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Un bicho (Cuentos de sábado en la tarde)

Tengo la memoria cascada. Soy consciente de ello. No obstante, los detalles de aquella extraña noche, de mediados de los años noventa, los tengo tan claros como si mi mente se hubiera dado a la tarea de abrir un expediente minucioso de lo que me aconteció, con folder de tapa roja y clips de metal, tipo mariposa, para sujetar imágenes y datos a la topografía caprichosa de mi cerebro.

26 de febrero de 2022 – 05:18 p. m.
. A los grillos y chicharras se acababa de unir un ruido muy fuerte y desconocido, similar al que emitiría un par de maracas eléctricas o digitales al chocarse, como si tal cosa pudiera existir, o un latigazo de plasma o de electricidad.
«A los grillos y chicharras se acababa de unir un ruido muy fuerte y desconocido, similar al que emitiría un par de maracas eléctricas o digitales al chocarse, como si tal cosa pudiera existir, o un latigazo de plasma o de electricidad».
Foto: Cortesía: Creatures- Chanti

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Era una noche calurosa, chisporroteante de mosquitos y carcajadas, y bañada por ríos de alcohol, como se acostumbraba cada vez que visitábamos a alguno de nuestros familiares terratenientes del Magdalena Medio colombiano; región esta chisporroteante también, durante décadas, pero de sangre y plomo, de lado y lado, de todos los lados posibles, militares, paramilitares, guerrilla… etc.

El tío Sixto, a quien visitábamos en esta ocasión, había sido víctima del conflicto armado, y quizá victimario también, no por nada había logrado, durante décadas, mantener La Joya, una hacienda imponente, de esas en las cuales si uno pregunta hasta donde llegan sus linderos, siempre le responderán: hasta donde alcance la vista.

De lo primero, toda la familia era conocedora de su tragedia, y hasta lo habíamos dado por desaparecido en un cuartel del Ejército, a donde se lo habían llevado por “auxiliador de la guerrilla”. Los insurgentes, de vez en cuando, hacían campamento en sus tierras, y se comían sus gallinas y su ganado, como si el tío Sixto hubiera podido negarse frente al cañón de un AK47.

Seis meses estuvo en las mazmorras del Batallón XV de Infantería, durante los cuales fue torturado para que confesara lo que no tenía que confesar, o para que inventara lo que no había hecho o para que pidiera perdón por existir en el rincón geo-político equivocado.

Por eso, en aquella noche, la alegría no era solo para homenajear a los recién llegados de la capital, sino también para festejar la libertad del Tío Sixto, al mejor estilo de ‘El Retorno de los Muertos Vivientes’, porque quedaba muy poco de aquel viejo barrigón y dicharachero de antes, que gozaba con bromas infantiles como dejarle a uno boñiga de vaca en la almohada o zamparle un insecto en la botella de la cerveza sin que uno se diera cuenta. El Tío Sixto que acababan de regurgitar las entrañas podridas de la Patria era un zombie, una mala copia del anterior, un ser quemado, reducido a nada, con los ojos volteados hacia la negrura de sus más recientes terrores aunque, por fuera, quisiera disimular intentando aproximarse, sin éxito, a su legendaria picardía de otrora.

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Su sonrisa actual era como calcada en un papel que luego se hubiera mojado y expuesto al sol. Desvaída, mortecina, cadavérica. Si se les pudiera contar un chiste lo suficientemente bueno a los muertos, seguro sonreirían como mi Tío Sixto. Mi mente calenturienta de niño llegó a esperar que, de un momento a otro, le brotara una larva de la boca y le reptara mejilla arriba, o ser testigo del aleteo, minúsculo y torpe, de una polilla saliendo de una de las cuencas de sus ojos.

Yo tendría, por aquel entonces, unos 10 u 11 años, y todavía disfrutaba de aquellos viajes y de departir con mi familia, de las madrugadas al ordeño, con nuestras torpes manos citadinas, o los paseos a caballo bajo el sol quemante, acompañado por la coral de las chicharras y de los pájaros de la Tierra Caliente con su gorjeo rotundo y seco, desde el corazón del más verde de los verdes.

Y esa noche, aquella precisa noche, el cansancio de una particular y divertida jornada calurosa, repartida entre perseguir cerdos y bañarnos en el riachuelo que cruzaba la haciendo de mi tío, de lado a lado, me había agotado lo suficiente como para irme a dormir temprano. No obstante, cuando ya el silencio se había instalado por fin en la noche de los grillos y las ranas, me asaltaron unas acuciosas ganas de orinar. La peor noticia para cualquier niño: meterse en la garganta de la noche en un sitio plagado de terrores desconocidos.

