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Es muy sensible a los arrebatos del viento, a los pianistas infames, a la sal del mar y pareciera que a cien cosas más. Adonde llega salen como unas ocho personas a recibirlo, lo cargan y abrigan en mantas de algodón. A veces exige aire acondicionado; podría darse el lujo de pedir que lo abanicaran manualmente. Siempre hay un carro especial sólo para él, esperándolo a la salida de cada aeropuerto, que comparte con tres guardaespaldas, mínimo, y Pedro Luis, la sombra que lo acompaña para atender lo que demande en todo momento. Los pone a correr a todos. Incluso ha preocupado a artistas de la talla de las hermanas Labèque (Katia y Marielle). Que si llega, que si no, que mejor venga a la plaza de San Pedro… que mejor no tocamos porque tanta exposición lo puede indisponer… Se sabe muy sensible y se hace esperar por los mejores, que siempre quieren trabajar con él. No es que sea una engreída estrella, sólo un consentido un tanto delicado. No lo odie. Hay que escucharlo para empezar a amarlo. El consentido Steinway & Sons es el piano de cola del gran concierto, construido y comprado en Nueva York en 1998. Lo compró Jorge Marín, de la Fundación Marín Vieco, aconsejado por la pianista Blanca Uribe.
Como en la llegada de los artistas, en la de instrumentos como el Steinway hay un buen despliegue logístico y de seguridad, sólo que sin tantas cámaras testificando. La rutilante aunque anónima estrella salió de Medellín el 30 de diciembre a las 11:00 a.m. y llegó a Cartagena el 31 por la noche. Asiste todo el año a eventos por todo el país. Pesa 600 kilos y Pedro Luis Figueroa es el luthier que siempre viaja con él. Se ha presentado en sitios como la plaza de San Pedro, el teatro Adolfo Mejía, hotel Santa Clara. Llega con ocho pianos más.
Además de los pianos, los instrumentos que requieren mayor cuidado por su riesgo de daño son los chelos, los contrabajos, las arpas; todos los que tienen membranas (parches), como timbales sinfónicos, baterías, e instrumentos “raros” o no muy conocidos por quienes los transportan en Colombia, entre éstos el udú (percusión brasileña), que trajeron en 2012, o los pandeiros, violas de gamba y guitarras especiales, como las traídas para el festival dedicado al Barroco, del año pasado, según la lista de Óscar Acuña, el jefe de Transporte de Instrumentos del Festival.
Desde hace 15 años Acuña se dedica a este tan específico oficio al servicio de diferentes eventos. En casa no se le rompe una matera, “más bien reparo las de mi mamá”, dice. Y sí, hasta ahora nunca le ha pasado nada que le haga doler tanto la cabeza hasta quitarle el sueño; sin embargo, todos los días algo puede pasar. Los verdugos de su trabajo cotidiano son tanto el calor, que expande las maderas y los metales de los instrumentos, como el frío, que los contrae y que en los pianos afecta la afinación, además del riesgo de que se rompa la cuerda de un arpa, porque aunque hay cuerdas de repuesto, poner a un luthier a cambiarla es perder tiempo valioso; un pequeño golpe en un contrabajo puede abrirlo todo, por ser muy grande y con láminas de madera delgadas —por eso a veces un camión lleva un solo contrabajo—; que se rompa un parche de un bombo sinfónico, porque por lo general son importados y los repuestos nacionales no siempre son fáciles de conseguir.
Tres camiones de hasta 3,5 toneladas, unas nueve personas —incluido Acuña— están al servicio de los instrumentos, de 7:00 a.m. a 2:30 a.m., todos los días del Festival y toda clase de ideas que surgen año tras año, para evitar contratiempos como aprovisionarse de 200 bandas de caucho y 400 pinzas de ropa para sostener partituras, así como fundas de arena de la playa de un color que las camufla para sostener los atriles, entre otras.
Transportar un piano, así como tocarlo, es una cuestión de conjunción armónica de fuerza y delicadeza. Piano, piano con el piano, forte, piano, ¡pianissimo! que si se rompe no hay quien lo pague.
Al Steinway han tenido que moverlo hasta cuatro veces en un mismo día, y subirlo cuatro pisos; sin embargo, el “coco” de este año fue mover otro piano, no tan pesado como el Steinway, pero de unos nada despreciables 350 kilos, de media cola, que debían subir ocho personas por la rampa peatonal del Castillo de San Felipe para el concierto, el jueves 9 por la noche. Todo salió bien y como no les gusta hacerse a problemas o no les espanta, ahora están pensando en llevar el exclusivo Steinway a un sitio como el Palenque de San Basilio, donde lo esperan un artista agradecido y un público maravillado, bajo unos 37 grados de temperatura a la sombra, que puede alcanzar en el día.