Un pelotazo en la cara de Trump

En este cuento, el presidente de Estados Unidos desafía a un jugador de su país que milita en la liga profesional de Escocia. Su mensaje incendiario, publicado en Twitter, cambia el destino de un partido.

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El defensa central Jordan Grossman renuncia al judaísmo. No lo revela al público, es una decisión que tiene los ingredientes característicos de lo secreto, mezcla de culpa y liberación. Nunca se sintió cómodo con un credo. Llevaba meses esperando dar el paso. Ya se comportaba como un ateo respetuoso antes de fichar por el Dundee United escocés. En el camerino de su anterior club, el D.C United de la MLS, se hacía a un lado al momento de la oración colectiva. Para evitar las explicaciones, en silencio se encerraba en el baño. Con los pantalones abajo, el rubio con corte de pelo de militar esperaba a que no hubiera nadie en el camerino. Y, algo tímido, luego se iba trotando hacia el túnel a reunirse con sus compañeros titulares.

En el equipo de Washington jugó una temporada, antes de radicarse en Reino Unido. Jordan Grossman se marchó de su país, obedeciendo al plan de su empresario (el mismo del holandés Virgil Van Dijk), para quien Escocia es la escala perfecta antes de migrar a la Premier League. Doscientos mil libras costaron sus dos goles de cabeza, su experiencia de veinte partidos en primera y cuatro convocatorias a la selección de su natal Estados Unidos.

El día de su presentación asistieron dos mil hinchas. Imposible dejar de ilusionarse con sus 22 años y 1,87 cm de estatura. La dinámica del Dundee United es simple y efectiva: comprar jugadores baratos para venderlos caros, ojalá no al Celtic y el Rangers, sus poderosos archienemigos. De este modo, las directivas pueden invertir en nuevos talentos, al menos en uno, en cualquiera de las cuatro líneas.

El fichaje de Grossman fue posible por la salida del delantero Harrison Lee al Swansea City. En un derby frente al Dundee, en el que el norteamericano sorprendió en la alineación titular, se ganó el apodo de The Wall (El Muro). En la prensa deportiva y en los bares de Dundee su fortaleza tierra-aire se superpuso a su apellido. La crítica más seria ahorró elogios, pero no pudo evitar compararlo con la versión de su compatriota Oguchi Onyewu, en el Newcastle.

El día que renuncia al judaísmo, al término de un partido vs. Ross County, valido por la cuarta fecha de la Scottish Premiership 2018, en la mitad de la cancha, una rubia periodista le pregunta “¿Un triunfo merecido?”. Seguido de un cuestionario que Grossman siente como punzada en el pecho. Sucede en vivo para el canal BBC Scotland:

2.¿Qué opina del muro que Donald Trump quiere levantar en la frontera de México?

3.¿El muro de la Scottish Premier League apoya a su presidente?

Grossman ni ningún futbolista sabe que la rubia periodista está haciendo un reemplazo en la sección deportiva del noticiero. Su fuente real es la política internacional.

Un micrófono de mano, de gruesa espuma roja, va y vuelve a la boca cerrada del central.

-Grossman es un apellido judío. ¿Está de acuerdo con que Estados Unidos traslade su embajada a Jerusalén?

La respiración entrecortada a través del incisivo micrófono es un soplo en el oído de los espectadores. Grossman no es consciente del número de personas que lo están viendo clavar su mirada perdida en el suelo. A falta de acción, su barba rojiza resalta, el sudor pronuncia su frente con la que despejó siete balones. Su silencio succiona y aterroriza.

Justo detrás de Grossman se encuentra la barra del Dundee United, que irrumpe con el coro “¡The Waaaallll! ¡The Walllll”. La periodista vuelve a atacar, en esta ocasión está obligada a hablar fuerte. Las manos aferradas a la cintura, Grossman es el único jugador en el césped.

-¿Un muro es la solución a la inmigración ilegal?

“¡The Waalllll! Aquí está The Wall, Dundee tiene un muro, nadie pisa mi ciudad sin toparse con Grossman”.

Mientras el joven se anima a responder, frente a sus televisores, dos simpatizantes del Club tipean en su Twitter “¿tenemos a un jugador que votó por Trump y no lo sabíamos? #Grossman” y “#Grossman prefiero ver un jugador que camine la cancha a un elector de Trump”. Mientras el jugador mastica la inesperada entrevista, un redactor de The Independent escribe la primera palabra de una columna de opinión deportiva en la que abordará “La cuestión del Muro”, al día siguiente.

