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Entre los escritores colombianos de la generación posterior al Nadaísmo, José Vicente Latorre ocupaba un lugar promisorio por su talento precoz, la búsqueda de una expresión independiente y el virtuosismo en el manejo del lenguaje.
Nacido en Medellín en 1946, murió en 1972 en un desafortunado accidente. Su padre ocupó un cargo diplomático y ello hizo que viviera su infancia en Canadá. Huérfano de madre a temprana edad, la lectura fue su refugio y esta, secundada por sus dotes de políglota, le proveyó una cultura universal. Antes de alcanzar la mayoría de edad comenzó a destacarse como creador y gestor de cultura: incursionó en el periodismo, dio recitales, montó con éxito sus propias piezas de teatro y publicó textos en diarios y revistas.
También sostuvo un asiduo intercambio epistolar con Gonzalo Arango, que habría sido de gran interés para ilustrar el diálogo intergeneracional de dos intelectuales sobre la marcha del país y la cultura, de no haberse irremediablemente perdido. La muerte repentina condenó su obra inédita al azaroso trasegar de los infolios amarillentos, de donde la amorosa devoción de su hermana y sus amigos la ha rescatado parcialmente, para la literatura nacional, con la edición de este libro.
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Los textos recuperados son de difícil clasificación. Podría decirse, sin lograr abarcarlos, que son poemas en prosa o que pertenecen al género elusivo de la minificción, habida cuenta de su brevedad, el refinamiento lingüístico, la hibridez entre géneros, la intertextualidad y el uso de la elipsis. Al igual que en ciertos escritos de Jorge Zalamea, de Saint John Perse, o en las narraciones legendarias de Las Ciudades Invisibles, de Italo Calvino, su barroquismo no es alarde retórico, sino belleza exuberante que desnuda y vela con el claroscuro de su poesía enigmática.
Fragmento: “Memoria”
Meses después de la única victoria de nuestro ejército supe en sueños que había matado a un hombre, de quien retuve una medalla y una carta que aún no he leído. La emboscada era perfecta, tras los troncos se podían ocultar dos caballos y cuatro hombres, y nuestras balas eran certeras. Hoy he recordado ese terror al leer en los viejos papeles íntimos una vida que me fue vedada, y he sabido que hace años fui muerto en el llano por un hombre que arrancó de mi pecho una medalla y vació mis alforjas tras de un árbol donde se ocultaban cuatro caballos y dos enemigos de impávido puñal.
Todos los textos configuran un solo relato proteico y poliédrico que remite a los arquetipos y conecta las esencias. Cabe decir con certeza que son hermosos. En ellos el autor oficia como un taumaturgo que traduce, con las sonoridades del oráculo y la elegancia del buen decir, las historias circulares impresas en la mano del destino. Él mismo nos deja entrever el caudal filosófico que permea y unifica su literatura, cuando dice para instalarnos en los terrenos del mito: “Esta página temerosa y torpe intuye que por dios existe el demonio, por el blanco el negro, por el pájaro el tigre. De alguna manera, o de todas, yo existo en el sueño del universo porque existe usted”.
Fragmento: “Chamán”
Un chamán del clan jaguar regresa de su largo desatino por aires germinales y galerías de niebla donde se esconde la esencia, y apenas vuelto anuncia que ha sido salamandra inextinguible, serpiente voraz y halcón certero.
Alguien le pregunta, tal vez por boca del ávido kumú, si algún día ha sido chamán del clan jaguar que regresa de su largo desatino por aires germinales y galerías de niebla donde se hurta la tarde que lo abandona.
Sobre la obra de José Vicente Latorre, Elkin Restrepo (Premio Nacional de Poesía León de Greiff, 2018) opina que “está en la línea, a mi parecer, de Lezama Lima, Arreola y Borges” y que “sus textos sorprenden por su forma, rica en relaciones temáticas y erudición al servicio de la poesía. Son muy bellos y nada comunes. Debería hacerse un libro con ellos, un muy bello libro donde se le permita a Vicente, tantos años después, tener la suerte que le arrebató la muerte”.
Fragmento: “El río”
Acaso porque nadie había recorrido todos los caminos del río se difundió la noticia de que su curso pardo terminaba en la muerte o en el extravío. Hubo entonces la necesidad de atraer osados marineros de otros países, pues se trataba de perseverar en la costumbre de las lanchas que rompen la niebla y de las barcazas que naufragan en noches de tempestad. Se preservó así la rigurosa tradición, pero en el reino solo se produjo el alivio cuando el Colegio de Cartógrafos ordenó que los desaparecidos no debían ser buscados en el río, sino en los mapas.
Sería deseable una publicación que reúna los textos que sobreviven. Con la presente edición se da un primer paso para evitar que el final infortunado de este escritor conlleve la pérdida de su obra y el silencio definitivo de su voz inusual.
Fragmento: “Muerte”
Esa tarde de júbilo general fue el verdugo que separó de un tajo certero la cabeza de escarnio del rey. La noche de ese mismo día sería la víctima de una legión cuyo único rostro creyó reconocer. Al despertar comprendió que ambas realidades eran inobjetables y se entregó a ese otro sueño: la muerte.