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Algo pasa con Cartagena. Las palmeras, el mar, el olor, la gente… algo, pero las ganas de recorrerla son irresistibles. De recorrerla y untarse de ella para llevarse, por lo menos, un recuerdo sublime que dure hasta la próxima visita. Algo así ocurrió el día de la inauguración de la 59 versión del Festival Internacional de Cine de Cartagena, el pasado 6 de marzo, evento al que muchos asistieron por la emoción del festival, pero también por el atractivo de la ciudad, que no da tregua y logra mantener sus calles llenas de euforia.
Era miércoles. El Centro de Convenciones fue llenándose de personas ansiosas: pronto se iniciaría un festival que había logrado convertirse en uno de los más importantes del cine en Colombia y Latinoamérica. A la gente la citaron a las 7 de la noche y, en efecto, a las 7:05 el teatro comenzó a llenarse de cinéfilos, periodistas, directores, productores, actores, etc. Había mucha gente con trajes frescos y elegantes que, después de media hora de que se abrieran las puertas, ya estaba acomodada en las sillas.
Luego de muchos más minutos de espera, pasaron personas de logística diciendo que sí, que ya, que no más, que comenzaran. Las luces se apagaron para proyectar el vídeo oficial del festival, que cuando terminó le dio la entrada a la presentadora. Era evidente que la agenda se había corrido, pero fue más notorio cuando se entendió el porqué: la vicepresidenta, Marta Lucía Ramírez, la ministra de Cultura, Carmen Inés Vásquez, y sus respectivos esquemas de seguridad, entraron bajo una luz blanca que hizo imposible que la tardanza pasara desapercibida. La dos funcionarias fueron recibidas con algunos aplausos que solo dieron unos cuantos, porque se impusieron los abucheos y potentes “¡Buuuuu!”.
Después de que la primera fila del teatro fuese ocupada por el Gobierno, llegó la hora del discurso de Ramírez, que desde que se anunció que hablaría, fue escoltada por el mismo saboteo hasta el escenario. El discurso que leyó una vez estuvo de pie en frente del auditorio no ayudó. Comenzó con venias a la gestión de la Ministra y el presidente Duque «Es un gran líder el presidente de la República, porque en esta economía naranja está representada la cultura».
En medio de burlas y abucheos, la vicepresidenta intentaba leer lo que había preparado, pero todo empeoró cuando resaltó la importancia de la economía naranja en una industria que ha producido películas como El rey león o la empresa de Mickey Mouse. “La de los enanitos”, gritó uno de los asistentes haciendo referencia al criticado discurso del presidente Iván Duque en Francia, cuando señaló que la economía naranja tenía siete principios, como existían siete notas musicales o los siete enanitos de Blanca Nieves. La irrupción del hombre desató risas y aplausos. Además de referirse a la economía naranja, Ramírez resaltó que el gobierno actual celebraba y apoyaba eventos como el Festival de Cine de Cartagena porque creía en los colombianos y los beneficios que el sector representaba para el país.
Los que no participaron del sabotaje a la intervención de la vicepresidenta, reprobaron el irrespeto, pero se dividieron entre defender las palabras de Ramírez, o reprochar su discurso, que para muchos fue evidente que “no escribió”, pues estuvo totalmente desconectado con la realidad y las razones por las que los cineastas se dedicaron a hacer películas. “No lo escribió ella y tampoco lo leyó antes de salir. No la subestimo, no puedo creer que piense así, pero la persona que le redactó el discurso no tiene ni idea de cine ni de la cultura en Colombia”, dijo, después de que se terminó el evento, uno de los productores de la película “Los días de las ballenas”.
Después de que Marta Lucía Ramírez terminó de leer, se bajó del escenario, dándole paso a Felipe Aljure, director artístico del festival, que calmó los ánimos del auditorio llamando a la calma y hablando sobre lo que pasaría con el festival.
Los abucheos y aplausos regresaron cuando después de ser llamado al escenario, Rubén Mendoza, director de “Niña errante”, película que abrió el festival, comenzó a hablar: “Gritar entre muchos a una persona es muy fácil. No soy quién para censurar pero preferiría que no se hiciera”, y después se dirigió a la vicepresidenta: “Con mucho respeto quisiera pedirle que por favor le diga al presidente que vaya a cine”, intentando argumentar el porqué de la indignación de la sala. También le dijo “No importa que el cine no sea un negocio. El cine es una forma de expresión esencial”, respondiendo a lo que dijo la funcionaria sobre la intención del Gobierno de que el cine colombiano termine pareciéndose al de Hollywood.
Mendoza, que dio un discurso que ya había sido escrito con antelación, aprovechó para referirse a temas coyunturales que por esos días le atravesaban la garganta a más de un colombiano: la muerte de Jorge Enrique Pizano, testigo en el caso Odebrecht; el fiscal Nestor Humberto Martínez y los “abusos del ministro Carrasquilla”, refiriéndose al escándalo de los «bonos de agua»; Hidroituango, la muerte de líderes sociales, la corrupción, el incumplimiento de los acuerdos de paz, en fin, varios temas que motivaron la salida del auditorio de la vicepresidenta, la ministra, Munir Falah (presidente de Cine Colombia) y su esposa.
Al final, todos pensaron que a Mendoza le habían brotado esas ideas en ese momento y a partir del discurso de Ramírez, y no. Se imaginaron que había sido una respuesta a esas palabras, que ya habían sido escritas días u horas atrás. Al otro día, la vicepresidenta habló en medios y dijo, visiblemente molesta, que esperó una defensa más enérgica por parte de la institucionalidad, es decir, del festival.
La inauguración del FICCI puso temas sobre la mesa que permitieron, además de hablar de las películas, conversar sobre lo que significaba hacer cine en Colombia. Alejó a gente, pero también acercó a otra, y nos puso a nosotros, los periodistas, a escribir sobre lo que los directores decían. Sobre lo que los políticos, la gente, los productores, los gestores y hasta nosotros pensábamos de la cultura nacional. El irrespeto, que siempre será innecesario, se condenó, y después quedó el análisis, que nos llevó a conocernos, enamorarnos, derretirnos y maravillarnos con el resultado de las búsquedas para que la gente opine y después, en Cartagena y por el festival, se reuniera por el cine. Al final, la ciudad y su magia lo lograron: hubo arte, fiesta y un atractivo y hasta sensual (por Cartagena, siempre Cartagena) debate.