A veces se siente horrible tener el balón en los pies. Para Grossman, los cantos de la barra “Dundee tiene un muro” y la aparición de la periodista son un extraño descubrimiento. Por unos segundos, cree protagonizar una broma pesada, en la que los hinchas y la comunicadora pactaron su mal rato para ganar rating. Pero, pensándolo bien, es imposible que lo estén haciendo, él es de la clase de tipos de bajo perfil, que sudan la camiseta, se bañan en la casa y se acuestan a dormir. Para nada es un rockstar del fútbol, que está en la retina de los medios.

A Grossman se le olvida que ahora es un tipo sin religión al que poco le importa la cuestión judía. Ahora sabe que tiene un presidente que lo mete en problemas.

Para cuando decide hablar, la periodista se encuentra dirigiéndose a la cámara. Se despide con otro interrogante comprometedor: “¿Tenemos un muro de Trump en el fútbol escocés y no nos habíamos enterado?”. La señal retorna al estudio de televisión, en Edimburgo. La rubia no es capaz de volverle a dirigir la mirada. Grossman la otea con desprecio. Se muerde la lengua, resopla y corre potente en dirección al camerino. En el túnel piensa en lo desagradables que suelen ser las coincidencias.

***

Titular de periódico, el lunes: “Jordan Grossman, el muro que no habla de Trump”, publica Boston Globe.

“El muro que divide opiniones en la liga”: The Scotsman.

“¿Importa la posición política del futbolista Grossman?”: The Herald.

El celular del defensor timbra un promedio de cinco veces por minuto. Tampoco cesan las notificaciones en su Whatsapp. En una camioneta Jeep llega al campus del club, por la puerta trasera. Los periodistas están acumulados en la principal. El desesperado jefe de comunicaciones tiene diseñada una estrategia para descomprimir la situación. Sin autorización del implicado, cita a una rueda de última hora, a la que Grossman se niega a ir. De las soluciones que le proponen (su empresario diseña otra estrategia), el defensa elige un comunicado escrito, en el que se desmarca categóricamente de Trump y de sus políticas internas y externas. Firmado por The Wall, el documento es redactado por el jefe de comunicaciones, que lo envía de inmediato a los correos electrónicos de los diarios nacionales e ingleses.

Grossman no se va de las instalaciones hasta que el día se normaliza. Para minimizar roces con el hincha problemático, el martes, el entrenamiento es a puerta cerrada. El miércoles y el jueves, abierto al público, un matrimonio lleva un cartel en el que se lee “Solo un muro es bienvenido a Escocia”, que el jugador estadounidense toma con gracia. Amarrándose los botines, presiente que será el último gesto relacionado con el incómodo tema.

***

El domingo el Dundee United visita al Kilmarnock. Sin clásicos ni puntos en disputa que afecten el liderato del Celtic, la fecha de la Scotland Premiership ofrece un ingrediente inédito. Minutos antes de saltar a la cancha, Trump escribe un trino que se riega en los celulares de los hinchas de ambos equipos.

“El muro que voy a levantar en la frontera sur será financiado con la plata de cada amigo mexicano de Grossman. America great again”.

En una tarde inolvidable, Kilmarnock y Dundee United se sacan chispas. 2 a 2 es el marcador definitivo. A los dueños de casa, el punto les sirve para alejarse de la zona de descenso y al visitante lo afianza en la clasificación a la UEFA Europa League.

El defensor Grossman tiene un desempeño por encima de los 7 puntos, aupado por la canción ¡The Waalllll! Aquí está The Wall. Dundee tiene un muro. Nadie pisa Escocia sin toparse con Grossman!, que las tribunas norte y sur entonan al unísono, acompañados de comentarios ofensivos a Trump.

Superado el tiempo de descuento de la segunda parte, tras el pitazo final, Grossman vuelve a permanecer en el césped. Esquivando a los periodistas, inicia un recorrido por el costado, como si fuera un juez de línea. Sus compañeros del Dundee United y del Kilmarnock tampoco se van a los camerinos. Prefieren unirse a su trote espontáneo, que esta vez es el de un civil despojado de competencia y de colores. Juntos trazan una vuelta olímpica, aplaudiendo en dirección a las graderías. El espigado Grossman, con los ojos encharcados, agradece el apoyo de esas caras sonrientes que procura grabarse una por una. No quiere recordar a la gran masa escocesa respaldando una causa común; quiere acordarse de cada rostro, como quien guarda en su memoria nombres y apellidos, para siempre.

Los periodistas de televisión se reservan las preguntas. En manada, incluyendo a la rubia, se limitan a grabar con sus celulares la fiesta que vale más que cualquier victoria. La del pelotazo en la cara de Donald Trump.

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