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Un rodaje in memóriam

Miguel Salazar y Daniela Abad, nieta del líder social asesinado en 1987, quisieron retratar simplemente el mundo de un hombre que esperaba justicia.

Héctor Abad Gómez (de pie) con su hijo, Héctor Abad Faciolince.  /Cortesía
Héctor Abad Gómez (de pie) con su hijo, Héctor Abad Faciolince. /Cortesía

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Hace cuatro años, Miguel Salazar, en compañía de realizadores holandeses, emprendió el proyecto de realizar un documental sobre Héctor Abad Gómez. Hace dos años, Daniela Abad, nieta del defensor de derechos humanos, pactó con él una codirección en reemplazo de los ojos foráneos y terminaron el largometraje llamado Carta a una sombra.

Éste, que se estrenó durante el Ficci 55 (Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias), obtuvo el Premio Especial del Jurado y el Premio del Público en la categoría Competencia Oficial Cine Colombiano. Ambos partieron de la premisa de que el documental estaría inspirado, mas no basado, en el libro El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, hijo de Abad Gómez. No querían tampoco un relato puramente político ni uno con tono de denuncia; querían, simplemente, uno en el que se viera reflejado sobre todo el amor de un padre por su hijo y el de un hijo por su padre. Contaron, en primera instancia, con dos materiales importantes: los audios de su programa de radio Pensando en voz alta, que hacía para la emisora de la Universidad de Antioquia, y los que corresponden a las cartas que leía y grababa en casetes para su familia, Cartas habladas, que doña Cecilia Faciolince de Abad conserva. Apareció un tercer elemento con el rodaje puesto en marcha: una entrevista inédita que Pilar López, entonces una estudiante —después exiliada— que apoyaba la precandidatura de Abad Gómez a la Alcaldía de Medellín, le hizo una semana antes de su asesinato y la cual publicarían en El Magazín (El Espectador). En ella, él declara, entre otras cosas: “Me acaban de llamar de la radio y me dicen que estoy en una lista negra, que estoy amenazado”. Fue asesinado el 25 de agosto de 1987. Daniela Abad (D.A.) y Miguel Salazar (M.S.) describen en esta entrevista la experiencia emotiva y la destreza creativa que implicó la película. ¿Cómo fue el diálogo para determinar la dosis de representación de cada faceta del personaje? D.A.: Teníamos muy claro algo: el espectador tenía que enamorarse de ese hombre. Entonces primero debíamos mostrar ese ser humano, que es también padre, no sólo un hombre público. Una vez que el espectador conoce de quién se trata y se encariña con sus cualidades y sus defectos, nos preocupamos por mostrar el hombre político. Yo siempre tendía a viajar hacia lo más familiar y le decía a Miguel que deberíamos incluir una conversación entre mi abuelo y mi abuela, para mostrar su relación, pero a veces se me iba la mano, por la cercanía. Él me decía cuándo consideraba si era pertinente. Esa codirección es básica. No sé si Miguel, que es historiador, hubiera hecho algo más político. M.S.: Se trata de tener un equilibrio con el relato mismo, por la película per se. Las cosas muy familiares que Daniela quería incluir, que eran muy hermosas, nos distraían a veces del relato principal, de la historia más grande que estábamos contando. Yo he hecho documentales que se han centrado en casos puntuales de la historia de Colombia, pero me interesa hacer eso desde el presente. Creo que fue un equilibrio de ambos lados, pues lógicamente, si se iba poniendo muy denso en su cosa histórica, tanto Daniela como yo nos íbamos dando cuenta. En esta película uno se ríe, se enamora, se cuestiona por el rol en la sociedad, por el rol de la misma Colombia. Es una parábola de este país: el injusto asesinato de un hombre bueno. ¿El libro se convirtió en algún momento en una imposición para ustedes o se permitieron algunas licencias? M.S.: El libro es la columna vertebral del documental, pero nuestra historia es la de un hijo contando la historia de su padre. Nunca pretendimos hacer una representación del libro, porque es una obra maestra y estamos hablando de dos géneros diferentes. Es una guía, mejor dicho. Yo abandoné el libro hace dos años y prometí no volver a leerlo porque sabía que lo que haríamos era algo distinto. Con él tuvimos muchas piezas de un rompecabezas que armamos y todo al servicio del relato audiovisual y su gramática. D.A.: Yo leí casi diez veces el libro, no sé, y la gente nunca sabe qué género es y probablemente tienda mucho a ser documental, en el sentido de que es realidad. Seguramente mi papá sí se tomó algunas licencias e interpretaciones de la misma, que hacen mucho más poética la historia, de alguna forma. A medida que íbamos investigando corroborábamos información que estaba incluida en el libro y nosotros nunca pretendimos copiarlo, sin embargo la estructura narrativa de la película es la misma que la del libro, porque es la