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Capítulo 20
Toda la vida en un par de días
Salí como pude, desnudo, mojado, con cierto pudor y cierta emoción, apoyado en los hombros de Lucrecia Sandoval. Don Roberto recogía cosas, y más cosas, y más, y más, y agarró las pocas que yo tenía, mis papeles, que ya ni eran un salvoconducto y por eso estaban o parecían intactos, y la pulsera de colores que había botado en la sacristía, y echaba todo en maletines. Cuando me vio, me lanzó una camisa que anudé por las manga a mi cintura, cerró los bolsos y bajamos.
D. R. “Lo que se quedó, se quedó. Vamos”, sentenció don Roberto.
L.S. “Vamos, vamos, padre. Luego se pone algo”, me ordenó la señora Sandoval.
Por fortuna hacía calor, mucho calor, y hacía más calor aún en el túnel al que nos metimos, luego de bajar por una compuerta que habían construido en un pasillo aledaño a la cocina que no se distinguía, desde donde alcanzamos a oír la puerta principal que se abría, y las voces de tres o cuatro hombres, a lo sumo, que gritaban en el tono en el que solían gritar los militares. Que revisaran todo, que arriba, que por la cocina, que no dejaran un solo rincón sin escudriñar.
S. “Se debieron haber ido hace poco, mi capitán. El baño aún tiene los espejos empañados. Están cerca”, dijo uno de los soldados, o quien yo creí que era un soldado.
C. “Arrieta, Lagos, a rodear la casa y los alrededores. Busquen bien, que deben estar escondidos por acá”, les ordenó el jefe.
Nosotros habíamos descendido por una escalera de mano a un rellano de un metro cuadrado, como máximo. Y ahí nos detuvimos, muy pegados los tres, mirando hacia arriba, aunque no lográbamos ver nada. Todo estaba oscuro, y decir oscuro es ser optimistas. Escuchamos los pasos, las voces, por un buen rato. De pronto, ya no oímos nada más. La señora Sandoval buscó con su mano un encendedor, y en su búsqueda me tocó el estómago, el vientre y los muslos. Soltó una risita entre irónica y provocadora y encendió el bricket. Tanteamos las paredes, hasta que hallamos una salida, o una entrada, y empezamos a caminar. El suelo estaba húmedo, y en algunos tramos, con charcos. Yo no quise pensar de qué eran los charcos. Caminaba, o saltaba, apoyando muy poco la pierna enyesada, agarrado de los hombros de la señora Sandoval, e imaginaba cómo me vería desde la óptica de alguien que se encontrara con nosotros, con aquella camisa que apenas me cubría diez centímetros de piel y que subía y bajaba con cada brinco y con Lucrecia Sandoval a mi lado, pegada a mí, a mi piel.
L.S. “Si este túnel es lo que me dijeron, debe salir a la orilla de un riachuelo, y para eso aún nos faltan unos doscientos metros”, musitó la señora Sandoval, luego de haberme halado para que me detuviera y de haber encendido otra vez su bricket para que don Roberto parara.
L.S. “El caso es que no podemos salir ahora. Nos deben estar buscando todavía. Busquemos un metrico seco y nos sentamos”, agregó. Diez saltos más adelante, me volvió a halar y nos dijo que ahí estaba bien. Paramos, nos sentamos como pudimos, casi que en trencito, yo en el medio, don Roberto adelante y la señora Sandoval detrás.
D.R. “Deben ser de la tropa del general Ávila”, dijo don Roberto.
L.S. “¿Está bien, padre?”, me preguntó de repente la señora Sandoval.
P.A. “Sí, por mí no se preocupen”, le contesté, algo sorprendido.
L.S. ¿O esperamos un buen rato y nos devolvemos?
D.R. “¿Tiene las plumas, señora Sandoval?”
L.S. “Sí, claro, son ya una extensión de mi cuerpo”.
D.R. “Ok, listo. Yo digo que sí, que aguardemos. En una hora, máximo, el dichoso capitán y su gente se habrán ido”.
L.S. “Shhhhhhhhhh…”
Volvimos al silencio total y a la oscuridad. Luego de unos segundos, la señora Sandoval volvió a encender su bricket. Nada. Todo estaba como antes.
P.A. “Es un riesgo innecesario volver a la casa, por lo menos tan pronto. Tal vez dejaron a algún soldado ahí”.
L.S. “¿Será?”
P.A. “Puede ser. Igual, no es necesario devolvernos, a menos de que…”.
