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Kilkoa, India. 1925. Cuatro soldados del ejército británico necesitan cerveza. Están borrachos, por supuesto, y el alcohol no resulta ser más que una manera de escapar de una guerra que no es de ellos, pero que les obligan a vivir. Esta escena, de la obra “Un hombre es un hombre” de Bertolt Brecht, adaptada por Juan Diego Arias y dirigida por Ricardo Camacho para el Teatro Libre, ocurre durante la ocupación británica en India. Es el comienzo de una serie de cuadros en los que se muestra el sinsentido de la guerra, su brutalidad, y la capacidad que tiene para convertir a las personas en otras para su beneficio: en esta obra, Galy Gay, un humilde estibador, es transformado en el más cruel de los soldados.
“Hace falta cerveza”, grita un coro militar, haciendo eco a los cuatro soldados desesperados por alcohol. Mientras ellos, en el mundo ficcional que se crea sobre el escenario, se llenan de recursos para conseguir la tan anhelada bebida, alguien abajo, en el sótano del teatro, grita también: ‘Se acabó la cerveza’. Entonces hay que salir a comprar más. Hay que llamar al distribuidor para que traiga más botellas, de las más grandes por favor, y cerciorarse de que todo venga junto con una factura con NIT. Más le vale a un productor asegurarse de tener esa factura.
‘Yo no tengo experiencia’, respondí cuando me preguntaron si podía encargarme de la producción de “Un hombre es un hombre”. Había recibido, una hora antes, un llamado de auxilio: “La necesitamos, urgente, en el Teatro Libre de Chapinero”. Salí para allá, intentando reflexionar sobre qué era lo tan grave que había pasado. No di con ello hasta que llegué sin aliento al cuarto piso del teatro, donde están ubicadas las oficinas administrativas. Parecía un corral abierto, en el que habían dejado las gallinas sueltas. “Mucho gusto, soy el asistente de dirección”, me alcanzó a decir alguien que, cogiéndome del brazo, me arrastró a una sala de reuniones. El asunto era el siguiente: el estreno de la obra debía hacerse el veintiocho de octubre. Estábamos a veintitrés y no había nada. Casi nada. Ante ese panorama, mi falta de experiencia pareció no importarles; un conocimiento básico de Excel, organización y un poco de astucia eran más que suficientes.
La producción lo abarca todo, o eso entiendo ahora, cuatro meses después del grito de auxilio. Desde ir a comprar, de urgencia, una pintura que hace falta, hasta estar pendiente de los pagos de los artistas. Es responsabilidad de un productor que las cosas funcionen bien. Que la escenografía esté lista y en perfectas condiciones para los ensayos, que la utilería esté disponible y que no vaya a faltar nada que el director haya pedido, por más imposible que parezca conseguirlo. Un productor debe asegurarse de que los actores estén contentos, que no tengan hambre, ni sed, ni que por asomo les vaya a faltar el tinto. Tiene que estar pendiente de que el maquillaje esté completo, las bases, las pinturas de cara, y si queda un último pañito para desmaquillar, debe salir corriendo a comprar más, no vaya a ser que los artistas adviertan semejante falla.
Un productor también debe encargarse del dinero. Debe pedirlo en la administración –“Que cómo así, ¿más plata?” –, y usarlo para suplir las necesidades del montaje – “Sabe qué, yo creo que para la escena del elefante necesitamos una escoba ‘de esas que usan las brujas’” –, o para cambiar algo que ya no funciona: “ese pan negro no se ve bien, ¿por qué no conseguimos un pedazo de carne de mentiras?” Al final, ese dinero se debe legalizar, es decir, se debe hacer una tabla en Excel, en la que se vea claro qué fue lo que se compró, para qué se compró y cuál fue su valor; para luego entregarla en la administración y estar preparado para responder preguntas como la siguiente: “¿Una batería de carro? ¿Y eso como para qué?”
Sobre todo, un productor debe ser un recepcionista, omnipresente y con oficina móvil. Debe aprender, por ejemplo, a negociar el mejor precio de una tela en una de las tiendas del centro, mientras discute, por un teléfono, de qué manera se deben arreglar las puertas que se volvieron a dañar, y por otro, a ver dónde es que está el técnico, que quedó de llegar hace dos horas y no aparece. Y así, la vida de un productor, contrario a la imagen que se tiene de los dandies que sonríen en las alfombras rojas de Broadway, se debate entre las exigencias de unos, los gritos de otros y el miedo natural que viene implícito con la responsabilidad de manejar una plata que no es propia. Si se le suma a eso la inexperiencia y el desconocimiento de zonas de Bogotá claves para la compra de elementos inverosímiles, ser productor resulta una tarea titánica.
Volvamos a la historia de la escoba, ‘esa que usan las brujas’. “En el 7 de Agosto se consigue, niña. ¿Sí sabe dónde queda?” Trago saliva. Por supuesto que no. ¿Cómo voy a saber? En ese momento me lo imaginaba, por lo que había escuchado, como un lugar peligroso y lleno de gente, a la que le gusta andar con cuchillos debajo de la ropa. La realidad, por supuesto, no estaba ni cerca de lo que yo me estaba imaginando. Lo que vi, en oposición a las calles atestadas de San Victorino – a dónde terminé por meterme luego, cuando mis niveles de valentía fueron subiendo – era un lugar tranquilo, con tiendas aquí y allá. Los vendedores fueron todos muy amables y la escoba ahí, en una venta de elementos para jardinería, como esperando a que yo la recogiera.
De vuelta a la función, se escucha el grito de uno de los soldados: “Ese elefante está muy tieso, que se mueva”. El elefante se presenta con una vuelta triunfal en la taberna del cuartel militar, ante la vista divertida de los presentes. Como cuerpo, tiene una tela gris comprada en una de las tiendas del centro. Su cabeza está construida a partir de una caneca de latón, por la que hubo un intenso intercambio de llamadas con la encargada de la utilería; y atrás, como una cola que ondea feliz, la famosa escoba del 7 de Agosto. El espectador no sabe todo eso y no tiene por qué saberlo. Él se divierte con Billy, el elefante, con Galy Gay y con los soldados y reflexiona, si hay suerte, sobre esa guerra que se está representando.
En mi caso, como ocurre con Galy Gay, también hubo una transformación. Ahora paso por las ferreterías de la 61 con Caracas y los ferreteros me saludan, como viejos conocidos. Algunos actores me dan las gracias y me alegro. El incendio se apagó y el resultado se ve sobre el escenario. La gente que ve la obra sale contenta. Muchos se quedan hablando de lo que acabaron de ver y lo siguen discutiendo en el camino de vuelta a su casa. Esa y no otra es mi recompensa.
*De jueves a sábado, 8:00 p.m. Viernes 2X1. Boletas en TuBoleta.