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Cine masticable. Son 16 proyectos, entre documentales y películas que celebran el mundo culinario y que al mismo tiempo crean consciencia sobre el medio ambiente, sobre los problemas sociales y ecológicos que se generan alrededor del universo de los alimentos.
El documental australiano “Red Obsession” (Obsesión Roja) rastrea el fenómeno de un país como China, que desde el 2010 se ha vuelto el mayor importador de vinos de Bordeaux. Este es tan solo un abrebocas del apetito por el lujo de los chinos. Las imágenes se adentran en las bodegas francesas más celebradas como Latour, Margaux, Petrus o Yquem, en las que los enólogos, comerciantes, dueños y coleccionistas hablan sobre la fiebre china de los vinos , pasión que ha hecho que paguen fortunas por botellas , que compren Chateaux en Francia y que ahora quieran producir vino en China a la manera francesa.
“Mussels in Love” ( Los mejillones enamorados) es una película que sigue el ciclo de vida de los mejillones hasta que están en el plato de una manera artística y divertida. “Couscous island” es el trabajo de dos cineastas italianos, Franceso Amato y Stefano Scarafia, quienes han hecho varios trabajos en África alrededor de la comida. Esta vez se adentran en el pueblito de las conchas, Fadiouth en Senegal, donde una asociación de mujeres se encarga de todo el proceso del Cous Cous. Esos son tan solo algunos de los proyectos que se presentan en esta séptima edición del Cine Culinario.
Espuma de queso de cabra con un fondo de ciruelas confitadas salpicadas con tierra de chocolate y sal marina e hinojo caramelizado. Ese fue el broche de oro con el que culminó la cena preparada por el chef Hendrick Otto, quien tiene dos estrellas Michelin en el restaurante Lorenz del Hotel Adlon de Berlín. Todas las noches después de las proyecciones que hacen parte de la selección del Cine Culinario, chefs galardonados con estrellas Michelin preparan una cena inspirada en las películas.
Este menú correspondía al lanzamiento mundial del documental “Slow Food Story”, el movimiento culinario fundado por el italiano Carlo Petrini a finales de los años 80. Las imágenes se centran en revelar quién era Carlo Petrini y cómo llegó a fundar una pequeña asociación que terminó en una revolución y que hoy en día tiene más de 100.000 socios en 150 países. La razón de Slow food reside en la importancia de comer bien, de saber la historia de los alimentos que consumimos y que estos respeten a los productores y al medio ambiente.
Un movimiento que cree en la resistencia de la comida rápida, a esa globalización desmesurada en la que se ha perdido la identidad de los alimentos. Sandías cuadradas creadas de manera hidropónica en Japón para que quepan perfectamente un número determinado en una caja de cartón para su mejor transporte, es sin duda, una idea tan absurda como vanguardista. Según Petrini, la tierra debe producir lo que le corresponde y el hombre respetar la identidad, el pasado y las tradiciones de los alimentos. El documental muestra a este visionario y soñador como aquella persona que cree que la comida es un acto político y que la gastronomía no es solo un puñado de recetas o de chefs, lo que corresponde en sus palabras a “pornografía alimentaria”.
La comida para Petrini y todos sus seguidores es cultura, historia, raíces, ritos, tierra, campesinos y tradiciones que han ido perdiendo importancia con la globalización. Sin embargo, Slow Food está ahí para generar consciencia. Su intención es lograr hacer parar el tren que va a gran velocidad pero hacia el vacío y hacer caer en cuenta al mundo que el campesino, el que está de último en la cadena alimentaria, es en realidad el centro y que su humilde labor debe ser enaltecida.