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Son las tres y once de la mañana
Calle cuarenta y tres con séptima
Siempre he creído que cuando salimos de nuestras casas para dirigirnos a nuestro destino, nos escapamos y ocupamos nuestra mente para recordar o buscarle sentido a esos pequeños aditamentos que nos revuelcan la mente, que no se encuentran en el trabajo o en el hogar, tu cueva (aunque algunas veces si) y de que, independientemente del lugar a donde debas llegar, estarás dispuesto a entrar en ese espacio que existe en la calle hasta llegar a encerrarte en otro lugar. A menos que tu mente esté arrebatada por la costumbre de tener siempre a aquél en el que inviertes tus pensamientos y tu ser.
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La distancia cobra sentido cuando no es abyecta, es comprensible con el tiempo, el tiempo que no cambia, los que cambian somos nosotros. Es el periodo de las esperanzas (si hay esperanza), de los recuerdos, de la especulación (aunque te arruine), el del estado de ánimo que prefieres adquirir de acuerdo al clima que esté haciendo, el del ayer y el ahora, del azar, de observar los paisajes mañaneros, y que todo siga estando oscuro, aunque estemos contaminados en medio de transeúntes y haya incertidumbre, el de historias ajenas que se observan entre sí, el de el sonido que vibra pero que da no consuelo.
Sabes que llevas los audífonos porque vas a necesitar música, tu bicicleta te acompaña alguna veces, dependiendo de cuánto afán tengas y en tu maleta están esos dos libros que aún no terminas de leer, el grande y el pequeño, que de acuerdo a la frecuencia en que te encuentres, los abrirás, y saborearás hasta la última palabra. Siempre con estos dos libros María, son el desfogue, solo por si este día ese libro te dará la respuesta que tanto buscas, hay calma y no te arredran, porque eso es lo que eres, con tu historia, con tu vida. Yo, por lo general, prefiero oír las noticias para no perder la costumbre de escuchar al locutor, sinceramente ese sonsonete de la voz, me manda a despertar con la imagen de mi abuela y el olor a tinto, aunque aún no tenga un tinto en mis manos, ni a ella, pese a que solo esté viva en mi cabeza.
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Comienzan las noticias, y sabes que te gusta estar enterada de lo que sucede a tu alrededor, como si eso me ayudara a superar mi inseguridad, la deuda con el miedo, el sudor de mis manos, el paso de saliva al tomar el bus, y te cuestionas, sabes que eres buena preguntando, sabes hostigar, recuerden mi hipoacusia, y una voz en tu cabeza que me dice: “¿Por qué pasan estas cosas?”, “¿en serio?”, “¿por qué tenemos que defender lo obvio?”, estás atada y en tu espacio, respira, respiro, “¿qué es lo que debo hacer?”, la voz de mi infancia me da esperanza.
Llegando al lugar de destino, no logro tener ese espacio empíreo conmigo misma, pero al salir del lugar del destino vuelvo a sentirme nuevamente dubitativa. Estoy disfrutando de estas malas decisiones, con escasas intenciones de sentirme bufada, al contrario; le digo a la vida que me gusta hacer las cosas como yo quiero, más no como a ella se le de la gana, y así me la paso perdiendo oportunidades, aunque haya multitud en el bus, en la calle, en este calígine que se observa y se lleva dentro, nadie te juzga por perder, nadie me dice lo que yo ya se, no hay consuelo, no existe.
Ustedes, espectadores, sabrán que me gusta, de cierta forma, exigirme bastante, dándole explicaciones sobre el por qué de esas sensaciones e información deslumbrante que siento en mi qué hacer. Sales de los lugares donde “no puedes ser feliz, con tanta gente hablando a tu corazón” como diría Charly García, porque mereces tu cabida, y hay nerviosismo, con la piel chafarrinada, pues acabo de irme del transcurso de otros, esos otros que dicen ser todo, que no me desean bien, que con la hipocresía y la sonrisa en sus caras solo hacen que vivan en adicciones de suma manipulación. Pero, allí estamos, con nuestra memoria traicionera que nos perdona siempre por esta última voluntad, mas nos hayan desgarrado y nos siguen desgarrando, abrazamos nuestro exangüe.
Tan insignificante puedo ser, pero tan significante para la calle, para la soledad, para la vida ajena, para quienes me observan en la calle, para quienes observo en la calle. No me conocen, solo por si las moscas yo podría conocerlos a ellos, pero hoy no quiero, hoy paso, hoy abrí el libro y me rectificaba que somos ex futuros como diría Abad Faciolince, sobre las cosas que no fui, por escoger otros caminos y que sigo siendo, por las posibilidades que existen en cada uno de nosotros, porque aquí estamos, divagando con ese “no sé qué” de un algo, un alguien, una María, que todavía no sabe fenecer.
Son las cinco y cuarenta de la mañana
Calle veintiuno con primera