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“¡Mi sueño es poder comunicarme!”. Con este llamado estalló el lanzamiento del segundo disco de la banda bogotana Los Niños Telepáticos, en Latino Power. La noche del viernes 26 de abril, entre una estampida de sonidos, ardió Chapinero. Poderosos, le hicieron honor al título del álbum: Estallados. Un derroche de energía. Los músicos atraparon a un público efervescente y receptivo. Sonrisas amplias y emoción genuina. Los Niños Telepáticos, acompañados por Andrés Guerrero y Las Luces, el proyecto de N. Hardem y Las Hermanas, Rhodesia y Los Yoryis, “le volaron la cabeza a más de uno”, comentaron los asistentes al salir.
La noche arrancó temprano. Sobre las 9:30 p.m., la fila de Latino Power ya cogía la calle 58 hacia la Caracas y doblaba hacia el norte. Familiares, amigos, fans acérrimos que bravearon la dureza de esa hora en Chapinero, o simples curiosos, entre los 18 y los setenta años (algo poco usual para la zona). La gente no paraba de llegar. Alineados y expectantes: “Nunca había visto esto así de lleno”; “hacía años que no había tanta gente acá”, decían afuera para el deleite de los dueños de la tienda de en frente.
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El concierto comenzó con Andrés Guerrero y Las Luces, que encendieron la noche con un rock en español frentero y honesto como pocos, una nostalgia fresca y un sonido contundente. Conectaron de inmediato con el público, que rápidamente estaba coreando sus canciones: “Hacia adelante, siempre voy a salir ileso”. Fue un concierto luminoso y se siente la búsqueda de Guerrero (guitarra, teclados, voz y composición), quien luego de un largo viaje de exploración musical y personal llegó con el anhelo de crear un espectáculo explosivo, donde su música sonara mucho más poderosa. Reunió a varios músicos, que fueron parte de su historia y se consolidaron en Las Luces: Camilo Portilla (bajo), Gabriela Ponce (coros), Carlos Posada (teclados), Juan Arias (batería), Manuela Saavedra (visuales) y Camilo Manchego (ingeniería de sonido). Desde la puesta en escena hasta las letras claras y contagiosas: “Nada nos falta, solo salir del cuerpo”, todo se sintió genuino, y el público aplaudió, agradecido y presente.
Luego cambió el escenario y aparecieron Las Hermanas (Diego Cuéllar) y N. Hardem, a presentar su proyecto en conjunto: Rhodesia. Capas de sonidos, superpuestas entre beats y letras precisas y cortantes. “No pienso volver a correr, no voy a volver a morder el polvo, no pienso volver a caer, míranos brillar desde el fondo”, coreaba el público con Hardem sobre las mezclas de Las Hermanas. Para Hardem, lo que los mueve son las ganas de hacer, la búsqueda, la curiosidad, y se siente. Sobre su proyecto solo, que existe hace unos nueve años, afirma que “son lenguajes distintos”, “Hardem solo es más tranquilo, más introspectivo”, juega con códigos de rap y referencias artísticas y “es más fiel al canon del hip hop como lo interpreto, más cercano al soul, a las músicas negras en general, al folclor”.
Cuando se subieron Los Niños Telepáticos, Latino estaba hasta el tope. “Agotado”. Se habían acabado las boletas. No cabía un alma. Sonidos de un móvil infantil, para anunciar su presencia, silencio y una descarga de energía que capitalizó la conexión creada por las dos primeras bandas. “¡Mi sueño es poder comunicarme, los promotores no van a escucharme!”, lanzaron, entre gritos del público que sintió lo que venía: una hora intensa con la plena claridad de estar vivos.
Después del estreno de “Rockal”, tocaron casi todo el repertorio del segundo disco. En medio de este: “¡Mándennos una telepática!”, gritó alguien. Se pusieron sus gorros de aluminio y gafas de sol, y las pantallas se encendieron con un TAC cerebral multicolor explosivo, entre flashes rojos y algo que podían ser radiaciones, o un firmamento. Venía “Estallados”. Algunos se volteaban, comentaban “¡Está tremendo, los visuales están increíbles!”.
