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En efecto, el neoyorquino escribió esta canción en febrero de 1964, inspirado por el asesinato de John F. Kennedy, ocurrido en noviembre del año anterior, para intentar plasmar la sensación de gran desaliento y falta de sentido que invadió a toda la nación tras el magnicidio. Al principio la canción, que era acústica, no tuvo la menor resonancia y, de hecho, tras haberla grabado junto a su amigo de infancia Art Garfunkel y tener una de sus muchas rupturas como dúo, Simon se había establecido en Londres, ya casi olvidaba el álbum al que pertenecía: «Wednesday Morning, 3 A.M.» y estaba trabajando en otro proyecto.
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Pero quizá debido a que el sonido folk-rock estaba cobrando un gran auge, pues Bob Dylan adoptó ese año la guitarra eléctrica y The Byrds comenzaban a tener una gran acogida, Tom Wilson, productor del álbum, se sintió autorizado para retocar el tema original y añadirle batería, bajo y guitarra eléctrica, gracias a lo cual llegó al número uno de las listas de Estados Unidos el día de Año Nuevo de 1966.
Fue el trampolín perfecto que estaba necesitando este dúo, cuya carrera comenzó bajo el nombre de Tom y Jerry, pero pasó a ser legendariamente famoso como Simon y Garfunkel. Además, la canción cobró una enorme popularidad por ser parte de la banda sonora de «El graduado» (1968), una película fundamental de aquella década prodigiosa, que lanzó al estrellato tanto a Dustin Hoffman como al dueto, que compuso varias canciones para el filme incluyendo la memorable «Mrs. Robinson». El tema también aparece en «Perdidos en la noche» (1969) y «Watchmen» (2009), dos películas fascinantes; además le rinden homenaje en un capítulo de Los Simpson titulado «El amante de Lady Bouvier» (1994) y se han hecho muchas versiones, incluyendo algunas en español, como la de José Feliciano y Sergio Denis.
Es una canción sobrecogedora, extraña, sugestiva y muy hermosa que conozco desde niño y sin la cual no puedo concebir la existencia. Como dato curioso, fue grabada por primera vez exactamente el día de mi primer cumpleaños: 19 de octubre de 1964. No es la primera vez que la traduzco, y aunque el resultado dista mucho de ser perfecto, quise hacerlo a mi manera, con mis palabras, respetando el espíritu original.
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“Los sonidos del silencio” habrá sido analizada ya millones de veces e incluso ha sido adoptada como un himno religioso para cantar en la iglesia. Sin duda es una canción de protesta que te invita a pensar por ti mismo y darte cuenta de que hay gente que habla por hablar y jamás escucha. También noto una curiosa advertencia contra las luces de neón, que ejemplifican la frivolidad de la vida moderna en contraposición a los profetas, que antaño señalaban un mensaje importante para la humanidad, pero cuya sabiduría se pierde en un mundo donde cualquiera puede escribir su verdad en las paredes del subterráneo.
Y, por supuesto, la paradoja de escuchar los “sonidos del silencio” me hace pensar en los discursos grandilocuentes y vacíos (como el que tenía el vicepresidente Lyndon B. Johnson en el bolsillo cuando asumió el lugar de Kennedy, cuyo cadáver aún estaba tibio, en el avión presidencial).
Hola oscuridad, mi vieja amiga
He venido a hablar contigo de nuevo
Porque una visión que se arrastró suavemente
Dejó sus semillas mientras yo dormía
Y quedó plantada en mi cerebro
Permaneciendo
Con los sonidos del silencio.
En inquietos sueños yo caminaba solo
Por angostas calles de piedra
Bajo la luz de un poste
Volví mi cabeza hacia el frío y la humedad
Cuando mis ojos fueron apuñalados por el destello de una luz de neón
Que rompió la noche
Y tocó el sonido del silencio.
Y en la desnuda luz yo vi
A diez mil personas, tal vez más
Gente que parloteaba sin hablar
Gente que oía sin escuchar
Gente escribiendo canciones que las voces nunca comparten
Nadie se atrevió a
Perturbar los sonidos del silencio.
“Tontos”, dije yo, “no saben
Que el silencio crece como un cáncer.
Escuchen las palabras que intento enseñarles
Tomen mis brazos con los que trato de alcanzarlos”,
Pero mis palabras cayeron como silenciosas gotas de lluvia
Y su eco rebotó en un pozo de silencio.
Y las personas se arrodillaron a rezar
Al dios de neón que habían creado
Entonces la señal destelló una advertencia
Formando las siguientes palabras
Que decían: “Las palabras de los profetas
Están escritas en las paredes del subterráneo
Y en los muros de las casas
Y susurran en los sonidos del silencio”.