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Nada va a morir. En el último sueño que tuvo Joseph Merrick aparece, entre una niebla láctea, la imagen de su mamá, Mary Jane. Entre más se acerca la figura, se escucha su voz: “nada va a morir”. Merrick sostiene la mirada en el rostro de su madre, entiende sus palabras y uno puede adivinar lo que siente el hombre: la fatiga del dolor, el tedio de sobrevivir llevando una máscara puesta, el cansancio de tener que demostrar siempre, a cada instante, que es un ser humano. Y, después de eso, en medio del sueño, Merrick muere. Al final muere.
El hombre elefante (1980), dirigida por David Lynch, es la historia de Joseph Merrick (llamado John Merrick en la película), un hombre deforme que vivió en Londres durante el siglo XIX. La película es un retrato a blanco y negro sobre un hombre que fue encontrado por un médico en un circo y que durante toda su vida fue rechazado por la enfermedad que sufría desde bebé. La cinta fue un éxito comercial y la crítica la alabó por el tratamiento de la historia de Merrick. Lynch logró mostrar su visión de la sociedad de esa época y también dar al público un contexto histórico y social donde se sitúa la historia (Londres victoriano, revolución industrial). Lo hace de manera sutil, sin exagerar en sus formas. Le hizo justicia al protagonista al respetar su personalidad y demostró que en realidad John no fue el monstruo, sino la sociedad que lo humilló y torturó durante toda su vida.
El hombre elefante, dirigida por David Lynch y estrenada en 1980.
La cinta de Lynch es uno de los grandes clásicos del cine que presentan a su protagonista como un monstruo. Sin embargo, los monstruos en el cine existen casi desde su creación. En 1932, el estadounidense Tod Browning dirigió la película Freaks, un elenco sacado de un circo entre el que había enanos, mujeres barbudas y deformes. Al mismo tiempo, Universal estrenaba adaptaciones de relatos y novelas como Drácula, Frankestein o el Moderno Prometeo, o las historias sobre hombres lobos.
El objetivo de estas últimas producciones era causar terror, que el espectador se sintiera identificado con los protagonistas que debían hacer frente al horror y vencer a oscuros y salvajes monstruos, antítesis de todos los valores civilizados. En la misma tanda, Freaks planteaba la duda sobre lo que era realmente un monstruo. ¿Se trata de criaturas con características distintas a la mayoría de la población? La película de Browning respondió que no, que las deformidades o las diferencias físicas no tendrían por qué generar rechazo; pero lo que sí debería asustarnos es el interior de las personas que parecen más “normales”.
Freaks estrenada 1932.
“Los monstruos en el cine representan dos polos: la curiosidad y el miedo. La pregunta que se genera alrededor de ellos es: ¿Cómo es ese mundo distinto? Cómo la gente normal resulta siendo mucho peor que los supuestos monstruos. “En el cine se ha utilizado la idea de lo monstruoso para mostrar lo relativa que puede ser la realidad”, dice Manuel Kalmanovitz, crítico de cine de la revista Semana.
Por ejemplo, cuando Coppola trató de dar una nueva perspectiva del mito de Drácula con la película que dirigió en 1992, se encontró con que su obra no tenía nada que ver con la del libro. Logró una humanización absoluta del monstruo: el espectador pasó a identificarse con él, con su drama amoroso y con su turbulenta y sufrida existencia a lo largo de los siglos. Después le llegaría el turno al Frankenstein de Kenneth Brannagh. En este caso, el director buscó ser lo más fiel posible a una novela que, ya de por sí, humanizaba a la criatura, convirtiéndola en un ser ingenuo y tierno, víctima del acoso y la incomprensión de los demás al verle diferente y creerle un monstruo.
Desde entonces, esta senda ha ido ganando cada vez más y más adeptos. Por supuesto, no se han abandonado las películas de terror en las que los monstruos son seres siniestros a los que hay que abatir y cuya única misión parece ser la de asesinar a los protagonistas. Pero lo cierto es que las películas en las que el monstruo adquiere una dimensión psicológica más compleja y, de hecho, pasa de ser el villano de la función al bueno de la misma, son cada vez más abundantes.
“Lo interesante es cuando la monstruosidad no es visible, por ejemplo la moral, la actitud, las acciones. Mientras que los monstruos, que de apariencia son fenómenos, parecen tener un montón de atributos que jamás se les atribuirían; los otros personajes de las películas son mucho más siniestros y malvados. Ese es el objetivo del monstruo: retar la idea de transparencia. De que somos todo lo que parecemos”, opina Kalmanovitz.
De ahí se desprende la idea de que el monstruo debe ser inadaptado, se refugia en la sombra y en la penumbra para tejer relatos libres, es experimental y sociópata. Cuando es quien pueden llevarnos a la mitología para definir el pilar de las metamorfosis; se regenera y puede ser un personaje más creativo, más intenso, porque no tiene que cumplir el margen de la realidad. Revela la belleza a través de la imperfección, como Eduardo Manostijeras.
“Todos somos monstruos, por eso queremos destruir a ese monstruo que sí podemos ver. En estos momentos (a diferencia de la industria de súper héroes) hay un gran interés por el realismo y hay cosas que el realismo no alcanza a entender, ni a representar. Ahí está la importancia del cine fantástico: que logra, a través de mecanismos psicológicos e internos, establecer metáforas sociales poderosas. Puede exteriorizar un tipo de sentimientos mediante estas figuras”.
Este año, la película más nominada a los premios Óscar (13 nominaciones) es protagonizada por un monstruo. La forma del agua, dirigida por Guillermo del Toro, quien hizo la película porque “quería crear una historia bella y elegante sobre la esperanza y la redención como antídoto contra el cinismo de nuestros tiempos… Para mí, este es un momento en que Estados Unidos se detuvo: es una época de racismo, de desigualdad, de personas pensando en el borde de la guerra nuclear. Entonces, de alguna manera, es un momento horrible para el amor, pero el amor sucede”, dijo para Los Ángeles Times.
La forma del agua, de Guillermo del Toro.
Lo más importante de esta cinta es la idea del otro, del diferente, de la minoría. Del Toro puso a los héroes: una muda, una negra, un gay y un fenómeno, a replantearnos la idea del amor, de la salvación, de curar el dolor a través de la diferencia: el otro puede salvarme porque es distinto a mí. Héroes que no son héroes: no es una apología a la victoria. Ese es el gran replanteamiento de esta película.
Sin embargo, según Kalmanovitz, el gran error de la cinta de Del Toro tiene que ver con haber focalizado la maldad en un solo personaje: “El monstruo en esta película es casi normalizado. Esta película no contiene el linchamiento directo hacia lo diferente que representa la criatura, la gente del común lo abraza y lo entiende, pero la vida no es así: la gente del común sería la que lo mataría y lo entregaría a las autoridades. Tiene un optimismo cuestionable, es imposible creer que el malo es solo uno y el resto, son todas almas bondadosas. Pareciera que a Del Toro le gustaría que la gente fuera mejor de lo que es y resulta que no”.
A lo largo de la historia del cine estas criaturas han servido para darles cuerpo a tensiones humanas pero no reconocidas: la envidia, el horror, lo feo, lo hermoso.
Esta 4 marzo descubriremos si la Academia premiará la idea fantástica de representar a través de algo imaginado las más recónditas pulsiones humanas.