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Volver a Portugal

‘Portugal mon Amour (La Cage Doreé)’ es el primer largometraje de Ruben Alves, un francés de padres portugueses.

26 de septiembre de 2013 – 05:00 p. m.
María y José se convirtieron en una pareja indispensable para la vida de sus vecinos en un barrio elegante de  París. / Cortesía
María y José se convirtieron en una pareja indispensable para la vida de sus vecinos en un barrio elegante de París. / Cortesía

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María y José son portugueses. Viven en Francia desde hace muchos años, más de 30, y son felices con lo que hacen, o eso creen. María y José tienen una hija, Paula, que es abogada y que nunca ha viajado a Portugal. Que ha tenido novios, como todas las jóvenes, pero que los ha tenido que esconder, muchas veces. En Portugal la cultura es mucho más conservadora que en Francia. María y José tienen un hijo, Pedro, que está enamorado de una niña de cabello rubio y de rasgos suaves. Estudian en la escuela y viven en el mismo barrio. Pero no son iguales. Nunca van a ser iguales, por más que Pedro lo desee profundamente.

María y José son inmigrantes. Viven en un barrio muy elegante de París, pero ellos mismos están lejos de ser refinados. Viven en la planta baja de un edificio de “gente bien” y son una típica pareja, un ama de llaves y un capataz, diligentes, trabajadores. Están siempre ahí, disponibles, para colaborar, para asistir, para contribuir. Eso es lo que saben hacer y así acostumbraron a los demás.

María y José reciben una carta. Tienen la posibilidad de volver a Portugal, tienen una casa, una herencia que los espera. Pero los demás no quieren que se vayan. Necesitan tener al lado a aquellos que nunca les dijeron que no. Y así empieza todo el drama. Una pareja de inmigrantes en Francia ante el cuestionamiento de volver o no a su país de origen. Esa es Portugal Mon Amour (La Cage Dorée), una película de Ruben Alves, que viene a Colombia este año dentro del marco del Festival de Cine Francés.

Y era precisamente eso lo que quería mostrar Alves, ese cuestionamiento. “¿Van a dejar los demás que volvamos?”, se preguntan María y José Ribeiro. Y cuando llegue el momento de volver, ¿querrán realmente hacerlo? Nunca se había hecho una película sobre inmigrantes portugueses en Francia. Pero la idea de hacerla había surgido al revés. Alves había escrito un guión sobre franceses en Portugal, y fue su productor, Hugo Gelves, un amigo de infancia con el que había empezado a filmar películas aficionadas, quien le dijo que no, que lo hiciera en la otra dirección: sobre inmigrantes portugueses en Francia. Finalmente, era un mundo más cercano al que él había vivido. “No es una película totalmente autobiográfica porque la historia narrativa, lo que acontece, todo es ficción. Pero hay ciertas cosas de los sentimientos y de las relaciones que sí se reflejan ahí”, afirma.

Con el personaje de Pedro, por ejemplo —con quien muchos lo relacionan directamente—, más que contar su propia vida, lo que quiso hacer, al ponerlo frente a diferentes situaciones, era mostrar el sentimiento que muchos adolescentes hijos de inmigrantes tienen frente a su situación, a tal punto de querer esconder sus orígenes. ‘”Esta historia puede ser transversal”, dice al respecto, “puede estar hablando no sólo de los portugueses sino de los inmigrantes en general”.

Y así fue, eso fue lo que lo sorprendió. La respuesta que tuvo el público frente a la película. A pesar de ser su primer largometraje, a pesar de que había decidido no escoger actores ampliamente reconocidos en el medio —porque se le metió en la cabeza que tenían que ser portugueses o de influencia portuguesa, dizque para darle autenticidad a la historia—, a pesar de todo eso, empezó a recibir cartas de viejos, de jóvenes y de niños; inmigrantes todos. Que le agradecían. Los unos porque se habían conmovido con las relaciones de la película, porque habían ido por primera vez a cine sólo para verla; otros porque se habían sentido plenamente identificados, y otros, los jóvenes sobre todo, que le decían que ahora, después de haber visto la cinta, se sentían plenamente orgullosos de ser portugueses. Habían visto, desde otra perspectiva, las dos culturas encontrándose y con eso habían logrado apreciar la propia.

Ese siempre fue el objetivo, desde el primer guión que se escribió: mostrar la diferencia entre la cultura francesa y la cultura portuguesa. “Sí, yo soy diferente”, pensaba Alves muchas veces durante su infancia. “Los franceses son mucho más descomplicados, mucho más desprendidos. En Portugal la familia es lo principal. Todos son muy cercanos. Eso es malo porque todos se entrometen en la vida de los otros, pero es bueno porque cuando tienes un problema, están ahí para ayudarte. En ese sentido, tienen más humanidad”.

María y José son la representación de esa humanidad. Paula y Pedro son esa humanidad dilatada, que se diluye en una nueva generación, en ese sentimiento entre aceptar o no lo que se es. De no saber, muy bien, de dónde o quiénes son. Son figuras estereotípicas y clichés, incluso. Y eso es a lo que le apuesta Alves. Porque todos, de alguna manera, somos María y somos José, somos Paula y somos Pedro. Tenemos un poquito de ellos. Pues, para Alves, “los clichés son una realidad, jugar con ellos es aceptarlo todo. Es reírnos de nosotros mismos para poder evolucionar”.

amarin@elespectador.com

@adrianamarinu

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