Haciendo gala de su legendario y quebradizo instinto, mi madre se despertó y, al notarme indeciso y levantando los pies con frenesí, frente a la puerta de nuestro cuarto, me apremió en susurros, para no despertar a mi papá: “vaya al baño que se seguro se orina en la cama”.

Así que, viéndome sin opciones, no me quedó más que ubicar mentalmente el baño de esta ala de la hacienda y correr por mi vida a través de cientos de metros, iluminado apenas por la luz de la luna, aunque, en realidad, el baño estaba doblando el pasillo, al fondo y a la derecha, como siempre.

Me zambullí en las sombras, como un bólido prepubescente y descalzo, y alivié mi vejiga con toda la parsimonia del mundo, complacido, de paso, por mi valentía, que se desmoronó a los pocos instantes. A los grillos y chicharras se acababa de unir un ruido muy fuerte y desconocido, similar al que emitiría un par de maracas eléctricas o digitales al chocarse, como si tal cosa pudiera existir, o un latigazo de plasma o de electricidad. Diríase las hojas de dos cuchillos láser afilándose mutuamente, a medianoche, o algo así, y justo afuera, muy cerca de la puerta del baño.

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Mis alternativas eran dos: cocinarme, a fuego lento, en el baño diminuto hasta que o bien el ruido infernal cesara o hasta que el martillazo redentor de la luz de la madrugara me indicara que estaba a salvo. Número dos, abrir la puerta de golpe y correr tan rápido como pudiera hacia brazos amorosos de mi mamá.

No obstante, la decisión fue tomada por mí, pues el ruido aquel se incrementó en potencia y distancia y, para colmo de mis desgracias, la puerta del baño era una de esas levantadas del piso los centímetros exactos para que se cuele el miedo o cualquier otro terror tropical y fatal.

Así que abrí la puerta de golpe y quise correr tan rápido como el miedo y las piernas me lo permitieran, pero la presencia de aquello me petrificó por completo. Sobre el piso de baldosas rojiblancas y brillantes, reposaba una criatura del tamaño de un gato, que latía, se inflaba y se retraía con cada estallido sonoro, al tiempo que su panza se iluminaba de luces iridiscentes. Era como un sapo descomunal, pero blindado por capas de tejido córneo o a lo mejor mineral. Parecía un auto de combate de la Segunda Guerra Mundial aplastado, con tentáculos en lugar de llantas, en perenne oscilación. La luz de la luna lo embarraba como una capa de asquerosa, temible y surreal grasa.

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El bicho se irguió sobre sus extremidades traseras, fibrosas y alargadas, y abrió una bocaza descomunal, sin dejar de emitir aquel ruido endemoniado que todavía me resuena en los oídos en mis peores noches de insomnio. El percutor de supervivencia se me activó y hui, despavorido y febril, saltando y gimoteando de horror hasta que creí sentirme a salvo, en otro recoveco de la casona de mi tío.

Acezando me boté al piso, cansado, aterrado, pero muy vivo, y por el rabillo del ojo supe de la presencia de otro terror: en mi huida, corriendo como gallina descabezada, había llegado hasta la habitación principal del caserón: el cuarto de mi tío, a quien descubrí con el cañón de su escopeta de caza metida en la boca, a punto de volarse los sesos.

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Sixto, al percatarse de mi presencia, me volteó a mirar, entre avergonzado y asustado, lanzando el arma a un lado, lejos de mi vista.

“Un bicho, un bicho feo y grandote”, solo atiné a decir como ensalmo para conjurar todos los espantos de aquella noche.

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“¿Un… un qué?”, me respondió él, todavía deslumbrado por mi inoportuna o providencial aparición.

“Un bicho feo y grande, frente al baño”

“Ay, m’ijo, está tierra está plagada de bichos feos, vamos a mirar”.

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Me empujó suavemente del hombro, con su mano temblorosa, empuñando en la otra una larga linterna niquelada, y nos encaminamos hacia donde debería estar el baño secundario y nuestro cuarto. Y claro, como suele suceder, no encontramos nada, ni frente al baño y menos en la paleta de los ruidos nocturnos de la montaña.

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“Era gordo y brillante y tenía una coraza encima, y una bocota y…”, me defendí.

¿No habrá sido un espejo?, dijo, y soltó una de sus patentadas carcajadas, que esta vez si sentí genuina. Obvio, al otro día fui el objeto de burla de toda mi familia. E incluso hoy, de vez en cuando, cuando visito la hacienda de mi tío, el viejo todavía se acuerda de aquella anécdota y todo el mundo vuelve y se burla de mí, incluso mis propios hijos.

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En mis ratos de ocio, cuando recuerdo aquella noche y al esperpento aquel, he buscado en internet digital de alguna bestia parecida a la que vi, pero, hasta el momento, lo único que me dispara el ciberespacio es el patético Chupacabras y las legendarias criaturas de Lovecraft. Nada más, nadie más.

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