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He seguido la obra acuciosa y seria de la artista, docente e investigadora Rosario López desde que finalizaba sus estudios de arte en la Universidad de los Andes, en los años 90. Lo que me acerca a su trabajo es su proximidad con el paisaje, su preocupación por lo ambiental y su exploración en torno a la escultura contemporánea. Su trabajo con el material, junto con su facilidad para hallar las conexiones entre el dibujo, la escultura y la fotografía, le ayudan a consolidar su búsqueda y afianzar su mirada en torno al paisaje, la cual se traduce en imágenes poéticas y potentes. Además, siempre me ha llamado la atención su perfil discreto en tiempos del espectáculo.
Ha sido reconocida en varios certámenes, como la VII Bienal de Arte de Bogotá. Recibió el premio con las fotografías “Esquinas gordas” en el 2000 y representó a Colombia con su proyecto “Abismo” en la Bienal de Venecia del 2007. El año pasado ganó la Beca de Creación para artistas con trayectoria del Ministerio de Cultura, que tuvo como resultado Tapizar el paisaje, una exposición que se presenta en el Museo de Arte de Pereira, hibrida y da nuevas rutas al maravilloso tapiz del Apocalipsis, del siglo XVI, con una salida de campo y la exploración del paisaje de Santander. El tapiz se encuentra en el castillo de Angers, en Francia, que la artista toma como uno de sus referentes. La iconografía medieval que se encuentra en el tapiz es descrita por san Juan en el Libro de las Revelaciones del Nuevo Testamento. En los 104 metros de largo por 6 metros de alto se narran los diferentes versículos que dan cuenta de las visiones, las catástrofes producidas por la naturaleza, las batallas con lo maligno, el juicio y la restauración de la tierra.
¿Qué tiene que ver el tapiz del Apocalipsis con el territorio santandereano?
La primera conexión con el territorio de Santander es la que se encuentra en el exuberante páramo de Santurbán, lugar en el que se hallan un gran ecosistema, nueve lagunas, fauna y flora exuberantes y una belleza pródiga. Cualquier ser alienígeno que viniese a nuestro planeta diría que estamos locos al tocar una milésima de su tierra. Al respecto de la conexión entre el tapiz y el páramo, la artista comenta: “En el páramo de Santurbán se encuentran frailejones con rocas de origen volcánico. El paisaje se extiende como una amplia línea de horizonte que fractura la imagen en dos partes: lo pesado o terreno versus lo liviano o etéreo. Este contraste también se percibe en el tapiz del Apocalipsis, aunque allí nos habla de un movimiento convulsivo; la imagen del páramo, de una sospechosa quietud”.
El páramo de Santurbán fue delimitado recientemente por el Estado para la explotación minera, sin embargo, hoy se habla de una modificación para la extracción. Aunque este tipo de lugares se encuentran protegidos por la Constitución de 1991, no dejan de ser un fortín para las empresas mineras, pues allí se encuentran los tan venerados metales del oro y la plata. El páramo de Santurbán es un ecosistema extremadamente rico, tanto en agua como en nueve millones de onzas de oro. Esa es la principal problemática.
La artista toma del tapiz de Angers varios puntos para su reflexión: el primero es la percepción de los detalles y la conexión con similitudes del paisaje de Santander. La temática del apocalipsis y el significado cotidiano que le damos nos remite a una catástrofe, al fin de los tiempos. Basta observar en Colombia el crimen ambiental contra el río Cauca, la introducción en el país del fracking para la extracción del petróleo, el regreso a los circos romanos con las corridas de toros, la codicia del oro sin importar la contaminación del agua, la muerte de tantos líderes sociales y de policías. Ante nosotros se yergue la “bestia” del apocalipsis, que ya no es el dragón de siete cabezas que reina, sino la ambición y la maldad de algunos.
En su exploración por Santander, López también encontró en la población de Suaita, la fábrica de textiles de San José, de 1921. Allí hubo un complejo industrial de hilados que ahora está en ruinas. Tan solo quedan vestigios y una puerta que señala que allí hubo prosperidad. En este punto es importante resaltar que López se interesa en los procesos artesanales, que son una constante en su obra. Particularmente, en esta instalación, en los tejidos, a los cuales les dará un tratamiento escultórico y no bidimensional.
Igualmente, Tapizar el paisaje nos lleva a repasar las acciones de remendar, coser, cubrir, revestir una superficie. Aunque metafóricamente podríamos pensar que la flora tapiza el campo, no deja de ser un verbo que se asocia con lo artificial, va en contravía de la naturaleza. ¿Qué es lo que tapiza la artista? Rosario López encontró una similitud entre los tapices y las cobijas propias de nuestro territorio. Formalmente podrían ser tapices populares que fue consiguiendo con los transportadores de camiones, los cuales utilizan para realizar trasteos. Algunos presentan imágenes de animales, otros son muy geométricos y, como si fuera un rito reparador para la naturaleza, la artista los remienda, reconstruye lo que se ha roto. Además borda el paisaje herido: pasa la aguja con hilos de plata y dibuja una cartografía del departamento de Santander en las mantas y trata de regenerarlo de manera simbólica. Es decir, se puede pensar en un culto para que vuelvan el agua, los peces al río, los frailejones al páramo y los seres humanos.
López es ayudada por un grupo de sus estudiantes de la Universidad Nacional. Las cobijas son tratadas en términos de volumen y relieve. Entre todos dibujan, cosen, piensan y realizan el símil de una Colombia herida, y con su gesto renovador se revela la esperanza de restaurar nuestro entorno natural. Es el comienzo de la utopía, pues quedan las cicatrices. Solo falta ver que una capa vegetal puede tomar diez años parar recuperarse. Así, la instalación que observamos comprende fotografías, detalles y comparaciones del paisaje santandereano y el tapiz de Angers, que nos hacen pensar que el Apocalipsis ya llegó.