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Adiós a un amigo

Palabras de Ramiro Bejarano en las honras fúnebres del periodista Álvaro Bejarano Moncayo.

09 de marzo de 2012 – 11:10 a. m.

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Ha muerto Álvaro Bejarano Moncayo, el padre cariñoso y cómplice, el gran periodista, el amigo entrañable, el humorista grave, y el ser más generoso que haya conocido.

En lo personal estoy despidiendo a quien por encima de los indisolubles lazos de la sangre, fue primero mi amigo, y en esa imborrable condición además fue oportuno confidente, agudo consejero, crítico mesurado, contertulio iluminado, compañero de encuentros etílicos, literarios, y muchas otras cosas más que él se ha llevado a la tumba y que yo guardaré para siempre en mi corazón.

Para empezar, no quiero dejar pasar inadvertido que haya sido el mismo Álvaro quien organizara sus propias honras fúnebres, en este acto sencillo, despojado de liturgias e invocaciones sacramentales. Ese fue su talante, edificado en la tolerancia y el respeto a las creencias ajenas. Tal norma de conducta se confirma hoy en el umbral de su tumba con este conversatorio al que hemos venido a acompañar a Lilia, María Fernanda, Juan Carlos, Rodrigo, Victoria Eugenia y Mónica, a todos sus nietos, en el que con la presencia de su inmensa parentela, de los colegas periodistas y de sus amigos, rendimos testimonio final al amigo que despedimos pero que jamás olvidaremos.

Excuso empezar hablando del hombre de familia. No hubo un día de su vida en la que este andariego del mundo no tuviera presente a sus hijos, ni dejara de vibrar con sus vidas y sus futuros. Allí estuvo siempre presente, cálido, suficiente, entregado, preocupado, orgulloso y siempre amoroso.

A Álvaro le tocó vivir el inmenso drama que sacudió a su familia, con la temprana y abrupta muerte de Alvarito, su primogénito que falleció cuando apenas se asomaba a la vida. Siempre recordaré la anécdota dolorosa pero iluminada, de cómo en una noche de bohemia y de inmensa tristeza – de las muchas en las que Álvaro se sumió cuando la vida lo estrujó para siempre con la muerte de su pequeño hijo -, mientras el derrumbado padre lloraba y se lamentaba, otro hombre anónimo perdido en la noche se le apareció como mandado por su vástago, y cuando supo el motivo del delirio que estremecía a Álvaro, le dijo “Hombre, no llorés por un joven que tuvo la fortuna de morirse con las ilusiones intactas”. Tan simple encuentro fue un bálsamo que alivió la pena y permitió continuar la vida, aunque soy testigo de que esa tragedia que por supuesto también lo fue para Lilia y sus hijos, no dejó jamás de deambular en las noches de insomnio y de pesadumbre solitaria. Así era Álvaro Bejarano, el hombre que desbarata una tempestad con una frase llena de amor, consuelo y esperanza. Ya no habrá distancia, querido Álvaro, ahora estás en el universo donde habita ese hijo que partió primero que tú, ahora ha cesado por fin esa pesada ansiedad que surcó para siempre tu existencia, desde ese trágico 20 de agosto de 1971.

Y fue también de origen familiar el apodo de “Loco” con el que bautizaron al personaje más cuerdo del que se tenga noticia. El humor siempre cáustico de Álvaro justificó el remoquete que para nada le fastidiaba y que ejercía con habilidad e insolencia insuperables, a la venganza de otro pariente que el “Loco”, siendo apenas un niño, sorprendió cuando estaba entregado al incesto con otra pariente, cuyo nombre también permanecerá guardado, y obviamente, Álvaro rindiéndole culto a su proverbial irreverencia, en vez de guardar el secreto salió a publicarlo a los cuatro vientos. Desde entonces, se volvió el “Loco” el hombre que decía impertinencias, verdades y que ejercía el espíritu libre en cada acto de su vida.

Y con ese remoquete de “Loco” salió a Bogotá a conquistar el mundo, dotado de una simpatía inigualable y de una rapidez mental heredada de su padre, el repentista Tulio, y sufrida por la abnegada abuela, Artemia. Siempre fue una delicia oírle a Álvaro rememorar todas las historias del tenebroso 9 de abril, cuando con su hermano, Oscar, mi padre, fueron testigos de excepción de esos días tempestuosos de fallida revolución liberal y de intolerancia política conservadora.
En Bogotá era obvio que una mente tan iluminada, dotada además de una capacidad superior para leer y retener numerosas citas y libros, tenía que abrirse paso rápidamente. Muy pronto Álvaro apareció en las grandes ligas del periodismo bogotano, estuvo cerca del “Gran Mariscal” Alzate Avendaño, de quien recordaba también que el primer escrito que leyó del puño de Bejarano cuando esperaba trabajar al lado del político caldense, mereció que el inteligente hombre público le dijera “Bejarano, Usted no puede trabajar aquí, porque aquí nadie puede escribir mejor que el jefe”.

