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Yo venía con mi hermanito. Él tenía cuatro años y yo, 13. Cuando vi a mi papá amarrado por unos hombres, me abrió los ojos así, grandes, y ahí dije: “Lo van a matar”. Me metí a mi hermanito entre las piernas y traté de escondernos. “No, ahí están mis hijos”, les dijo él a esos tipos cuando nos vio, pero me sacaron de donde estaba y me dijeron: “Para que veas cómo se mata a un sapo”.
***
Cada vez que se escuchan voladores en Córdoba Tetón, Catalina* entra en pánico. Así lo dice: quedó traumatizada por el asesinato de su papá y por el de otros tantísimos vecinos suyos. Lo mató un grupo armado ilegal porque su tío, el hermano de su padre, estaba en otro grupo armado ilegal: “Justos por pecadores”. Sus hijos no conocen los detalles de lo que le pasó: ella carga con esa rabia, pero no entiende cómo sanarla ni sacarla. Simplemente no habla de ella. Que se siente resentida, pero si en ese momento no había psicólogo, ahora no sabe ni cómo acercarse a una terapia en la que tenga que volver a contar cómo fue que, además de ver cómo lo asesinaron, tuvo que esperar a que los asesinos se fueran para recoger el cuerpo: “Duró un día ahí tirado. Los animales comieron de mi papá muerto. Después lo recogimos, pero no se hizo nada. Lo enterramos y ya. Yo me fui a los meses de aquí”.
Después regresó, pero su rebeldía —en ese tiempo sin causa (eso creía ella y eso le reprochaba su mamá)— la condujo a casarse a los 15 años y quedar embarazada. Salió a Cartagena, después paró en Sucre y allá se quedó durante unos años. Se convirtió en estilista. Sus hijos crecieron, ella se separó. Ahora tiene otra pareja, un hombre que, a los 22 años, recogió los cuerpos desmembrados de la masacre que se produjo en El Salado, ocurrida del 16 al 21 de febrero del 2000. Ahora tienen un hijo de ocho años, el mismo tiempo que lleva de haber regresado a Córdoba Tetón.
“Aún me asusto cuando me preguntan si soy guerrillera o paramilitar. A este pueblo lo ven malo, pero quien llega se amaña aquí. Y yo ahora me encargo de maquillar a las mujeres que bailan y se presentan en festivales y eventos nuestros. Soy estilista”.
***
Dos niñas con vestidos azules y morados estaban bailando en frente de la tarima. Tenían el cabello recogido y su maquillaje tenía los mismos colores del vestido. Ya se habían presentado. Yo llegué tarde, así que solo las vi cantar, pero no supe el nombre de su grupo, ni escuché las letras de las canciones, ni identifiqué el género que representaron. Solo las vi abrir la boca muy grande, tan grande, que sus pechos parecían hincharse, sus venas se brotaban en el cuello y sus frentes se arrugaban. Yo ya había tenido micrófonos en la mano y me decían que me alejara un poco, que no hablara tan cerca porque se oía mal, así que me pregunté cómo hacían para que semejantes voces, que salían con esa fuerza, no reventaran los parlantes.
Los pasos parecían de cumbia o de porro. Mientras bailaban, se presentaban grupos que tocaban distintos géneros, pero ellas sabían moverse con todo. Eran coquetas, pero no para seducir: su coquetería parecía un juego entre la música y sus vestidos, como si ganar dependiera de que lo hicieran con gracia y, sobre todo, de que se divirtieran. Esa forma de mover sus hombros, de acercar las puntas de las faldas a las caderas con sus manos, de batir esas telas, me antojaron: yo también quiero ser una mariposa de los Montes de María. Alguien que tenía muy cerca me dijo: “Se ve incómodo, esos vestidos parecen pesados, y este calor…”. Pero ellas no sudaban. Se veían frescas, parecían volar. Es más, parecía que esos vestidos las ventilaban, como si ese baile fuese un aliento fresco para la humedad que a nosotros, “los cachacos”, nos ponía los cachetes rojos y nos hacía contar las gotas de sudor.
“Yo te consigo el vestido y te mandamos a maquillar”, me dijo Ricardo Acosta, el jefe de comunicaciones del Instituto de Cultura y Turismo del departamento de Bolívar. Parecía un compromiso serio, pero yo no le creí, así que dije que sí. Un grupo de periodistas estábamos allí por la primera edición de Festimaría, festival de Córdoba Tetón. Y el pueblo estaba en función de eso: había un escenario con estructuras que parecían tocar el cielo, como las de los conciertos más grandes de las capitales, y comida amarilla, por frita, pero repleta de colores, por las salsas (aunque sospecho que la abundancia de comida callejera no era una excepción).
Mis colegas y yo desayunamos con chicharrones de San Juan de Nepomuceno, visitamos el Museo Comunitario de San Jacinto, vimos cómo se fabricaban las gaitas y buscamos café. Almorzamos con totuma, probamos las hamacas, conocimos el Museo de Lucho Bermúdez en El Carmen de Bolívar y rogamos por más café. Tuvimos una clase de porro, probamos las chepacorinas, hicimos la ruta del ajonjolí, almorzamos pescado frito y recorrimos el río en una chalupa. Al final, casi que nos arrodillamos por más y más café (del que fuese, buscado por todos lados, escondido entre las piedras).
