Aura Estela Vélez, la pluma detrás de El Cartero

Su iniciativa epistolar ha llegado a casas, restaurantes, hospitales, oficinas y asilos. Los destinatarios han sido madres, padres, novias, amigos y hasta una nietecita que se moría porque el cartero hiciera sonar la campanita de la bicicleta enfrente de su puerta.

Con El Cartero, Aura Estela Vélez convierte los mensajes en cartas hechas en letra caligráfica o en máquina de escribir, y es capaz de devolver en el tiempo.  / Julio César Galeano
Con El Cartero, Aura Estela Vélez convierte los mensajes en cartas hechas en letra caligráfica o en máquina de escribir, y es capaz de devolver en el tiempo. / Julio César Galeano

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Hablar de amor será siempre complicado: los que lo tienen, dicen que sabe a miel; los que no lo han tenido, tienen miedo de que les duela pero más, de nunca llegar a sentirlo; y los que lo tuvieron pero ya no, aseguran que no existe. Para el primer grupo, la miel se puede dejar destapada en un rincón de la cocina y nunca se va a dañar, si el amor se descuida poco a poco irá perdiendo su sabor. Para el segundo grupo, solo hay dos cosas ciertas en la vida: la muerte y que antes de que esto ocurra, usted se habrá enamorado. Para los del tercer grupo, esta va a ser una historia de amor a la antigua, y antes el amor sí existía.

La abuela Bernarda recitaba de memoria cada tarde, a los doce hermanos, los poemas que el amor de su vida le había escrito alguna vez. Aura Estela Vélez, la número once, siempre supo que el amor de la vida de su abuela no era su abuelo, que era un poeta que nunca se casó y pasaba sus días escribiéndole a Bernarda con la esperanza de que en algún momento pudieran estar juntos.

Nunca fue así, él murió esperándola y ella recordando cada línea de amor. Ahora, Aura Estela rinde tributo a su abuela y a esos primeros versos de amor que escuchó y en su propuesta de envíos está “Bernarda Romántica”: una carta de amor transcrita a máquina y 25 rosas empacadas en un ramillete clásico entregado por el cartero.

Aura Estela Vélez llevaba dos meses viendo cómo su mamá se levantaba de la mesa sin probar bocado y secándose las lágrimas para que ninguno de sus hijos se diera cuenta de su tristeza. Memo, el segundo, estaba desaparecido. Tenía doce años cuando por primera vez sintió el poder de una carta. Los once hermanos escucharon el timbre de la bicicleta, salieron corriendo a recibir al cartero, el mayor placer de los niños de entonces, y luego de leer esa carta y apretarla fuertemente contra el pecho, su mamá jamás volvió a llorar.

La carta la escribía el capitán del buque Santa Mónica, que viajaba de Cartagena a Nueva York, y en ella le contaba que habían encontrado a Memo en una de las bodegas del buque, el muchacho estaba bien, los marineros lo apreciaban y estaba trabajando en el restaurante, como era menor de edad no lo podían bajar del barco, entonces haría todo el recorrido con ellos, que no se preocupara que él se encargaría de cuidar a Memo y escribirle otras cartas apenas pudiera.

Aura Estela y las hermanas llegaban del colegio, tiraban la maleta y antes de saludar a su mamá lo primero que preguntaban era: ¿Ya llegó el cartero, hay carta para mí? Antes, los amoríos de adolescentes estaban escritos en papel, no importa si el amiguito también era de Medellín o si vivía en Bogotá, como el futuro esposo de Aura, pero las carta eran la única manera de conectar dos corazones y las líneas la mejor forma de despertar sonrisas.

Aura Estela Vélez Morales es pensionada de Bancolombia, se especializó como planeadora de bodas en Uruguay y hace dos años quiso que las personas dejaran de reírse y hacer cara de enamorados frente a las pantallas de sus celulares, que se dedicaran tiempo, se miraran a los ojos y a través de una carta sintieran todo el amor que la otra persona tenía para entregarle, y creó El Cartero en Medellín.

El día que encontró la que sería su oficina postal, pequeña pero con una ventana que daba directo a la calle, se fracturó un pie y no pudo estar al frente de las compras para el lanzamiento de El Cartero. Su hija Valentina compró el escritorio, la máquina de escribir, diseñó los uniformes de los carteros (camisa beige con los logos de El Cartero y la oficina postal, boina y pantalón camel), la valija pensada para cargar solo una carta a la vez, la bicicleta con una canastica adelante para llevar las flores, chocolates y el vino, la moto con su canastica atrás; mandó a hacer los volantes y el 28 de abril de 2016 los carteros recorrieron Medellín regalando flores en cada calle y amor en cada puerta.

Sentir el aroma del papel, ver cómo la persona llora de alegría al recibir la carta y escuchar al cartero, personaje que declama ante el destinatario un mensaje escrito por el remitente, sonríe y en sus ojos refleja el amor que trae guardado en la maleta, no es un negocio para Aura, es la magia de amar como antes.

El Cartero ha llegado a casas, restaurantes, hospitales, oficinas y asilos. Los destinatarios han sido madres, padres, novias, amigos y hasta una nietecita que se moría porque el cartero hiciera sonar la campanita de la bicicleta, que no quería flores sino una planta para jardinear con su abuela, y le gustaban más las mentas que los chocolates. Los remitentes son esposos, esposas, novias, hijos y hasta una bebé que aún no había nacido le escribió una carta a su mamá dándole mucho ánimo para el duro momento que tenían que afrontar juntas. Casi todos son recibidos con un beso y un abrazo y solo uno en toda la historia de El Cartero, aparentemente no fue perdonado.

Aura Estela Vélez convierte los mensajes en cartas hechas en letra caligráfica o en máquina de escribir, devuelve en el tiempo, y revela los sentimientos más profundos que se puedan llegar a tener por una persona. Se emociona con cada entrega como si fuera ella la remitente, y algunas veces llora al leer las cartas como si fuera la destinataria, porque esa conexión de la que tanto habla, entre el que escribe y el que lee, no pasa con las caritas de ahora. En tiempos de miquitos tapándose los ojos y diablitos morados, el amor aún puede llegar en bicicleta y tocar su puerta.

Posdata: Yo pertenecía al tercer grupo, hasta que le escribí una carta a la persona que pensé era el amor de mi vida, ahora ella no está porque me amaba como se ama ahora, pero yo sigo leyendo esa carta y deseando que siempre esté bien porque yo la amaba como se amaba antes.

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