
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Fue una entrevista corta, en la que él se dedicó a hacerle preguntas y ella se limitó a darle respuestas lo más concisas posibles. Al final fue ella la que, en un tono más tranquilo, preguntó “¿Por qué no has terminado ese árbol de lego?”.
“No lo sé…Ya tendré tiempo para saber más sobre él y sobre cómo desearía que lo terminara”, fue lo que contestó Alejandro, y así mismo fue como comenzó a aprender sobre ella. Durante los meses que trabajó a su lado la vio tímida, pero cuando respiraba profundo, tenía explosiones de confianza y alegría que lo descolocaban. Se lo negó muchas veces, negó el remolino que lo secuestraba cuando la veía, negó la sonrisa que le regalaba cuando no sabía qué decirle; negó el fuego y el hielo que danzaban con violencia.
Ella luego se fue, se fue y él no fue capaz de acercarse. “Una parte de ella es todavía una niña”, se dijo, “tal como mi árbol sin terminar”.
Vino una especie de resignación que poco después le dio paso a la aceptación, y finalmente llegó el olvido. El olvido…como si fuera capaz de sacar de raíz aquello que negamos pero llevamos dentro como el mismísimo pecado original. Así que en un día lluvioso y gris, mientras Alejandro era de los pocos bogotanos que caminaba sin sombrilla (como todo bogotano que se respete debería hacer), ella apareció de nuevo. Tampoco llevaba sombrilla, el agua se le escurría por entre los ojos y la nariz, llevaba el pelo alborotado, y toda ella sonreía. Alejandro habría pensado que estaba feliz de verlo, pero ya la conocía lo suficiente como para saber que la sonrisa era un mecanismo de defensa contra la timidez. Más allá de aquella sonrisa, esa muchachita era tan indescifrable como una de las ramas de su árbol de lego. Llevaba un par de días intentando completarla y ella se le resistía, tal como se le resistió ella, quien tan sólo le dijo un escueto “hola”, le preguntó cómo estaba y corrió a refugiarse de la lluvia.
Pero el mundo tiene extrañas formas de darnos oportunidad tras oportunidad. Si no fue el frío, entonces sería el calor. Un par de años después, Alejandro caminaba por la playa de una ciudad costera en la que las personas se bronceaban, nadaban y follaban En su lugar, como bogotano de bien Alejandro estaba pensando en unas conferencias de finanzas a lo que lo habían invitado para que dictara una conferencia. A quién diablos se le ocurría invitarlo de panelista en una ciudad donde había más sudor caliente y hormonas que nostalgia.
—Hola.
“A quien se le haya ocurrido semejante disparate, gracias”.
—Hola… —Esta vez fue Alejandro quien sonrió—. Hola.
—Qué linda sorpresa verte acá.
—Sí…Sí… —”Dile algo, Alejandro”—.¿Qué vas a hacer? —“¿En serio? ¿No se te ocurre nada más?”.
—Tengo una fiesta.
—Una fiesta…
—¿Tomamos café un día de estos?
“Eso. Eso debiste decir, Alejandro, como cualquier persona con habilidades mínimas de socialización”.
—Sí.
Ella sonrió por fin.
—Me avisas.
Y con eso se fue de nuevo. Una falda al viento y el rumor del mar fue lo que le dejó, y eso es el amor, Alejandro. Es una serie de casualidades que bien pueden desembocar en la nada, o arremolinarse en nuestro interior de tal forma que hacen realidad tanto unicornios como hydras. El amor no es un destino irrenunciable, es un accidente que pudo o no existir. Es medio árbol de lego al que decidiste darle importancia metafísica; es una timidez a la que le permitiste que te envolviera; es la lluvia a la que le diste significado por voluntad propia, y es también una falda, el viento y el mar. Es una casualidad tras otra que se van encadenando de a poco. Si las cortas de raíz, puede que no ocurra nada; puede que tu vida sea la misma rutina de siempre, que con tanto esfuerzo has domado. De lo contrario, si árboles, sonrisas, lluvias y la sal te elevan; si permites que la hydra adquiera una cabeza tras otra, el amor te golpea y te convierte en un niño incapaz de vencer a esta criatura mitológica que has creado. No te gusta, claro que no. Para el niño todo es curiosidad, todo es descubrimiento. El niño no ve una flor de la misma manera dos veces, así como ahora el mar de pronto adquiere tonalidades que no habías visto antes. Es como si hubieras vuelto a nacer, y una extraña felicidad se asoma por detrás de ti y te secuestra.
Lo sé. Ya tenías tu vida organizada, todo estaba calculado de aquí hasta tu muerte. Vives a dos cuadras del trabajo; te vuelcas en tus tareas pendientes, tus correos, tus reuniones y exposiciones. Vuelves a la casa siempre a la misma hora, comes a la misma hora, lees por exactamente el mismo período de tiempo. Duermes, te reseteas y vuelves a empezar. Todo tan tranquilo, todo tan cómodo. Nadie te ataca, nadie te cambia las reglas del juego, y ahora tú mismo has hecho que las fichas de lego se desmoronen. Tu vida tal como la conocías se acabó ¿Qué vas a hacer?
Ella ya está allá, mientras tú caminas sin rumbo entre las cuatro paredes prestadas del hotel. Ella baila con quien no está interesado; luego, a quien sí le gusta se le acerca, se sienta a su lado, intenta abrazarla, ella lo rechaza, él la invita a bailar, ella dice que está cansada. Tú ahora estás sentado sobre la cama y extiendes la mano, como si con ello pudieras tomarla y alejarla. Ella se sitúa frente a la pista de baile y se limita a observar. Todos bailan, ríen y no falta el idiota que piensa que podrá ponerla celosa si baila con otra. Que haga lo que se le venga en gana, que persiga vestiditos rojos, azules o verdes, que ella no tiene cabeza para nada salvo, tal vez, cierta ventana que se ve desde el otro lado de la bahía. Ahí estás tú, intentando vislumbrarla entre luces que reflejan las estrellas; ella camina hasta el borde y te devuelve la mirada. Te preguntas qué par de luces serían realmente sus ojos.
Ella se cansa de buscarte y vuelve a la pista de baile. Esta vez, alguien se limita a contemplarla en vez de invitarla a una pieza. Ella no le correspondería, piensa, ella nunca se fijaría en él, ella está para otros. Hay quien tiene la fuerza suficiente para tomarla de la mano y acercarla hacia el centro, y quien intentaba darle celos se aburre y, al fin, la toma de la cintura.
Y esa pista de baile también es un escenario de casualidades; de amores perdidos, frustrados y nunca concebidos. A eso te enfrentas, Alejandro, ahora que has entrado a ser parte de los hombres bendecidos y condenados a vivir y sufrir el mundo conforme a los designios del amor. Que seas fuerte, que seas paciente, que tengas un alma como cota de malla, que no hay batalla más cruenta que esta.
Tu teléfono despierta con el sonido de una notificación. “Para tomarnos el café sería cuestión de atravesar la bahía”. Sería fácil, y ese pensamiento te hace sonreír. El árbol de lego está sobre la mesa, le falta una pieza. Te acercas y lo completas, porque por fin aprendiste a conocerlo, ya sabes qué quiere. Con esa última pieza podrá convertirse en un pino, un orión, un hiperión, en una enredadera. Con esa última pieza podrá servir de puente para atravesar una bahía.