Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Guillermo Rubalcaba descifró los secretos del piano durante sus años como afinador. En ese tiempo comprendió que por más de que se parecieran entre sí y que todos, unos más que otros, fueran muebles inmensos y estorbosos, sus personalidades podrían ser diametralmente opuestas. Por eso el procedimiento nunca podía ser el mismo. Algunas veces había que acercarse utilizando palabras dulces, en otras ocasiones era indispensable el uso del tacto para romper el hielo, mientras que la exigencia con los más quisquillosos requería de una estrategia en la que se conjugaban la experiencia del técnico y la sensibilidad del artista.
Y Guillermo Rubalcaba tenía los dos saberes. Por un lado, conocía la letra menuda de la música gracias a su padre, un reconocido artista que por décadas se desempeñó como director de la banda de su natal Pinar del Río, provincia de La Habana, y por otro, y por pura intuición, sabía cómo había que comportarse enfrente del instrumento para crear una relación perfecta y de mutua conveniencia.
“En el año de la revolución, 1959, yo llegué a La Habana y ahí seguí ganándome la vida como afinador de pianos. Gracias a esa experiencia me contrataron en varios clubes musicales y me conocieron las orquestas de Enrique Jorrín y también toqué con Juan Formell, el creador de Los Van Van”, comenta Rubalcaba, para quien es suficiente una sola pregunta para contar en detalle lo que ha sido su vida y con ella parte de la historia de la música cubana en los últimos 85 años. “Es que ya casi tengo un siglo de memoria y eso hace que se me olviden algunas cosas”, dice de manera enfática.
Paralelo a su formación como afinador de pianos, Guillermo Rubalcaba interpretaba el saxofón en la banda de Pinar del Río y gracias a ese instrumento de viento comprendió que lo que más le gustaba de la música era el poder para motivar encuentros entre los seres humanos. Como saxofonista y como pianista llegó a acompañar a muchos artistas como Omara Portuondo y Elena Burke. Incluso puede decir que una de sus primeras giras internacionales fue a Cartagena y Barranquilla, en 1994.
Enrique Jorrín, el creador del chachachá , fue uno de sus grandes maestros y con él trabajó varios años, hasta que en 1973 lo nombraron director de la Charanga Típica de Concierto, institución de la que aún figura como principal cabeza y con la que ha logrado un posicionamiento importante para la música tradicional de su país.
“Con la Orquesta Típica de Concierto yo tocaba muchos bailes en La Habana y en toda la isla. Lo más lindo era que cuando nos veían llegar, la gente sin dudar decía: ‘Ahí llegó la Orquesta de Rubalcaba’ y el ministerio, para evitarse tanta complicación, resolvió rebautizar la agrupación y hasta hoy se conoce como la Orquesta Típica de Rubalcaba o la Charanga de Rubalcaba”, comenta el pianista, cuya máxima influencia siempre ha sido el sonido de la agrupación de Antonio Arcaño y sus Maravillas.
Además de ser el responsable de la Orquesta Típica, el pianista también ha figurado en la Afrocuban All Stars de Juan de Marcos, la primera semilla del proyecto que generó el Buena Vista Social Club, y fue la mano derecha del cantaor El Cigala durante la realización de su disco Lágrimas negras. Con él se presentó hace un par de años en Colombia.
Lo que más le gusta de lo que denomina “esa música moderna”, es lo que hace su hijo, el también pianista Gonzalo Rubalcaba, descubierto en un local de La Habana por el gran Dizzy Gillespie y que hoy es gran figura del género de las síncopas. Le sigue los pasos a su padre y cuando está de visita en la isla le gusta practicar en el viejo mueble en el que Guillermo Rubalcaba aprendió tanto a tocarlo como a afinarlo.