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Mientras tanto, y desde un altarcito adornado con peticiones, miraba ella. Para estar pisando una culebra puesta en una nube le faltaba cara de terror, en cambio llevaba una compasión por mirada. La sala de espera no era muy grande, tenía unos taburetes más empolvados que viejos, un jardín de cuernos colgados que había que esquivar para entrar al consultorio y el altarcito que se hundía metro y medio en la pared, alargado hacia el frente por una tabla. Ahí estaba ella, rebotando fe por toda la sala. La fe de pisar una culebra que no la picaba.
Del consultorio no salía nadie, tampoco entraba alguien. El silencio se estiraba como un caucho por la sala de espera, mientras el lugar se encogía en mi aburrimiento. Cambiaba de taburete, me paraba a ver la resequedad de los cuernos y a detallar el fondo del altarcito. Por un instante sentí que del consultorio intentaron abrir la puerta, pero solo fue un presentimiento. Lo que vino después fue un miedo, no de esos que atacan el alma, sino de los que suben por los dedos llegando a los hombros, tapando la cabeza, derramándose por la piel. Ahí me desperté, la puesta estaba cerrada.