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Tragedias en el fútbol (I) (Fútbol paradójico)

Pero las sirenas tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio. Aunque no ha sucedido, es quizás imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no. Franz Kafka.

Hinchas de Once Caldas invaden la cancha del estadio Palogrande
Hinchas de Once Caldas invaden la cancha del estadio Palogrande
Foto: Twitter Juan Esteban Londoño

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Si nos remitimos al origen de la palabra tragedia descubrimos que se trata de un ritual consagrado a Dionisio a quien el público ofrecía, durante seis días, machos cabríos, vino, cantos y músicas. Una característica fundamental: el uso de las máscaras para celebrar estas fiestas dionisiacas. ¿Dónde? En los anfiteatros, en los que los personajes que representaban las escenas adquirían mayor movilidad. La tragedia griega es, en consecuencia, un ritual de sacrificio y los más grandes trágicos de la historia de la humanidad han sido reconocidos con los nombres de Esquilo, Sófocles y Eurípides. Cada uno aludió en sus obras a las emociones, las angustias, las dudas y las pasiones humanas. Características: la tragedia adquiere una forma dramática cuyos personajes protagónicos se ven enfrentados de manera misteriosa, inexpugnable e inevitable contra el destino o los dioses, y se movían, casi siempre, hacia un desenlace fatal por una fuerza ciega: el sino, el hado o fatum, que era anunciado por diversos oráculos. El fútbol, interpretado como una metáfora de la tragedia griega, como una forma del drama, ha contado con narraciones que dicen sobre múltiples tragedias en estadios, gradas y afueras de escenarios futbolísticos (¿nuestros nuevos anfiteatros?), pero, lo que pasó recientemente en el Estadio Atanasio Girardot no tiene forma de ser nombrado porque obedece a circunstancias que se salen de cualquier orden del juego por el juego. Se trata de una Tragedia, con mayúscula, por cuanto, aunque no hubo muertos, se dieron todas las condiciones para que sucediera algo peor. Los oráculos contemporáneos han informado y desinformado, pero no hay claridad sobre las circunstancias vividas antes del pitazo inicial. Ruego a los dioses griegos que estos fenómenos no avancen hasta una catástrofe universal y, a los aedos, que nos ayuden a comprender eso que llamamos condición humana para saber a qué atenernos en estos momentos históricos en los que el fútbol se desnaturalizó porque llegaron brazos Fifáticos a torcer el rumbo de un juego que produce felicidad cuando se juega por la dicha de jugar…y ya. Federico Nietzsche nos recuerda cuál es el origen de la tragedia y nosotros lo hemos olvidado porque nuestra concepción de esta palabra está cargada de terror y de dolor. Nuestra historia, desde las guerras mundiales, pasando por el Holocausto, la Inquisición y la bomba atómica, ha sido una historia aterradora por sus consecuencias. Campos de concentración, muerte y experimentos inauditos. Ese es el legado de una racionalidad que no se comprende porque sus grandes logros están conquistados en nombre de la paz, la convivencia y el altruismo y, sin embargo, quedan secuelas de guerra, odio y desencanto. Que el fútbol no sea un pretexto para continuar la marcha hacia la debacle final. Además, lo que sucedió en el estadio Palogrande, de Manizales, es sintomático, muy sintomático. Esos acontecimientos futboleros nos hacen un llamado para que revisemos nuestras decisiones que, en última instancia, nos determinan. Que haya más ética y estética para resolver nuestros dilemas cotidianos.

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