L.S. “¿De qué?”
P.A. “No, no lo sé, de nada, sólo digo que no tenemos que volver ya, es un riesgo, una imprudencia”.
L.S. “Bueno, sí, tiene razón. Sigamos esperando”.
Cada tanto, la señora Sandoval encendía su bricket para ver la hora, pero el tiempo no pasaba. El calor era cada vez más insoportable. El calor, el olor a boñiga seca, la humedad, el sudor, las gotas de sudor que se me metían por el yeso. Don Roberto no dejaba de moverse. Trataba de acomodarse. No lo lograba.
D.R. “Salgamos”, dijo en tono imperativo y se puso de pie. La señora Sandoval dijo que bueno y también se levantó, apoyándose en mi hombro, o resbalándose desde mi hombro. Luego me dio la mano y me dijo
L.S. “Vamos, padre”.
Caminamos, como antes, y en la medida en que caminábamos, me sentí aliviado. Íbamos hacia algún lado, y eso ya era una bendición. Además, mientras avanzábamos, me concentraba en eso. En mis saltos, en aferrarme a la señora Sandoval, en sentir un poco su cuerpo. Por unos cuantos segundos, o minutos, dejé de pensar en mi muerte, en Doni, en el papel original con los datos que descifré, en el choque de la Cien, en la señora Carmen, en el padre Benito, en los cadáveres de los desaparecidos del Palacio de Justicia, hasta que vislumbramos un diminuto haz de luz muy, muy lejos.
P.A. “¿Y ustedes saben a dónde vamos a salir?, pregunté”
L.S. “A un riachuelo, padre, ya le dijimos”.
P.A. “Sí, está bien, a un riachuelo, ¿pero lejos o cerca de la casa, o lejos o cerca de qué? Porque supongo que ustedes estarán pensando lo mismo que yo”.
L.S. “O sea”.
P.A. “O sea que apenas saquemos la cabeza por esa salida, va a haber un regimiento apuntándonos con sus metralletas”.
L.S. “Paremos un poco, por favor. Es que usted me pesa mucho, padre”.
D.R. “Como sus pecados, jaja”.
L.S. “No estoy para chistes, la verdad. Y tampoco para ser la única que carga con un sacerdote… Y con sus pecados, como si fueran pocos”.
P.A. “Volvamos a lo importante, por favor”, les imploré.
D.R. “Pues padre, reverendo padre, lo que a usted le preocupa sólo lo vamos a descubrir cuando salgamos”.
P.A. “Pero podemos tantear la situación”.
L.S. “Otra buena idea. Vaya, vaya”.
D.R. “¿Y cómo se les ocurre que podemos tan-tear-la-si-tua-ción?”
P.A. “No lo sé, pero para lo que se les ocurra, sea lo que sea, yo me ofrezco de voluntario”.
L.S. “Tan generoso usted, padre”, exclamó la señora Sandoval, irónica, a lo que don Roberto preguntó de inmediato.
D.R. “¿Nos cree bobos?”
P.A. “¿Pero ustedes en serio se creen que me voy a poder escapar así como estoy?”, les pregunté yo, abrumado por tanta precaución.
D.R. “Todas las precauciones son pocas”.
L.S. “Y son pocas, para complementar, precisamente porque no tenemos ni idea con qué nos vamos a encontrar”.
P.A. “Está bien, está bien. Vaya uno de ustedes. Yo espero, sólo espero”.
D.R. “Voy a ir yo. No se preocupen”, dijo don Roberto entonces, muy decidido.
