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El año entrante, en medio de la celebración de su cumpleaños número 60, Juan Gossaín tendrá otro motivo para festejar: llega a los cuarenta años en el oficio del periodismo. Se le debe a un pequeño satélite, del tamaño de un plato grande, que este aniversario doble no se haya aguado, pues hace un año había anunciado su retiro para irse a vivir a Cartagena. “Me propusieron que con el satélite siguiera transmitiendo todas las mañanas desde aquí y estuve de acuerdo. Pensé entonces instalarlo en el apartamento, pero mi mujer dijo que sólo a bala le metían ese aparato en su casa”.
Ahora que el periodismo es terreno conquistado, las nuevas batallas las libra entre la literatura y la historia, entre la ficción y la realidad. En territorio de un género nuevo que él —con esa costumbre que tiene de inventarse palabras— ha denominado fisayo, por ser una mezcla entre la ficción y el ensayo. El gran triunfo reciente de esta campaña de guerra es su último libro, Etcétera, en el que, como dice su editor Miguel Iriarte, “no deja títere con cabeza”, pues decide reinventarse la historia.
Aquí los personajes más desprestigiados, como Nerón o Poncio Pilatos, recuperan algo de dignidad, y otros más reconocidos, como Jean Jacques Rousseau, son cuestionados: “Qué mérito puede tener nacer bueno, lo complicado es volverse justo”, discute Gossaín con ganas de meterse en una máquina del tiempo y poder debatir con cada uno de los protagonistas de sus relatos las teorías y convicciones que legaron al mundo.
“Mi pelea es con la lógica, la retórica y el racionalismo que pretenden acabar con la poesía de la vida. Peleo también con esa mala costumbre de desprestigiar a los enemigos. Aunque soy cristiano, no me parece justo lo que hicieron con Nerón. Lo convirtieron en un personaje tan deplorable que hasta se volvió nombre de perro”, cuenta mirando la bahía de Bocagrande, con indignación en la voz.
Entonces, partiendo de anécdotas reales, como una pregunta que le hizo Álvaro Cepeda a Alejandro Obregón: “¿Quién se come a los gusanos que se comen a los muertos?”, y jugando mucho con la atemporalidad y las licencias de la ficción, Gossaín plantea los temas que lo inquietan de manera personal: el tiempo, la nostalgia del pasado, los juegos del lenguaje, el poder de la poesía. El resultado es un acogedor libro de cuentos en el que aparecen personajes conocidos en escenas desconocidas, pero que al final dejan un saborcito agridulce, una pregunta por responder.
Regreso al Caribe
Con la bendición de la brisa y la tranquilidad que se respira a la orilla del mar impresas en su semblante, cuenta que el libro lo pudo terminar en las tardes y con la tranquilidad cartagenera. Admite que escribir no es divertido, pero es una necesidad. Y confiesa, un poco más en serio que en broma, que no sólo está feliz de volver al Caribe, sino que nunca debió haberse ido.
Pero esa decisión no la tomó el mismo hombre que habla hoy con la experiencia de lo vivido. Salir de San Bernardo del Viento fue la decisión de un muchacho de 20 años influenciado por un padre libanés fuera de lo común, que en lugar de estar pensando en hacer negocios y criar vacas, era lector de poesía y lector de diccionarios. En ese entonces, San Bernardo no sumaba más de 5 mil almas que salían en busca de futuro a Venezuela.
Un día, a ese pueblo perdido de Córdoba llegaron unas cajas sin destinatario que nadie osaba abrir. La curiosidad juvenil de Gossaín y sus amigos hizo lo propio y al abrirlas descubrieron que además de chécheres había unos catálogos en inglés. Unos traductores a quienes enviaron los libros a Cartagena explicaron que se trataba de las instrucciones del hospital que venía en las otras cajas. “Traía de todo: camas, medicinas, inyecciones, faltaban sólo los enfermos. Fue obra de una misionera española que contó en Inglaterra que aquí no había nada y nos mandaron eso”. La historia que Gossaín escribió y envió a El Espectador, único periódico que llegaba a su pueblo, fue tan sorprendente que se le abrió un espacio regular bajo el nombre de Cartas desde San Bernardo del Viento. El resto es la historia conocida por todos de sus años como redactor de El Espectador, su amistad con Gabo y Consuelo Araújo, su época de reportero.
