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Una mirada irónica sobra la colonización del Eje cafetero

Médico, basquetbolista y cinéfilo, el novelista manizaleño Octavio Escobar Giraldo es miembro de una generación de narradores colombianos que a punta de esfuerzo y audacias estilísticas se ha ganado un espacio en el gusto de los lectores y de las academias

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1851, ficción recientemente reeditada, al acudir a la ironía y al humor rompe con las maneras tradicionales de contar la colonización del Eje cafetero, convirtiéndola en una rara avis del boom de la novela histórica nacional. 

1851 es, hasta ahora, su única novela histórica y centrada en personajes campesinos. ¿Cambió en algo su escritura al cambiar de época y de escenario? ¿Qué une y separa esta novela del resto de las suyas? 

Creo que mi escritura cambió, pero no sé qué tanto. Tuve que ser muy cuidoso con los diálogos, para que el lector de hoy los considerara del siglo XIX y, al mismo tiempo, los leyera sin dificultad. La novela tiene una estructura en la que el juego, la ironía, los intertextos, participan como en otras de mis obras, y también la influencia del cine está presente, así que pese a trasladarnos a la Antioquia conservadora y clerical de la presidencia de José Hilario López, creo que es muy coherente con lo que hice antes, y el aprendizaje en el que se constituyó su escritura, me permitió afrontar proyectos posteriores, Después y antes de Dios, por ejemplo, la novela que me premiaron en España. 

En alguna parte dice usted que con 1851 buscó meterse en la piel del siglo XIX colombiano. ¿Cuál fue su procedimiento de investigación documental? ¿Qué encontró en esa búsqueda que ilumine en parte nuestro presente? 

La vida en el siglo XIX en Colombia era muy distinta. El solo hecho de que la luz del día regulara todas las actividades, ya hacía que su cotidianidad fuera muy diferente a la nuestra, y entenderlo es básico para un novelista. Así que leí muchísimos textos sobre guerras, generales, disputas partidistas, en los que yo buscaba el detalle doméstico, ese que me permitía componer una escena, entender una costumbre. Me di cuenta de que la mayor parte de los libros sobre la colonización antioqueña son la repetición de la repetidera, o cantos de amor a la raza sin ningún rigor histórico. También me di cuenta de que las luchas por la posesión de la tierra fueron entonces, como ahora, la causa de los mayores conflictos. La novela nació de leer sobre uno de estos conflictos, el relacionado con la Concesión Aranzazu. 

Detengámonos en ese punto: hasta ahora los libros sobre la colonización del Eje cafetero han sido o investigaciones históricas o novelas que aspiran a fundar una tradición. 1851 se diferencia del resto por la manifiesta ironía. ¿Cómo construyó la historia? ¿Por qué empleó el formato del folletín? 

1851 no aspira a fundar ninguna tradición, por la sencilla razón de que fue escrita con profunda irreverencia. Mis arrieros son de carne y hueso, no prohombres, y mezclo las minucias de la vida cotidiana y los debates políticos de mayor trascendencia, por eso las permanentes alusiones al folletín, un género popular, habitualmente despreciado, antecedente de muchas cosas, hasta de las telenovelas. Esa vocación antiheróica de mi novela la refuerzan las paráfrasis del Quijote, que denuncian también una forma de concebir la novela, la ironía y el caos que hacen ejemplar a Cervantes. En 1851 hay dos líneas argumentales sencillas: el conflicto por la posesión de las tierras y un adulterio femenino. Ellas tienen que sobrevivir a las ganas de jugar de sus voces narrativas. 

Hablemos de Después y antes de Dios. ¿Qué significó en su carrera novelística haber obtenido un premio internacional? ¿Se le abren las puertas de las editoriales a un autor premiado por fuera?

Primero la satisfacción, casi sería mejor decir que el alivio, de saber que uno supera la prueba de medirse con más de doscientos autores de España y América. El Premio Ciudad de Barbastro es monetariamente significativo y está en el top de los concursos españoles honrados, y además es publicado por una editorial muy prestigiosa, Pre-Textos, pero carece de una gran presencia mediática, porque no tiene asiento en una capital ni se beneficia del aparato publicitario de una multinacional del libro. Sin mucha bulla es difícil que se abran muchas puertas, más si el autor vive en lo que llaman provincia, pero por supuesto algunos editores se vuelven más receptivos. Lo que más me gustó de Después y antes de Dios fue que me convirtió en profeta en mi tierra cuando no lo esperaba y que resultó atractiva para un público totalmente distinto. La novela trata sucesos que revelan una cara poco amable de Manizales, y sin embargo en la ciudad se leyó con pasión. Simultáneamente, fue recomendada su traducción al inglés por paneles ingleses y norteamericanos de lectores especializados. Una maravilla. 

Caldas ha sido el escenario de muchos de sus textos. ¿Qué tanto ama y odia a su patria chica? ¿Qué opinión le merece la tradición literaria caldense? 

Amo y odio a mi región tanto como ama u odia su terruño cualquier persona. Me gusta vivir en Manizales, pero soy consciente de su idiosincrasia y sus limitaciones. Creo, por ejemplo, que la oratoria grecolatina fue sobresaliente en la época en la que los discursos decidían el destino del país, pero creo también que es un mérito literario caduco. Espero, por el contrario, que lo que han escrito los caldenses en los últimos veinticinco años, salga bien librado en los balances generales, aunque su difusión haya sido pobre. Uno siempre tiene la esperanza de que la academia y los lectores corrijan los entusiasmos de momento y rescaten a los valores verdaderos.

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