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Mucho más que historia extrae Howard, que parecía ajeno a la mesura y a la matización, de aquella entrevista que vieron 45 millones de personas en el verano de 1977 y que suponía el reencuentro de Nixon con la opinión pública tras su dimisión a causa del escándalo Watergate.
Frank Langella como Nixon, Michael Sheen como Frost. Dos grandes actores -el primero con un pie en el Oscar- y dos apasionantes personajes que hacen de su sinergia una experiencia cinematográfica de primera categoría.
Ellos son rivales con demasiados puntos en común: una carrera por reconducir, ambiciones desmedidas e inteligencias afiladas. Empatía en sus debilidades, pero ningún escrúpulo a la hora de hurgárselas al contrincante.
Una reflexión sobre dos extremos de difícil digestión: el éxito y el fracaso. Peter Morgan escribió para las tablas esta historia que también ha llevado al cine y, tras La Reina y El último rey de Escocia -ambas de 2006- se consolida como un experto en los efectos del poder sobre el hombre -el que lo posee y el que lo juzga- y en la no tan atípica cotidianeidad del megalómano.
Así, Howard, que ya ganó un Oscar muy discutible por Una Mente Brillante, se hace ahora meritorio de tal honor al ejercer de árbitro dinámico, sagaz y limpio en este combate de egos en el que la admiración mutua convive con el salvaje instinto de supervivencia.
Como el propio Frost, el cineasta no parecía el más indicado para llevar a cabo tamaña empresa, pero se crece ante su oponente y sale airoso, como lo hiciera el presentador de televisión británico.
Entre el periodismo, el documental y el cine de los años setenta, alumbra su obra de madurez. Aquélla en la que ya no impera el golpe de efecto ni lo maniqueo -aunque aparezcan puntualmente- y en la que los personajes se hinchan de humanidad y no desprenden patriotismo.
Richard Nixon era un blanco perfecto para hilar una radiografía del trauma estadounidense, pero la película, sin dejar de abordarlo, devuelve el dardo a los que piensan que un presidente del país más poderoso del mundo llega hasta ahí por casualidad.
Como ya hizo con Isabel II, Morgan no infravalora la sabiduría que aflora de estar en la cúspide del mundo, de vivir la Historia en primer plano y poder escribirla con el puño y la letra de uno mismo.
Y a eso suma la moraleja que también aplicó, salvando las distancias, a Idi Amin: que un mediocre no puede llevar una gestión política que se salda con miles de muertos. No hay lugar para el azar, sino para una precisión, coherencia, premeditación e inteligencia escalofriantes.