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Cuando podría pensarse que el diamante del béisbol literario en Estados Unidos tenía las bases llenas con escritores notables como Don DeLillo, Brady Udall, Tony Earley o Jonathan Franzen, en el año 2011 se acercó al home otro jugador llamado Chad Harbach, criado en Racine (Wisconsin), caminando sin ninguna prisa —¡le tomó diez años llegar al estadio!—, abanicando con gracia el bate de su primera novela, The Art of Fielding (El arte de la defensa, Salamandra, 2013, traducción de Isabel Ferrer), para sorprender a los lectores con el home run que hizo volar la pelota fuera del campo de juego.
Tras una década de trabajo y algo más de quinientas páginas, Harbach refrescó el tópico del mundo académico como un campo de batalla en el que todos se enfrentan, se defienden o sucumben a sus intrigas, sus laberintos sexuales, sus conflictos conyugales, sus arrogancias neuróticas, sus anhelos económicos, exigiéndoles a sus atletas que enaltezcan el nombre de la universidad donde están becados, en otras palabras, representando en el pequeño universo del campus la dinámica de un país, competitivo de forma implacable, donde es posible observar otra versión de las miserias humanas y de algunas virtudes que rescatan del naufragio a los estudiantes y a sus profesores.
Harbach hizo del béisbol una metáfora de lo que sucede en el circo universitario, donde las jugadas se multiplican, relacionando un deporte de fanatismo masivo con el arte de la defensa académica en el que se atrapan bolas vertiginosas que avanzan de manera inesperada. Un entorno que no es del todo extraño al autor, graduado de Harvard y de la Universidad de Virginia, dos lugares donde es posible estallar la burbuja de la inocencia con las ideas que ensanchan el panorama del mundo.
El arte de la defensa narra el encuentro entre un shortstop de Dakota del Sur, flaco, enérgico y asombrosamente talentoso, llamado Henry Skrimshander, y un catcher de Wisconsin, Mike Schwartz, gigantesco, bondadoso y astuto, con un olfato infalible para entender que Skrimshander es un genio deportivo. Desde su primer capítulo, cuando Mike decide que no dejará escapar la gracia de Henry y que la pondrá al servicio de su universidad —el imaginario Westish College, “ese pequeño centro universitario situado junto al pulgar del guante de béisbol que es Wisconsin”—, Harbach reinventa parte del repertorio temático que ha decidido la suerte —y la neurosis— de la literatura norteamericana.
Aparte de la tradición que suma en los estantes de las bibliotecas novelas narradas en el ámbito universitario, El arte de la defensa recrea temas clásicos de la ficción como el crecimiento del adolescente que se convierte en hombre; los relatos acerca de las relaciones amenazadas por el callejón sin salida del divorcio; las aventuras contradictorias entre el personaje público y su intimidad, derrumbándose la soberbia del poder cuando explota un escándalo; el drama que se revela con las tensiones que enfrentan a padres e hijos; las tramas que juzgan los riesgos de ser un perdedor en contraste con la extraña fortuna de los ganadores; la forma en que la biografía de cada ser humano puede transcurrir como un partido de béisbol, haciendo del coraje o la frustración variables de la suerte para comprender el mundo.
En 1986, el cronista y escritor Tom Wolfe publicó La hoguera de las vanidades, considerada “la gran novela del Nueva York de los años ochenta”. Wolfe describió entonces una ciudad enloquecida por los conflictos raciales; por su voracidad económica; por el afán de riqueza y el culto al individualismo. Fue un registro mordaz y grotesco de la época. Aún así, Wolfe declaró que muchos novelistas tratarían de suicidarse si sus lectores los consideraban “secretarios de la sociedad norteamericana”.
Quizás no lo sean a propósito. Tal vez no sean testigos morales que publican libros sobre su país con el tono de una explicación sociológica. Pero es inevitable expresar un sentimiento de gratitud ante aquellos escritores —John Steinbeck, Carl Sandburg, Norman Mailer, Arthur Miller, William Kennedy— que han tenido el talento suficiente para describir la dinámica de una sociedad aprovechando la forma y el poder de la ficción.
Uno de ellos podría ser Mr. Harbach. Aunque El arte de la defensa no sea una historia que caiga en la trampa de la mala conciencia expresada como alegato político, descifra las normas de convivencia en el terreno político de las universidades. Político en el sentido de plantear unas pautas que orquestan las relaciones y condenan a los que deciden caminar al margen de la norma; político en el sentido de que la universidad es un lugar que pone a prueba la estrategia y la cautela cuando se quieren escalar posiciones para conseguir el cargo de profesor titular o decano en alguna facultad, asegurando la supervivencia académica; político cuando se trata de una lección que enseña de qué se trata la experiencia humana y sus torpezas o astucias.
