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En 1992 volaron las primeras balas de la Guerra de Bosnia, un conflicto producto de las tensiones políticas heredadas de la disolución de la antigua Yugoslavia y el fin de la Guerra Fría. La lucha por la independencia de la actual Bosnia-Herzegovina duró tres años y sus días pasaron con el tradicional trajín del conflicto. Y si bien no hay nada “tradicional” en los días de guerra, sí sucedió algo que no cabe bajo la sombra de lo rutinario, el 17 de agosto de 1993, en Sarajevo. En pleno asedio y con el olor de pólvora todavía en el aire, se hizo la primera función de la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot, dirigida por Susan Sontag.
El proceso, minuciosamente documentado en su crónica ‘Esperando a Godot en Sarajevo’, fue un acto de rebeldía en contra de la violencia que se había hecho rutina y una demostración de que el arte puede tener un lugar incluso en medio de las condiciones más violentas y deshumanizantes. En sus palabras, “montar una obra es muy significativo para los profesionales del teatro locales en Sarajevo porque les permite ser normales, es decir, hacer lo que hacían antes de la guerra; y no solo porteadores de agua o pasivos receptores de ayuda humanitaria”.
El montaje de Esperando a Godot fue uno de los muchos episodios de la memorable vida de Susan Sontag, que fue una de las mentes brillantes del siglo XX. La escritora, filósofa, cineasta y crítica literaria norteamericana pasó sus días reflexionando sobre la guerra, la fotografía, la literatura, la enfermedad y tantos temas más que tuvo que atravesar durante su vida. Ahora, veinte años después de su muerte, vale la pena recordar aquello que el mundo perdió con su partida, pero, sobre todo, lo que ganó desde su llegada.
Temas y problemas de la obra de Susan Sontag
El hermetismo del arquetipo académico era algo que Susan Sontag rechazaba de manera tajante, sobre todo aquel que se enfocaba en pensar que las obras de arte “decían algo”. Como si el Guernica solo fuera valioso porque existió la guerra civil española. Por eso, en 1964 publicó Contra la interpretación en la revista Evergreen Review, un ensayo que defiende la idea de que las obras de arte han sido víctimas de una especie de ‘domesticación’ por parte de la Academia, que solo se contenta con ellas cuando las cataloga debajo de alguna categoría.
En este texto, Sontag afirmaba que “interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados. Es convertir el mundo en este mundo (¡’este mundo’! Como si hubiera otro)”. Fue uno de sus primeros grandes trabajos y hasta el día de hoy se considera como una pieza clave en la forma en la que nos aproximamos al arte.
Más adelante, durante la década de los 70, su popularidad como intelectual creció aún más a raíz de una serie de ensayos que en 1977 fueron compilados en un libro sobriamente titulado Sobre la fotografía. Con ellos, Sontag redefinió los parámetros según los cuales se hace la crítica fotográfica, pues para ella se trataba de un arte completamente distinto a todos los demás, por el hecho de que había algo inexcusablemente real en ella.
“Esas imágenes son capaces de usurpar la realidad porque ante todo una fotografía no es solo una imagen (en el sentido en que lo es una pintura), una interpretación de lo real; también es un vestigio, un rastro directo de lo real, como una huella o una máscara mortuoria”, escribió.
Parecía estar en la cúspide de una brillante carrera, y de hecho lo estaba, pero a finales de esa década recibió un diagnóstico de cáncer de seno, con el que tuvo que luchar hasta el día de su muerte. Sin embargo, para ella esta fue la oportunidad perfecta para entrar en otro de los grandes temas de su obra: la enfermedad. La noticia la puso a trabajar en un libro que publicó ese mismo año titulado La enfermedad y sus metáforas, un proyecto que, además, habría de tener una segunda parte diez años más tarde, en 1988, con la publicación de El SIDA y sus metáforas.
En estos textos, Sontag criticaba el pudor y la lástima con la que se hablaba de las enfermedades y los enfermos. Sumado a estos dos trabajos de investigación, en 1986 publicó el cuento Así vivimos ahora en la revista The New Yorker, un relato polifónico sobre el estado de un paciente moribundo por una enfermedad que nunca se menciona. Un breve pasaje por la obra de Sontag no puede obviar lo importante que fue este tema para ella y lo trascendentes que fueron sus ideas con respecto a la estigmatización que surgió con el auge del SIDA a finales de siglo.
Sin embargo, hay un tema en particular que la acompañó durante la mayor parte de su vida creativa. La guerra, que parece que nunca para, solo se desplaza, fue un tema mayor en su obra y el que la impulsó a escribir uno de sus últimos trabajos.
Ante el dolor de los demás
“¿Quién cree en la actualidad que se puede abolir la guerra? Nadie, ni siquiera los pacifistas. Solo aspiramos (hasta ahora en vano) a impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan gravemente las leyes de la guerra (pues la guerra tiene sus leyes, y los combatientes deberían atenerse a ellas), y a ser capaces de impedir guerras específicas imponiendo alternativas negociadas al conflicto armado”, escribió Sontag en Ante el dolor de los demás.
Este pequeño libro fue publicado en 2003, un año antes de su muerte, y es una profunda reflexión acerca de la guerra y nuestra forma de retratarla. Sontag hace un repaso por las fotografías más representativas de algunos de los grandes conflictos que vivió, desde la guerra de Vietnam hasta los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, para analizar las maneras en las que construimos nuestro relato de la guerra. Sontag, más allá de describir el horror del combate, interpela a los periodistas que aprietan el gatillo, cuestiona su rol dentro de un ciclo de violencia. Pero, aún más importante, nos interpela como espectadores. En un mundo en el que las aperturas de los medios están plagadas de imágenes del desastre, nos hace pensar en nuestro rol como testigos de aquello que pasa lejos de nosotros.
Hay mucho que queda por fuera en este breve homenaje a la inmensa obra de Susan Sontag, pero detenerse en Ante el dolor de los demás es honrar su idea de que “recordar es una acción ética”. Este ensayo es sobre todo una reiteración de que todos los que no hemos estado en un campo de batalla “no podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y cómo se convierte en normalidad”. Cada foto violenta que veamos debería hacernos pensar en ella.