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Un sentir armónico llamado Petronio Álvarez

El Festival de Música del Pacífico comprueba, en su versión número doce, que la riqueza del folclor colombiano es incalculable. La apuesta por lo autóctono y el fomento a los nuevos grupos valen la pena. 

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En el folclor no hay secretos. No hay lugar para los interrogantes y las dudas, porque la transparencia brilla con luz propia. No hay colores predominantes, todos conviven en armonía y ninguno prima sobre el otro. Se mezclan y se vuelven una amalgama visible para todo aquel que decida, de manera intrépida, meterse en la onda del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, un evento que se disfruta con los ojos bien abiertos, los oídos atentos y el corazón dispuesto.

Pero más que un concurso musical, este certamen anual, que en esta oportunidad llega a su versión número 12, es todo un proceso cultural que tiene en cuenta aspectos tan relevantes como el patrimonio, las tradiciones orales, los instrumentos autóctonos y las formas de comunicación de una amplia zona de Colombia que durante cinco días y cuatro noches se toma muy en serio aquello del goce y el divertimento.

El Petronio, como se le conoce en las calles de la capital del Valle del Cauca, intenta contagiar con su alegría a propios y foráneos. En algunos rincones ni siquiera se conoce, pero en otros, como en el área del centro donde se hospedan los músicos y las distintas delegaciones procedentes del Cauca y Nariño, la alegría es total. Una conversación de tambores inunda el ambiente. Los artistas del primer piso entonan una melodía, mientras los del cuarto preparan, a punta de golpes de cuero, su respuesta. El tema es obligatorio: la música. Sin embargo, se aborda con libertad y complacencia.

Nadie asiste de mala gana a la Plaza de Toros de Cañaveralejo, que este año debuta como escenario del Petronio Álvarez porque su habitual sede, el teatro al aire libre Los Cristales, se quedó pequeño dada la acogida de este festival de música. Y si, por algún motivo, se asiste forzado, la convivencia pacífica, el clima agradable, el esmero de los grupos en tarima, los vestuarios llamativos y una música sin academia pero maestra a la hora de transmitir sentimientos, se encargan de aliviar cualquier molestia.

“Donde están todos los mundos/ aquí nomasito no más”, dice el estribillo de una de las canciones de un grupo de Guapi, Cauca, que participa en la competencia y que como todos sus contrincantes quiere ser el mejor, el más llamativo en sus trajes con pañoletas y sombreros de colores vistosos, faldas largas, muy largas, que se mueven al vaivén de las caderas danzantes de tres mujeres a quienes ni el tiempo, ni las nuevas tendencias sonoras les quitan lo ‘bailao’.

Tres canciones seguidas tienen los participantes para demostrarle al público sus capacidades. Terminan su interpretación y por regla del concurso se quedan estáticos, escuchando las manifestaciones de aprobación o desaprobación de un público selecto, complaciente y bailador. 

Mientras reciben los aplausos, que resultan ser como música para los oídos de los artistas, la tarima gira automáticamente y los integrantes del siguiente grupo aparecen en escena simulando ser estatuas. Con el paso de los minutos demuestran que están hechos de carne y hueso… pero que cada parte de ellos está diseñada para el arte sonoro. 

Como esos licores de elaboración rústica son las letras de muchas de las agrupaciones que participan en el Petronio Álvarez. A nadie le interesa la métrica, ni mucho menos las partituras. Aquí reinan el saber heredado y la destreza adquirida en un instrumento ejecutado durante años.

“El patrimonio de la educación lo debemos conservar/ porque esta sociedad ya no aguanta más”. Mensajes claros, contundentes, dosificados con ritmos alegres que el público aprovecha para bailar a manera de coreografía. Los de la arena y los de las tribunas son iguales, cantan lo mismo y están en una tónica similar: pasarla bien sin preocuparse por lo que están haciendo los vecinos.

Es una fiesta colectiva en la que el baile es grupal y al mismo tiempo personal, porque cada quien vive el concierto a su manera. Son miles de voces las que se funden en una sola para entonar coros como “De aquí pa’ allá y de allá pa’ acá/ para que puedan bailar”, en los que se corrobora que el Pacífico no solamente tiene influencias en los departamentos del Valle, Cauca y Nariño, sino que interfiere de extremo a extremo del país y que se escucha en naciones como Ecuador, Venezuela y Cuba.

Las marimbas de chonta, los violines caucanos y los tambores no ponen obstáculos para fusionarse con instrumentos modernos como la guitarra, el bajo y la batería. Todo lo que tenga que ver con el sonido, el goce y la voluntad se vale en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, un evento organizado por la Secretaría de Cultura y Turismo de Santiago de Cali y que, hoy por hoy, se ha vuelto esencial en la agenda de los melómanos colombianos.

En esta oportunidad el evento le rinde homenaje a un músico más tradicional que el formato de la chirimía: Alfonso Córdoba, más conocido en el ámbito artístico como ‘El Brujo’. Este personaje, con muchos años vividos y con muchas dolencias por complicaciones en su estado de salud, no se quiso perder de su fiesta y con su presencia engalanó cada noche de eliminatorias en la plaza de toros.

Lo de menos es la competencia, lo de más es saber que en este festival el Pacífico y lo pacífico son protagonistas. Las modalidades van y vienen porque el certamen está vivo y necesita evolucionar, crecer, consolidarse y, ojalá, internacionalizarse para demostrarle al mundo que en los asuntos del folclor no hay secretos, no hay que entender tanto y sentir más. 

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