vida de un hombre y la descripción de los hechos que llevan a su asesinato. Así como en el libro la muerte de Martha, la hermana con cáncer, es un punto de giro, en la película también, aunque nosotros lo hicimos de manera muy intuitiva. El documental tiene una parte muy bonita y es cuando en una cabalgata, mi papá, de repente, empieza a recitar un poema de León de Greiff: Relato de Ramón Antigua. Y un poema en un documental es algo atípico y me parece un gran logro. Entonces sí siento que nos tomamos unas licencias que permiten que el espectador tenga elementos bonitos, inclusive del escritor. Miguel, son diez años haciendo cine. ¿Qué le ha brindado codirigir y qué, en particular, le brindó esta película? M.S.: Me interesa contar historias, más que otra cosa. De alguna manera, por diferentes circunstancias, he codirigido tres películas. La primera vez (Robatierra) se dio la coyuntura con Margarita Martínez ; después (La Toma) me llamaron a realizar con Angus Gibson —de Sudáfrica—, y ahora sucedió con Daniela, que también fue una experiencia muy enriquecedora. Yo creo que cuatro ojos ven más que dos. Codirigir y dejar a un lado el ego enriquece el relato y hace que la experiencia de contar la historia sea más compleja porque se pone uno al servicio del relato más que de la visión del autor, quien me interesa que quede un poco al margen. Uno se vuelve cómplice cuando se lo está contando gente que lo ha vivido en carne propia. Creo que a Colombia le hacen falta historias con modelos diferentes, con modelos extraordinarios, como Héctor Abad Gómez. Daniela, si Miguel no hubiera estado ahí, ¿cabe la posibilidad de haber hecho sola esta película? D.A.: No, probablemente no me habría interesado ni me hubiera arriesgado. Sentí que era… no un deber, porque a mí no me gusta hacer las cosas por deber, pero sí como un regalo bonito que podía hacerle a mi familia. Aprendí mucho sobre el método de trabajo de Miguel, que, creería yo, es el método del trabajo documental: todas las entrevistas las transcribíamos. Nosotros teníamos escritas las escenas con preguntas que las justificaran, pero eso puede cambiar en el momento de grabar porque es realidad, entonces hay muchas cosas inesperadas que tú no puedes predecir y más de 80 horas de material por editar. También, tomé clases de historia con Ángela Arbeláez y descubrí y entendí muchos temas que antes no sabía, porque crecí y estudié en Italia.Yo me siento muy colombiana. Decidí en algún momento que las películas que quería hacer, quería hacerlas acá, porque la gente que me importa está acá y el lugar que me importa es este. No hay nada que hacer. ¿Cuál es el propósito de este documental, en caso de que haya alguno? M.A.: Las personas que nunca leyeron el libro y que no conocieron a Héctor Abad Gómez pueden entender quién fue ese hombre, que de alguna manera dio su vida por Colombia. Pero también la gente que ha leído el libro y que lo disfrutó va a encontrar muchos elementos nuevos, pues además de tener un archivo fotográfico familiar increíble, es un documental que muestra la vida como es, con las circunstancias de Colombia en un momento muy trágico de su historia. D.A.: Siempre repito, porque me parece importante: así como el título del libro habla del olvido, el documental intenta que este se prolongue. Busca que no se olvide la figura de mi abuela, ni de mis tías, ni la de mi papá, ni, por supuesto, la de mi abuelo. ¿Surgió la tentación de hacer una denuncia social y/o política con este trabajo o, por el contrario, se cuidaron de ello? D.A.: Siempre intentamos hacer un documental que no fuera político. No intenta buscar a quien asesinó a Héctor Abad Gómez. A mí no me interesa la política, a Miguel sí, pero yo creo que hay que partir de que cualquier gesto en el hombre es político y se puede tratar de hacer política sin hacerla, es decir, es mucho más político, para mí, hablar de los valores más simples: la familia o el amor por lo que uno hace, que quizá hablar de conservadores y liberales. Si te das cuenta, mi abuelo era un político que hacía política desde la salud pública, que todo el mundo tuviera agua potable, por ejemplo, o que se pasteurizara la leche; son cosas que tienen como intención ayudar a la gente. Enseñar a ser libres o a rescatar la importancia de la libertad de expresión, y enseñar también a hacer lo que a uno le apasiona, puede llegar a ser muy político, y eso era lo que hacía mi abuelo, un hombre valiente. Carlos Bernal nos proporcionó dos videos de la época de su precandidatura, uno en la Marcha del Silencio —por los desaparecidos—, una semana antes de que lo mataran, y otro en su rosal. De ahí la foto del documental, que nos gusta mucho, porque la forma en la que empuña las rosas es muy política, pero son rosas, no un cuchillo. *Coproducción de Carta a una sombra: Caracol Televisión Patrocinadores: Grupo Argos, Argos Cemento y Celsia, Grupo Familia. lanochemochila@gmail.com
  

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