vio la huella de la bala que lo había matado. En ese momento, en el espacio huérfano que dejó su fugitiva voz, se oye la campanilla, no la de los monaguillos sino la del obispo, que se ha levantado y frente al púlpito la hace sonar con fuerza, con vehemencia, para que prosiguiera con el sermón, para que terminara de una vez por todas, para que fustigara a los presentes con sus conclusiones. Pero nada. El ánimo se le insubordinó, la voz le desobedece, las ideas desertan. Y él que creía que impotencia era lo que experimentaba ante los reclamos de una mujer desnuda, confirma lo que es estar solo, inerme, a merced del enemigo. EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU. Pero aún así cree que todo aquello no es más que un chiste sin misericordia y esa fuerza inclemente que obstruye su seca garganta, la bola de su lengua, sus labios morados, ateridos, no le dan permiso, y entonces, mientras las gentes, inquietas, cambian miradas entre sí y luego, después de observarlo con indisimulada lástima comienzan a abandonar el templo, el general Bedoya, con el odio en la retina, y la hembrita Villamarín y su machucante y su mujer con un mohín de burla, y uno a uno, todos, se dan la vuelta en el atrio para el adiós del escarnio, el coronel descubre, allá arriba, en la soledad del púlpito, que la única palabra que debe pronunciar es la última, es verdad, pero que antes, para poder pronunciarla y terminar con cierta dignidad este asunto, es necesario gritar con todas sus fuerzas la primera, y sólo la primera…

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