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Andrés Burgos es escritor y nació en Medellín, en 1973. Esto, en el mundo de la literatura, significa que es un escritor muy joven. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara consideró no sólo que era muy joven, sino que su talento está escondido en Colombia y no ha salido lo suficiente del país, por eso lo incluyó, junto a Luis Miguel Rivas y Juan Álvarez, en la lista de los 25 secretos mejor guardados de América Latina.
Burgos ha publicado las novelas Manual de pelea (2004), Nunca en cines (2005) y Mudanza (2009), pero además de escritor, es cineasta y guionista de televisión. En este último oficio entró por la puerta grande, de la mano de Fernando Gaitán y escribiendo los libretos de la telenovela Hasta que la plata nos separe. Como cineasta, acaba de filmar Sofía y el terco, una película que tiene como protagonista a la reconocida actriz española Carmen Maura. En Twitter rezuma ironía y sarcasmo a través de su cuenta @pelucavieja. Y ahora está de visita en la Feria del Libro de Santiago de Chile para hacer parte del evento ‘Diálogo narrativo latinoamericano’. Lo cierto es que Andrés Burgos ya no es más un secreto.
Se mueve en tres géneros muy diferentes: la literatura, el cine y la televisión, pero siempre ha dicho que lo que quiere es escribir…
A mí básicamente lo que me gusta es contar historias; soy un narrador. Un narrador que ha tenido la fortuna de probar distintos empaques. Y las historias mismas han ido pidiendo el empaque…
¿Cada historia le dice, entonces, “yo soy un libro, o yo soy una película, o yo soy un libreto”?
Claro, algo así. En cuanto a lo práctico, yo hago televisión porque me parece un modo de vida entretenido, rentable y creativo. Tal vez me miran por encima del hombro por escribir telenovelas, pero siento que es un trabajo mucho más creativo que ser profesor de literatura y que enseñar “narratología”. Prefiero vivir de buscar el engaño con que la antagonista le va a hacer creer al protagonista que está embarazada de él. Me parece un buen modo de vida que me permite trabajar en mi casa en calzoncillos y devengar lo suficiente para dedicarme al cine y a la literatura con absoluta tranquilidad y un poco de irresponsabilidad, en la medida en que puedo contar en los libros y en el cine las historias que quiero y asumir la total responsabilidad de decir: “Esto es lo que voy a contar sin jugarme mayores concesiones”. Mi nevera no depende ni de los libros ni del cine. Y en esa medida siento que soy libre para hacerlo y hago lo que quiero, pero asumiendo esa responsabilidad. No hay ninguna presión porque todas mis concesiones están guardadas para la televisión, que es mi modo de vida.
¿Se puede decir que hacer televisión ha influido en su forma de hacer literatura?
La televisión es una oportunidad muy grande para pensar en interlocutores. Estoy contando una historia para quien no necesariamente tiene mucho que ver conmigo, pero a quien yo tengo que atraer, que seducir, y para ello debo tener empatía con sus sentimientos, con las cuestiones que los mueven, con sus expectativas y con sus fantasías. Para mí, trabajar en televisión se ha convertido en un llamado a dejar de mirarme el ombligo, que es una cosa a la que tendemos mucho los escritores, y a mirar en cambio a los demás, y a escuchar a los demás: “qué te mueve”, “quién sos”, para poder contarte, desde mi oficio, algo entretenido.
La literatura que se escribe en Colombia ¿está predestinada a contar la violencia en todas sus formas?
Yo creo que la gran historia del narcotráfico aún está por contarse, pero me parece que también eso a veces se puede volver una camisa de fuerza y yo mismo, dentro de mi obra, intento huirle a eso. El narcotráfico es un tema que, por ejemplo, en mi primera novela aparece, pero de forma tangencial, está insinuado. Está ahí presente como fantasma. A mí en realidad lo que me atrae, y lo que apoyo y aspiro a que a eso lleguen la literatura colombiana y el cine colombiano, es a un espectro; que se cuenten buenas historias de narcotráfico como se puedan contar buenas historias de evasión. Que exista Víctor Gaviria en el cine y que existan los hermanos Orozco; que exista Rosario Tijeras y que exista ¡Calcio!, la novela de Juan Esteban Constaín.