Todo esto se desarrolló mientras, al fondo, escuchábamos bullerengues, cumbias, fandangos, pullas, gaitas, mapalés, porros palitiaos y tapaos, vallenatos y reguetón. Lo hicimos en tres días y el cierre de cada jornada se hizo en Festimaría. El segundo día, el sábado, llegué desesperada a la Casa de la Cultura de Córdoba: no encontraba un ventilador por ningún lado y mucho menos aire acondicionado. Vi a Ricardo, sentí alivio: tenía que saber dónde había aire. “Mira, aquí está”, me dijo cuando me vio y me señaló una montaña de telas fucsias y amarillas que colgaban de las patas de plástico de una silla Rimax. Me reí. Sentí tanto calor al ver todo ese montón de telas, que alcancé a arrepentirme, pero el vestido ya estaba ahí. Acordamos vernos en la noche para vestirme de “flores, alegría y naturaleza tropical”.
A las siete de la noche llegó Catalina*, la maquilladora. La casa en la que me vestí solo tenía aire acondicionado en una habitación. La pedí como pidiendo agua. El vestido tenía dos partes: la del tronco, que era una suerte de blusa que se ajustaba en la espalda, tenía mangas largas, encajes y unos boleros en los brazos, y la falda. Pedí ayuda para la parte de arriba: cerró a las malas, me quedó pequeña, pero si no respiraba, podía cerrarse. Así que no respiré. Y la falda, un arrume de telas infinito, que es así de amplio para resaltar el movimiento, se ajustaba a la cintura con cuatro tiras que yo solo descifré cuando salí del baño a la habitación que tenía aire: entre el ahogo por la blusa pequeña y la humedad, no podía pensar. Si no estás acostumbrado al calor, sudar sin contención, como si al cuerpo le estorbara la piel, no te deja hacer muchas conexiones: te secas la frente sin parar, y casi que pierdes la esperanza de mantenerte seco, pero insistes en pasarte las manos y los brazos por cada sitio en el que sientes humedad.
Me senté en una de las camas y le despejé la cara a mi maquilladora, que dispersó en las sábanas unas sombras de colores similares al vestido, labiales rojos y fucsias, unos polvos Nailen, lápices de colores y brochas. Durante la sesión, me contó que ahora era estilista, pero que no siempre había vivido en el pueblo, que había regresado ocho años atrás y que se había ido después de que a su papá lo mataran frente a ella, que tenía 13 años y que su hermano cuatro cuando eso pasó. El calor dejó de importar gracias al aire y a su historia, que fue contando mientras se acercaba, se alejaba, se movía y se acomodaba para mirarme la cara y los colores del vestido. “El maquillaje tiene que sobresalir”, decía, y repasaba y combinaba tonos. Al terminar, me puso una pañoleta amarilla como una balaca, un toque que agradecí porque me despejó la frente: ya podía sudar más tranquila.
No hubo camas para nosotros por el festival, se llenó todo, así que los periodistas dormimos en otro pueblo relativamente cercano llamado Zambrano. Para movilizarnos en la noche, teníamos que ser escoltados por la Policía: la carretera no estaba pavimentada ni señalizada. “No corren peligro, no les va a pasar nada, pero por las dudas”. ¿Y si queremos irnos sin escolta? “Bajo su responsabilidad”.
Cuando estuve lista, eran las ocho de la noche. El calor no menguaba, al contrario. Nos devolvíamos a las diez, así que me esperaban dos horas con esa falda sobre las piernas, que, más que bailar, comencé a batir para ventilar. El vestido que tenía puesto se usa en eventos culturales, festivales folclóricos, celebraciones patrias, días de la afrocolombianidad y fiestas patronales; era para bailar cumbia, bullerengue o fandango, géneros típicos de los Montes de María, y fue hecho por modistas o costureras tradicionales que, en muchos casos, son madres cabeza de familia o artesanas de la región.
Fue inevitable el contagio: a pesar de no ser de allí, me sentía camuflada, aunque para los locales era evidente que ese vestido y yo nos acabábamos de conocer. En la plaza había una multitud y en el escenario los artistas iban y venían: vallenato, champeta, porros, cumbias… Esta, que era su primera fiesta municipal —de ellos, para el resto—, era un éxito: solo se veían cervezas, Electrolits y algunas aguas circulando por el cielo. Parecían volar: los brazos que las sostenían eran anónimos. Me impresionaron las mujeres que, a pesar del calor, se veían frescas: el maquillaje no se les movía, no sudaban. Por fin, después de unos cuantos pasos de baile, me aclimaté, y en ese momento llegó alguien a avisarnos que la Policía estaba lista para escoltarnos hacia Zambrano.
A la casa en la que nos estábamos quedando, llegué con los ojos manchados de una mezcla de verdes y fucsias que también tenía en la palma de mis manos. Los dedos untados de labial y en los labios una mancha roja que no me los definía, sino que me los extendía. Lo primero que hice fue desabotonar la parte superior del vestido: respiré aliviada y me miré al espejo. Ya no parecía una mariposa de los Montes de María, no como las que nacen allí, pero sí me sentía como una suerte de pájaro, tal vez como un mochuelo (eso quiero pensar): a pesar de no ser montemariana, sí soy colombiana. Y en ese reflejo sí que me vi de aquí, de estas historias violentas y de estos miedos por los nombres de los grupos armados o el sonido de las balas, pero, sobre todo, por la felicidad de saberme los vallenatos, por la facilidad con la que bailé las cumbias (eso quiero pensar), por la nostalgia por mis abuelos que sentí al escuchar a Lucho Bermúdez, y por la emoción con la que, como el conductor de nuestro bus, canté “Relicario de besos” mientras la carretera se siguió expandiendo, como si fuese infinita.
*Atendiendo el pedido de la protagonista de esta historia, su nombre real fue sustituido.