Un territorio abonado para el sensacionalismo que se aprovecha de los personajes caídos en desgracia, cuando antes pudieron ser alabados con admiración sincera o criticados con el rencor de la envidia. El material de las pesadillas que a principios de 2009 agitó los muros de la academia británica cuando la plaza de Professor of Poetry at Oxford University enfrentó a los poetas Ruth Padel y Derek Walcott tras descubrirse que Padel, haciendo una oscura campaña para conseguir el cargo, refrescó a través de correos electrónicos el historial de acoso sexual de Walcott —“ese perro que siempre flirtea”, según como describió al Premio Nobel una de sus víctimas—.
En la novela de Harbach no hay ningún acoso sexual, pero se cruza el umbral de las relaciones entre el maestro y su alumno cuando el rector de Westish vive un romance extasiado con un jugador del equipo de béisbol. Una salida del clóset tardía y devastadora, como suelen ser los amores otoñales, que avasalla a Gert Affenlight tras cumplir los 60 años de edad, disfrutar de una vida apacible luego de publicar un libro exitoso a finales de los años 80 —Los exprimidores de esperma, “sobre los componentes homosociales y homoeróticos en las letras estadounidenses del siglo XIX”—, y regresar a Westish después de estudiar allí durante su juventud. Admirador del escritor Herman Melville y de su novela mítica, Moby Dick —a la que Affenlight considera El Libro—, Harbach hace de su devoción literaria otra metáfora útil cuando la persecución que hace el capitán Ahab de Moby Dick, la ballena blanca, podría considerarse en un sentido rudimentario como la cacería de un sueño esquivo, capaz de conducir a la muerte, como el romance que pone en juego la vida de Affenlight —y, de paso, la relación con su hija Pella, que busca otro sueño en Westish: el amor que salva del caos o lo empeora—.
Cada personaje tiene un autor que lo guía: Mike lee al emperador romano Marco Aurelio; Pella quiere estudiar la correspondencia entre la filósofa alemana Hannah Arendt y la escritora norteamericana Mary McCarthy; Owen, el novio de Affenlight, lee todo lo que le cae en las manos; Henry hace de El arte de la defensa, escrito por el shortstop Aparicio Rodríguez —el pseudónimo de Harbach cuando escribe sobre la filosofía del béisbol—, su biblia atlética y ética para avanzar en el juego.
Triunfar es entonces un sueño difícil de alcanzar para Henry cuando la ballena blanca de la pelota nada en el campo como un reto que sólo podrá vencer espantando a sus demonios, tratando de saltar fuera de la red donde caen los perdedores, comprendiendo que el futuro espera en el terreno profesional de las Grandes Ligas.
El mismo año en que se publicaba la novela de Harbach, otro escritor, Jeffrey Eugenides, nacido en Detroit, estudiante de las universidades de Brown y Stanford, publicaba The Marriage Plot (La trama matrimonial). Tanto Harbach como Eugenides estudiaron en dos universidades, tardaron varios años escribiendo sus novelas y decidieron enfocarse en los dramas del mundo académico. Mientras Harbach hizo del diamante de béisbol el escenario central de su historia, Eugenides hizo de las novelas con tramas sobre el matrimonio el punto de partida para crear un contraste entre la vida universitaria, la ficción romántica y la realidad que atenta en contra del amor y sus delirios.
¿Por qué las universidades como una opción literaria de dos novelistas contemporáneos? La educación como base para el futuro y los trastornos emocionales —y éticos— que surgen durante el aprendizaje —cuando los estudiantes, supuestamente, se preparan para enfrentar el mundo más allá del campus— componen una radiografía anticipada de las virtudes o los desastres que definirán la vida en acción de un país, sus altibajos emocionales, la forma como se moldea una inteligencia y su talento. Un ambiente inspirador para escribir novelas de crecimiento. El motivo por el que Schwartz se convierte en el entrenador personal de Henry, contribuyendo, como un buen maestro, a desarrollar el potencial de un pupilo que quizás honre su trabajo. Haciendo de un tiempo ingenuo, presumido o apasionado, cuando el genio universitario cree que es el genio del mundo, el detonante para comprender qué sucederá con sus protagonistas, con los hombres y mujeres de los que Harbach escribe, concluyendo que el ser humano necesita algo semejante a un entrenador, alguien que le enseñe a conocerse a sí mismo y a comprender que la vida puede ser también algo parecido a un deporte en el que se trata de encontrar la belleza antes de que aparezca la muerte.
Chad Harbach, El arte de la defensa, Barcelona, Salamandra, 2013, 541 págs. Traducción de Isabel Ferrer.