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Ayer saqué al azar un viejo disco de aquellos de vinilo y lo puse en una canción, también al azar.
Salió un álbum de Amaury Pérez, un cubano amigo de Silvio Rodríguez, de Vicente Feliú y de Pablo Milanés, uno de aquellos que pelearon por la Revolución y cantaron cosas que en los 80, por ejemplo, no se oían. “Ese hombre está solo y la muerte lo sabe”, decía una de las estrofas. “Ese hombre que entra al bar sin sombra que le ladre”, decía otra. Luego, a tientas, tomé otro disco que resultó ser de Leonardo Favio. “Solo, es una pesadilla el estar solo, solo, como tal vez se encuentre Dios”. Por supuesto que no quise tentar más a la suerte. Triste, solitario y final, como el título de una novela de Osvaldo Soriano, salí por ahí a caminar con mi perro. Tanta tristeza de canciones me abrumó.
Caminé durante horas, triste solitario y final. Por las canciones, sí, pero más allá, porque jamás nos educaron para la soledad y en cambio nos bombardearon con historias de amor y música de amor y películas de amor. Por los anuncios de crear familia, por las lecciones sobre la bondad del matrimonio, por la difusión multiplicada de la palabra “compartir”, porque el amor, en realidad, se convirtió en uno de los grandes negocios de los últimos tiempos. Se venden chocolates para el amor y por amor. Y neveras y casas y hoteles y viajes y discos y películas y revistas y tarots y ángeles y hasta demonios. Para el amor, y por amor, se compran y se venden cientos de miles de objetos que luego, más tarde o más temprano, en pleno desamor, terminan siendo un terrible recuerdo.
Para el amor, y por amor, se le paga a una autoridad para que él diga que una unión es válida, y se compran anillos, vestidos, champaña, fiesta. Luego hay que pagarles a otros para que autoricen que el amor se acabó. Después, acabadas las críticas, las culpas, los señalamientos y ese sinfín de acusaciones que la sociedad les dedica a quienes se atreven a ponerle punto final a un matrimonio, o como se llame, surgen la lástima y la compasión. Lástima porque alguien decidió vivir solo. Compasión porque no tiene con quién compartir quién sabe qué. Los finales de todas las historias dirán, con los años, que aquel insensato morirá solo, abandonado, triste y demás. Nunca, que morirá solo y feliz. Y menos, que otros murieron amargados y deprimidos porque sus últimos días los pasaron en compañía, rodeados de amor.