Y era verdad, Álvaro tenía la pluma más ágil y deliciosa. De haber sabido que sus hijos me iban a pedir llevar la palabra esta noche, le habría pedido escribir sus últimas palabras para no correr el riesgo de mal interpretarlo, y de paso disfrutar en medio de la melancolía de su verbo certero, su humor encendido y su impecable escritura.

Si algo identificó a Álvaro, fue su vocación por ser un hombre de pasiones. Pero entre ellas la que lo abrazó desde muy joven y hasta sus últimos días, fue el periodismo. No hubo periódico, revista, noticiero o medio de comunicación, donde Álvaro no hubiese escrito o estado presente en algún momento. Allí brilló con meritos propios. Su Columna habitual “Redes y Vientos” lo hizo célebre. No hubo personaje de la política nacional que no pasara por su pluma, ni suceso que no quedara registrado, siempre con el horizonte de que sus diferencias públicas apenas molestaban la epidermis, nunca su entendimiento, que siempre estuvo abierto a la conciliación y al diálogo.

Allí también en ese oficio de incansable escribidor, y cuando ya en la edad madura empezaban a aflorar los males que lo terminaron venciendo físicamente, ese loco adorable decidió burlarse de sí mismo, pregonando a diestra y siniestra que era el único hombre en el mundo que tenía dos columnas malas: la periodística y la vertebral.

Hoy recordamos el humor de Álvaro, del que disfrutamos todos, conocidos y desconocidos, porque él era como un rayo cargado de risa y alegría, que llegaba intempestivamente, electrizaba y aturdía con su talento e ingenio. Pero en verdad, con la pesadumbre de tener que tejer estas palabras, hoy estoy por concluir que lo del humor fue apenas una coraza detrás de la cual se guardaba un ser sensato, volcánico sí pero justo, que se reía y hacia reir para convencer, porque como Unamuno sabía que para vencer es preciso convencer.

Es justo, pues, que sus colegas periodistas le estén rindiendo este homenaje de despedida, a quien respiraba periodismo a toda hora. Mientras escribía estas notas deshilvanadas sin pulimento en su factura, recibí una llamada del periodista Daniel Samper Pizano, adolorido con la desaparición del amigo que le hizo amable su convivencia en Cali en las épocas del ensayo del diario liberal “El Pueblo”, anunciándome que el próximo domingo publicará una sentido perfil del loco en EL TIEMPO. Como Daniel, muchos de sus entrañables amigos lo conocieron en la orilla de la controversia pública y del enfrentamiento, una veces por política, otras por su mal gusto por el futbol y su amor por el América, las más por controversias literarias. Todos esos contradictores luego ataron sus vidas para siempre con quien además de periodista fue un incomparable compañero. Así pasó con su contrincante de muchos años, Pardo Llada, con quien al final de su vida compartió un programa de televisión como decanos del periodismo vallecaucano, que hoy se añora en la región.

Se va el comandante Álvaro, con sus locuras y genialidades, la vida se ensañó con él en los últimos días de su rica existencia, pues se le cumplió la terrible admonición de Borges, según la cual, “la vejez es un ultraje”. Entonces, patentó el verbo “municionar”, para anunciar que optaría por el suicidio para no dejarse avasallar de ninguna enfermedad porque antes acabaría con su propia vida, empeño del que desistió cuando su pequeña nieta le reclamó que no lo hiciera porque necesitaba de su amor y su presencia. Prefirió el suplicio de un final accidentado, para cumplirle al amor de su nieta.

Buen viento y buena mar, querido Comandante, como diría el poeta Rilke “has llegado por fin al puerto seguro de la muerte”. Gracias por haber vivido, pero sobre todo por habernos permitido a todos los que hoy te despedimos, haber sido tus parientes y amigos. Hoy quienes estamos aquí y quienes disfrutaron de tu maravilloso paso existencial, hacemos propia la sentencia inmortal de Mikos Kazansakis: “Muchos de los que he amado han muerto ya, se han sumido no en la tierra, sino en mi memoria. Mientras yo viva, vivirán ellos también”.
 

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