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Este “enemigo” sin rostro, esta especie de “tsunami global”, que ha desencadenado una “crisis sistémica”, pone más en evidencia la vulnerabilidad de las estructuras que se manifiesta todavía más patética, al derrumbarse su disfraz de fortaleza inexpugnable.
La fragilidad de un tecnosistema (la tríada estado-mercado-medios de comunicación), empeñado desde hace muchas décadas en extinguir lo humano, es decir, en sofocar el espíritu, ahora contempla su propia impotencia para responder de manera coherente y eficaz a un problema global.
Y, sin embargo, en el escenario de la crisis humanitaria que nos ha tocado enfrentar, todavía se alzan las voces de unos exhortando a “reinventar el comunismo” y de otros que sugieren “que el capitalismo no solo es el único sistema económico viable, sino que es imposible incluso imaginarle una alternativa” (Fisher, 2016, p. 22), como si el presente momento histórico no fuera la prueba más evidente de que lo humano nos apremia con respuestas humanas y no puramente sistémicas.
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Lo cierto es que, mientras los teóricos lanzan elucubraciones, pronósticos e hipótesis de esta naturaleza, aflora lo humano, la “vida del espíritu” como diría Hanna Arendt. Y se cuela justamente por entre las fisuras del sistema. Sus grietas son testigos hoy de la ineficacia tecnocrática para responder eficaz y humanamente a las necesidades del hombre. Pero la energía inagotable, la creatividad sin límites, la resiliencia incontenible asoma y actúa allí donde la tecnocracia no puede hacerlo. Los problemas humanos exigen respuestas humanas. Los seres humanos con nombre y rostro propio necesitan ser reconocidos, valorados, atendidos por seres humanos con nombre y rostro propio.
Se trata de una “crisis sistémica” global sin precedentes, que exige una respuesta global sin precedentes. Un “giro humanista” de las distintas dimensiones de la vida sociopolítica (la política, la economía, el derecho, la empresa, las comunicaciones…). Un “nuevo orden mundial” humano y humanizante, germinado sobre bases sólidamente humanas y “coronado”, como es de esperar, con frutos humanos: justicia, honradez, solidaridad y fraternidad.
Fraternidad, el componente olvidado del tríptico revolucionario. Después de la Revolución Francesa, la “libertad” y la “igualdad” se erigieron como auténticas categorías políticas (Chiara Lubich). La fraternidad está todavía por estrenarse.
Pues bien, los grandes retos históricos han contribuido siempre a la configuración de la sociedad humana. El modo de enfrentarlos ha definido, asimismo, el destino humano y ético de nuestras comunidades. La sorpresiva y trágica coyuntura que actualmente atraviesa la humanidad se ofrece como un nuevo desafío. Un auténtico reto que interpela nuestra capacidad reflexiva con múltiples preguntas ávidas de respuestas más humanas, más centradas en lo esencial, es decir, en el ser humano, en todos y cada uno de los hombres y mujeres que habitamos este mundo.
Es una oportunidad inédita para intentar otra alternativa, para decidirnos por la fraternidad. Y no simplemente para atender una coyuntura, para resolver con fórmulas inmediatistas unas situaciones concretas. No, la opción por la fraternidad implica un cambio de mentalidad, un cambio de nuestras convicciones y valoraciones. Una transformación cultural, en definitiva.
Se necesita una humanización de la vida sociopolítica, un humanismo cívico. En otras palabras, una propuesta magnánima. Lo que define, en efecto, a una actitud magnánima es el decidido empeño en alcanzar metas grandes o, lo que es lo mismo, humanamente elevadas, espiritualmente ambiciosas; dignas, en suma, de un ser racional y libre. Y el humanismo cívico propone, ni más ni menos, la transformación de la sociedad a partir de la transformación de nosotros mismos, los legítimos agentes sociales. Lo fáctico no puede encadenar nuestra libertad, nuestra capacidad ilimitada de comenzar y recomenzar, de reinventar el rumbo de la historia por más sombrío y amenazador que se anuncie el futuro. «La historia -afirma Alejandro Llano- no nos arrastra, la hacemos nosotros, los verdaderos protagonistas del cambio social.” (Llano, 2001, p. 74).
Para que efectivamente la historia no nos arrastre, el giro humanista que proponemos se ha de edificar sobre bases firmes. No podemos seguir improvisando. De acuerdo con el memorable líder de la Revolución de Terciopelo, Vaclav Havel, pensamos que esos cimientos deben llegar hasta la raíz profunda del ser humano. Han de resultar, entonces, de lo que Havel denominó “revolución existencial”, esto es, —en sus consecuencias— una perspectiva de reconstrucción moral de la sociedad, es decir, una renovación radical de la relación auténtica del individuo con lo que he llamado «orden humano» (y que no puede ser sustituido por ningún orden político). Una nueva experiencia del ser, un nuevo enraizamiento en el universo, una reasunción de una «responsabilidad superior», una renovada relación interior con el prójimo y con la comunidad humana: esta es la dirección en que habrá que proceder”. (Havel, 2013, p. 125).
En este contexto, sean bienvenidas todas las iniciativas que nos ayuden a pensar y vivir juntos esta “revolución”. El Centro para el Desarrollo Humano Integral de la Universidad Sergio Arboleda ha lanzado una iniciativa en esta dirección: el Seminario internacional sobre la humanización de la vida sociopolítica que se realizará en los próximos días y que deseamos vivamente sea un espacio de encuentro y de reflexión sobre la necesidad de repensar las dimensiones de la vida sociopolítica y retomar, o estrenar, caminos teóricos y prácticos para responder a lo esencial: la construcción de una sociedad hermanada, virtuosa y justa.
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Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Buenos Aíres: Caja Negra.
Havel, V. (2013). El poder de los sin poder y otros escritos. Trad. V. Martín Pindado y B. Gómez. Madrid: Encuentro e Instituto de Estudios Europeos.
Llano, A. (2001). El diablo es conservador, Pamplona, EUNSA, 2001.