Sentí un gran alivio cuando oí que don Roberto se ofrecía para ir a ver qué había después de la salida del túnel, o quiénes estaban o podían estar por ahí. En parte, porque él era quien se la iba a jugar con lo que se encontrara. Yo, como les dije, sólo esperaría. Por otra parte, me sentí más cómodo con la señora Sandoval. Era extraño. Mis sensaciones con ella y hacia ella cambiaban casi que de minuto a minuto. Habíamos vivido en pocos días y el uno con el otro, o el uno por el otro, más, mucho más de lo que vive cualquier persona normal con su pareja. Novedad, interés, curiosidad, miedo, riesgo, pánico, peligro, inminencia de muerte, huída, odio, rencor, venganza y mil cosas más para las que no había palabras. Si salía con vida de aquello, jamás la iba a olvidar, de eso estaba seguro. Ella tampoco a mí, y eso me alegraba. Era parte de la vida de Lucrecia Sandoval, aquella mujer elegante, siempre mesurada, con comentarios lógicos, refinada, imposible de olvidar. No cualquiera lo había conseguido, me ilusionaba yo, mientras nos tragábamos nuestros pensamientos en aquel túnel oscuro y nos escuchábamos respirar y sentíamos nuestra piel sudorosa, una contra la otra. Hubiera dado lo que fuera por saber qué pensaba ella. Qué pensaba en realidad. Pero no, no me lo iba a decir. Estaba seguro de que cuando le preguntara, iba a salir con una frase para la gradería. ¿Aún me odiaba? ¿Aún tenía aquella sed de venganza por la muerte de Doni? Sí, lo más probable era que siguiera absorbida por el odio hacia mí. Habían sido muchos años de buscarme, de buscar al supuesto asesino de su hermano, de querer saber qué había ocurrido, y luego, muchos otros, con mi nombre como clavado en la punta de su lengua y en la boca de su estómago. Yo quería creer que me odiaba simplemente porque le correspondía odiarme, porque esa era la consecuencia lógica para lo que había pasado. Quería creer que me odiaba en piloto automático, como el amor de miles de parejas, y que estaba prendada del amor al odio, del amor a la venganza. La venganza por la venganza, como se lo había dicho en alguna de nuestras largas charlas. En medio de todo, en aquel instante en que todo parecía llevarnos a un final, empecé a añorar aquellas conversaciones, sus miradas oblicuas, su rabia, sus erres arrastradas, mis furias, mi indignación. Y las comencé a añorar porque sabía, estaba absolutamente convencido de que jamás iba a charlar con nadie de la misma manera, con la misma profundidad y con aquel miedo atravesándonos. Éramos, fuimos y seguíamos siendo en aquel túnel los protagonistas de una película maravillosa. Única e irrepetible. Mi vida, en realidad, se resumía a lo que había vivido con la señora Sandoval. Era lo único realmente importante que había experimentado, y eso que por ahí en mi mente seguían rondando la muerte de Doni y el choque en la Cien y doña Carmen. Pero incluso eso, esos muertos, me llevaban y anclaban a Lucrecia Sandoval.
Cuando salimos del túnel y nos cercioramos de que el peligro había pasado, ya era de noche. Regresamos a la casa. Cada quien a su habitación. Cada quien a sus pensamientos, a sus esperanzas. Yo ya había decidido que iba a descifrar los números de la pluma que hacía falta. Incluso, que iba a ser parte de aquel grupo si era verdad que me iban a aceptar, como lo había sugerido en varias ocasiones la señora Sandoval. Ella, más que nada ella, era la razón de mi decisión. Quería estar cerca de su cuerpo, de sus palabras, de sus miradas y sus silencios. De sus odios y venganzas, también. Sin ilusiones vanas. Es decir, sin que mediara en mi decisión la opción de que algún día fuéramos algo más de lo que habíamos sido. En últimas, en realidad, viendo las cosas con absoluta claridad y profundidad, jamás íbamos a ser nada más de lo que habíamos sido. Era imposible. Nadie podía superar aquello, o por lo menos, yo no conocía a nadie que hubiera tenido una relación similar. Por eso, por ella, por nuestra relación sin nombre y sin manual, sin paradigma, me decidí esa noche. Diría que estaba de acuerdo con sus luchas, con desenmascarar a los asesinos, a los desaparecedores de gente. Genocidas. Torturadores. Criminales. Diría con la voz cortada y los ojos aguados que le había encontrado un sentido a mi vida. Me abrazarían. Me darían una cálida bienvenida. Y seguiría. En parte, en una mínima parte, todo eso también era cierto. No lo definitivo. En la mañana, la señora Sandoval entró a mi habitación muy temprano y le dije que me llevara tinta de Jáuber, dos lámparas potentes, una mesa clara y las plumas, que los iba a ayudar. Ella sonrió como nunca la había visto sonreír. Se sentó al borde de mi cama y dejó escapar largas bocanadas de aire, como si se hubiera quitado siete toneladas de peso de encima. Sólo me dijo:
L.S. “Gracias, pese a todo, gracias”.
Mi primera reacción fue prenderme de nuevo en otra discusión, o en una de las tantas de antes, pero la dejé pasar. Elegí el silencio y luego, tararear el Ave María de Haendel. Yo también me sentía aliviado. A fin de cuentas, había vuelto a la vida. O eso creía.
Libreto original
Fernando Araújo Vélez