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En esta obra se habla poco, el cuerpo es el protagonista, las artes visuales y las escénicas pierden sus límites y la escenografía se vuelve un personaje. Con elementos visuales y apuestas rítmicas que retoman obras extranjeras que han visitado el país, como la argentina Fuerza bruta y la israelí Mayumaná, la compañía nacional Velatropa intenta desbordar la idea más tradicional y comercial de teatro y proponer con situaciones paradójicas una reflexión sobre la violencia.
Todo comienza cuando cada espectador recibe antes de entrar a la sala un par de bombas de agua acompañadas de un texto que explica todas las características destructivas de una granada de fragmentación. Desconcierto y algo de incomodidad se muestra en la audiencia que parece no saber muy bien qué hacer con los fríos objetos.
Cuando la obra se ha desplegado y todos casi han logrado olvidar las bombas, el músico —que siempre está activo en escena— hace un llamado por el megáfono ¡Pelotooon!, para luego incitar a la audiencia con otro alarido ¡Alisten, apunten, fuego! En una especie de catarsis colectiva el público entre carcajadas lanza las bombas a los actores que resultan destruidos por el húmedo ataque.
Pero no han logrado opacarse las risas cuando un hombrecito que se encarga de recoger los escombros descubre que todos los actores están muertos y lanza una tremenda mirada a la audiencia, que parece confundirse con una sensación de vergüenza. De repente se han convertido en victimarios. “Así es Sin fin”, explica la directora Paula Sinisterra, “una obra que a partir del juego intenta que el público tenga un encuentro muy reflexivo con la violencia, con esas que nos resulta a veces tan extraña”.
Con un juego de ritmos construido a partir de golpes corporales con periódicos, con una apuesta escenográfica que hace gala de trapecios y un balón gigante, Sin fin, de Velatropa, recrea el sin sentido y la agresividad inherente de situaciones cotidianas como las filas en el banco y un día de sol en la playa. “La violencia cotidiana es la que más vivimos y desde ahí hay que entender lo que le pasa al país”, concluye Sinisterra.