Donde inventan las palabras
Hace un par de años, el mundo periodístico recibió con regocijo una noticia sorprendente: Juan Gossaín y Daniel Samper Pizano eran nombrados miembros de la Academia Colombiana de la Lengua. Entonces, Samper Pizano le propuso que hicieran una ponencia juntos sobre el vallenato. Quien fuera ocho veces jurado del Festival de la Leyenda Vallenata, decidió aceptar la propuesta del cachaco más erudito en la materia y hacer una presentación que ilustrarían con música en vivo. El hecho agradó a muchos y escandalizó a algunos, lo cierto es que fue el inicio de un nuevo planteamiento en la cabeza de Gossaín: el vallenato no es un género musical, sino literario. Pero esta idea la desarrollará el próximo año en el Hay Festival.
El ingreso a la Academia, además de ser un honor le dio una visión más amplia del español, “confirmé que el lenguaje es un juguete. Ahora siento la libertad de crear más que antes”.
Esto, seguramente, no fue un descubrimiento de última hora. Para un hombre que tiene más de cien diccionarios y ha confesado públicamente que son casi un fetiche, los secretos del español seguramente fueron revelados hace muchos años. Por eso algunas de las historias de Etcétera fueron simplemente el acompañamiento de nuevas palabras que inventó, como cronófago, que describe a la polilla que se come el tiempo perdido, y autofagia: el acto de comerse a sí mismo.
“El amor por los diccionarios lo heredé de mi padre, quien aprendió español leyéndolo todos los días. Es que es el único libro junto con la Biblia que se puede abrir en cualquier página”, cuenta con cierta nostalgia. De su padre, un inmigrante libanés que dejó su tierra para no volver, también aprendió que aquellos lugares del pasado es mejor guardarlos en la memoria intactos, que volver a verlos transformados.
Por respeto a esas argucias de la memoria que guarda todo mejorado en el rincón de los recuerdos, es que Juan Gossaín se ha negado siempre a volver a su natal San Bernardo del Viento. Lo mismo que hicieron sus padres con su natal Líbano. “Con mi primer sueldo fui a comprarles dos tiquetes a Beirut a mis padres y no me los recibieron. Ellos sabían que al volver tendrían que aceptar el paso del tiempo, los cambios, la muerte de sus seres queridos”. Así, en cambio, inmortalizaron todo en sus recuerdos.
Aprendida esta lección, Gossaín decidió hacer lo propio con su juventud y el San Bernardo de sus recuerdos en su cuento El peregrino: “Vuelvo la vista atrás y veo que nadie morirá en San Bernardo mientras quede un solo vivo que apague las velas y recuerde a los demás (…) Vuelvo la vista adelante, al futuro, y compruebo que el pueblo está congelado en la memoria, y todo el mundo vivirá feliz para siempre, incluyéndome a mí (…) Ahora vengo a descubrir que he vivido mi vida como un peregrino, condenado a no terminar jamás la romería de regreso al lugar donde habitan los fantasmas”.
Esos pensamientos sobre la nostalgia, la certeza de que los territorios de la poesía no necesitan demostración y que el respeto a la democracia hubiera sido el responsable de que Pilatos liberara a Barrabás en lugar de Cristo, son los que ocupan la cabeza del gran periodista, quien prefiere convertirse en el Don Quijote de los vituperados por la historia, hasta que llegan las cinco de la tarde y sus compañeros del ‘Club de la Patilla’ —como denominó su hija Isabella a los compañeros de caminata— lo llaman para salir a recorrer la bahía con la brisa de la tarde. Entonces se convierte en el horizonte infinito que le despierta la creatividad para seguir escribiendo: etcétera, etcétera.