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El decimosexto filme de Cédric Klapisch, La vida es un rompecabezas, cierra una trilogía conformada también por Las muñecas rusas y El albergue español, que versa sobre temas de variada suerte: la inmigración, la globalización, el absurdo, la adaptación, el amor, el sexo. Cada una de estas producciones posee esos patrones de creación; por lo general, semejante variedad resultaría abrumadora para la realización y creación de un guion contundente y significativo, amplio en sus conceptos. Sin embargo, Klapisch —1961, Neuilly-sur-Seine, Francia— conoce el arte de la dosificación: en dos horas, va creando un filme del mismo modo en que nace una pintura, capa a capa, pincelada a pincelada.
Xavier (Romain Duris) viene a la pantalla con una historia detrás: ha viajado por Barcelona y San Petersburgo en su juventud —cuentan los dos filmes adicionales de la trilogía—, ha encontrado una esposa y ha criado hijos, ha vuelto a París y vive una existencia, en su parte más general, bondadosa. Está en los cuarenta, una edad que define su camino. Pero su esposa (Kelly Reilly) decide partir a Nueva York con sus hijos y se da cuenta, de repente, que su vida de nuevo cambiará; de que no existe todavía ninguna posibilidad de establecerse; de que establecerse es, en cierto sentido, una expresión de la madurez que no desea cargar.
Al mismo tiempo, Xavier trabaja en su próximo libro. Es un escritor que ha consagrado sus últimos años a esa actividad y ha obtenido cierto reconocimiento. Desde Nueva York, comienza a escribir una novela cuyo tema presentimos y sospechamos por algunas conversaciones con su editor: un relato en que hay afecto, amor, cariño y abandono. Un relato que semeja su vida: en algún instante, su editor le dice que no existen finales felices. Xavier lo sabe, lo vive.
A pesar de toda esta carga emocional (en la que también participan actrices como Cécile de France y Audrey Tautou), Klapisch acude a la comedia como el modo más sencillo —como solución, no como ejecución artística— para despertar nuevas ansiedades en sus personajes. Los abogados en Nueva York —que ha buscado para tener derechos sobre sus hijos— no comprenden las intenciones de Xavier; Klapisch, entonces, crea a un Xavier incomprendido, ataviado con vestimentas de otro tiempo, y recoge esa sensación de incomprensión —y también de incertidumbre, que cruza todo el filme— a través del ridículo. La situación es, en realidad, angustiante; la comedia juega como antídoto ante la desgracia, ante el grado de potencia que el hombre concede a esa desgracia. Klapisch conoce la comedia en detalle —su tesis de grado versó sobre Woody Allen y los Hermanos Marx— y por eso define los momentos más importantes de su historia en sus terrenos jacarandosos: Xavier charla con Hegel y con Schopenhauer en un ambiente íntimo; corre cuadras enteras para que no descubran a su mejor amiga en un romance con otra mujer; se casa con una ciudadana norteamericana de origen chino luego de que salva a su tío de una golpiza en una calle de Nueva York.
El filme parece rezar con certeza que todo es complicado, pero también que todo es susceptible de ser resuelto. No es un filme optimista: encuentra las salidas, sean cuales sean. La vida es demasiado complicada, de acuerdo con Xavier; él recuerda su vida anterior como un modo de la sencillez, era un tiempo en que podía hacer lo que quisiera en una ciudad que le parecía ya cómoda y reconfortante. Nueva York es un nuevo reto, por lo tanto un nuevo lío, por lo tanto una nueva comedia. Todo se dirige a ese campo impredecible: la adaptación a un nuevo espacio —la ciudad, que aquí no es sólo un fondo sino un personaje con vida propia, que actúa sobre las fuerzas de los protagonistas—, el desorden de la vida sentimental —salir de un matrimonio, abrigar esperanzas con un viejo afecto— y la búsqueda de una vida más amplia y tranquila son las maneras acertadas de una comedia que se destaca por la humanidad de sus personajes, los escenarios, la verosimilitud de sus situaciones y el cuidado al detalle de las transiciones y los giros en la narración.
Klapisch tampoco pierde la oportunidad de realizar ciertas reflexiones sobre la escritura gracias al trabajo de Xavier. Esta comedia, como toda buena comedia, no sólo produce gozo sino también conocimiento. En algún momento, en una de sus conversaciones trascendentales, Xavier —o alguno de sus filósofos de cabecera— dice que la escritura no revive el pasado, sino que crea y ve los fantasmas del futuro. Y de algún modo, al mismo tiempo, define su vida presente. Revivir el pasado es inútil. Sólo interesan los fantasmas del futuro.
‘Mi vida es un rompecabezas’ está en Cinemanía. Consulte los horarios en http://www.cinemania.com.co/.