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Ya eran las dos de la mañana cuando los invitados subieron a la tarima para acompañarlos a tocar las canciones del primer disco: Andrés Guerrero subió para tocar “Almafuerte”, el himno de Los Telepáticos. Un dúo de guitarras épico entre él y Antonio Cortés mientras Nicolás Mejía alentaba al público, y Camilo Bartelsman y Nicolás Gámez mantenían el tempo sin dudar un segundo: “Almafuerte, almafuerte, ¡Vamos almas fuertes!”. Luego, un final apoteósico con el dúo trompeta-saxofón (Antonio Cortés-Diego Rozo) que estremeció todo Latino: “Cierra tu Facebook, ven a bailar…”. Santiago Martínez, en el sintetizador, elevó el conjunto con texturas constantes. Se subió Hardem y voló una vez más con un llamado contundente: “¡Para los pájaros, Los Telepáticos! Pájaros, ¡Los Telepáticos!”. Una presencia escénica impresionante.
Hace cinco años que Los Niños Telepáticos —Antonio Cortés (trompeta, guitarra y voz), Nicolás Mejía (guitarra, voz y letras), Édgar Marún (bajo) y Martín Sánchez (visuales)— tocan juntos. El viernes, y desde hace algunos meses, Nicolás Gámez le ha hecho honor temporalmente al papel de Édgar Marún en el bajo. Son amigos, músicos y su nombre responde a una búsqueda que va más allá de la creación de un sonido premeditado, a la conexión en el centro de todas las cosas, y a que sus canciones surgen, al inicio, de improvisaciones con influencias del jazz (por la libertad de este), la psicodelia, el progresivo, el kraut y el spoken word, en esto que bautizaron el “estalle bogotano”. En este concierto, el sonido se logró de la mano de Alejandro Araújo (bajista de la banda Montaña), quien estuvo en la ingeniería. Sonó impecable.
Al oírlos, queda clara la fuerza de un proyecto que se busca a sí mismo, sin intervenciones externas o agendas comerciales, con la plena voluntad de ser fieles a sus impulsos creativos. Este disco, enteramente gestionado por la banda, carga la voluntad de construir un sonido propio, antes que dejarse tentar prematuramente por la búsqueda de un sello, productor o mánager que los represente, o los limite. La espontaneidad de la improvisación, el rigor de una gran escuela musical, letras inteligentes y la clarísima telepatía de una amistad de vieja data: Los Niños Telepáticos llegaron ahora sí para quedarse.
Finalmente se subieron Los Yoryis a rematar la fiesta con su cumbia de vanguardia. Un lenguaje propio que carga las influencias de sus miembros, que van del jazz al ska, al reggae, al metal, al punk y a los ritmos colombianos, así como las distintas fuentes de la cumbia; una guitarra procesada con efectos y una base rítmica precisa. Los Yoryis calientan motores para irse al festival de Glastonbury (Inglaterra). El grupo lo integra Jorge Castelblanco (guitarra), Daniel Castilla (bajo), Alejandro Norato (batería) y Alejandro Montaña (percusión). Juntos mantuvieron extasiado a un público que, de ser posible, habría bailado sin pausa lo que quedaba de noche.
Mención especial a la organización del lanzamiento, lograda entre Los Niños Telepáticos y Aforo Total, una gestora cultural que existe hace menos de un año y se especializa en “generar experiencias diferenciales de música en vivo, unificando todo lo necesario para que cada evento sea de impacto y sostenible”, mencionaron sus integrantes.
Esta noche mostró cómo el trabajo duro, la solidaridad y la buena compañía hacen explotar un auditorio. Buen augurio para la música independiente.
N.B. El segundo disco de Los Niños Telepáticos está en La Roma Records, Matik Matik, Librería Arte y Letra y La Coneja Ciega. El primero también.