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Tan monje y tan vagabundo

A esta hora, en miles de ciudades, otros miles, esta vez de lectores, blanden en el aire las tonadas de una canción y el manojo de billetes que les dejó el pago de una apuesta.

02 de junio de 2011 – 04:57 p. m.

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Se lo merecen; han perdido dinero cada año apostándole al Nobel de Literatura para Dylan. Para un cantante. Y nada. Los suecos no quieren ver; son los peores ciegos. Los españoles, en cambio, sí vieron. Y cómo no hacerlo, si desde su primera publicación, el poemario Let us compare mythologies, a sus 21 años, Leonard Cohen no ha parado un solo instante de producir arte. El año pasado lanzó su decimoséptimo disco; en 2006 su libro Book of longing alcanzó el primer lugar en ventas en Canadá. Y es que Cohen no descansó siquiera durante su retiro espiritual. “El Silencioso”, lo llamaban. Por supuesto: estaba demasiado ocupado componiendo poesía para hablar.

Cohen nació en 1934, en Montreal, en el seno de una familia judía. No, no es una frase de manual, sino el preludio más obvio para esto: Iba caminando por el puerto esta noche/ buscando una cama de agua de 25 centavos/ pero dormiré esta noche/ con tus ligas enroscadas en mis zapatos/ con tu virginidad gobernando/ los cementerios de condones como una segunda oportunidad/ y besaré de nuevo la vertiente de un seno/ un pequeño pezón sobre mí/ como una puesta de sol. Si una vez a Cohen le importó un seno, no fue el del judaísmo. Ni el de las buenas maneras. Ni cualquier otro que lo alejara de su vida vagabunda. Porque Cohen es, ante todo, un poeta, y a los poetas no puede limitárselos. Así, será lo mismo escribir sus Flores para Hitler, confesarle a su esposa que es una vieja sin belleza, o escribir una canción a Dios para gritarle: Hago esta canción para ti/ Señor del Mundo/ que lo tienes todo/ menos esta canción.

Es difícil saber si Cohen en verdad canta sus canciones, o acaso las recita. Pero esa duda, claro, es un error. Cohen canta poesía. Por eso los españoles lo vieron. Vieron al viejo monje y vagabundo, habrán pensado ¡joder!, ¿qué coño es todo esto?, y supieron que era tiempo de revertir el orden de las cosas. Hoy Leonard Cohen se alza con un merecido premio Príncipe de Asturias de las Letras.

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