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Coleccionista de palabras

En su nuevo libro el periodista Gustavo Gómez presenta 41.000 definiciones repentinas de la cotidianidad colombiana que ha recopilado durante 20 años.

27 de enero de 2012 – 05:00 p. m.

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¿Qué lo obsesiona?

Lo infieles que le somos todos al silencio, que es un tesoro.

¿Alguien ha confundido su faceta de coleccionista con la de un acumulador compulsivo?

Todo el que ve televisión por suscripción cree que los coleccionistas somos acumuladores. La televisión deforma la mente. Lo sé bien: a mí me crió ese aparato.

Colecciona música, imágenes, afiches.. pero, ¿por qué compilar significados en su libro ‘41.000 palabras’?

Las palabras son lo más importante que existe. Más, incluso, que las tetas.

En qué momento dijo ¡basta, tengo el diccionario completo!

Jamás me detuve. Mientras se imprimía el libro ya tenía listas siete u ocho páginas del siguiente. Uno no se divorcia de las palabras por la nimiedad de editar un libro.

¿Es un diccionario para quiénes?

Para todos los que rindan culto a la mordacidad, la agilidad neuronal y el repentismo de los colombianos.

Su ‘top’ de significados.

Buñuelo, según Pascual Gaviria: “Negocio redondo”. Colombia, por Antonio Morales: “Una democracia prepago”. Curiosidad, de Juan Gossaín: “El único elemento de trabajo verdadero de un periodista”. Papá, al estilo de Samper Ospina: “Ser papá, acabo de descubrirlo, es comer sobrados”.

¿Con quién le gustaría que ‘lo cogiera la tarde’?

Con Mélanie Laurent, la actriz que hace de violinista en El gran concierto. Como mi mujer es violista, seguro se haría muy amiga de ella, justo después de asesinarme.

¿Un recuerdo de la cabina de Javeriana Estéreo?

Ver pasar a Ligeia, la estudiante más linda de la universidad. Me casé con ella que, gracias al cielo, me vio lo que ninguna otra me ha visto.

¿La crónica que más se haya disfrutado reportear?

Me gustó mucho ser policía para SoHo. He debido ser policía y no periodista.

 ¿Qué le gusta de la cotidianidad colombiana?

Que siempre hay noticias. De eso comemos mi familia y yo.

¿Qué no soporta?

Las personas intensas y los que hacen clic, clic, clic con el estilógrafo mientras hablan.

¿Una idea que le quita el sueño?

Vivir en el campo, con muchos metros de fondo y de frente… y pocos “frentes” cerca.

La noticia colombiana que le ha parecido más inverosímil.

Una, tristísima, de un niño que les ofreció a los delincuentes que iban a matar a su papá su alcancía a cambio de respetarle la vida. Como los milagros sólo suceden en el cine, lo asesinaron.

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El escándalo más taquillero de 2011.

Lo verdaderamente escandaloso de 2011 es que tanto exconcejal delincuente de Bogotá ande tranquilo por la calle.

¿Por qué no le sonó la propuesta de apostarle a la dirección de Caracol Noticias?

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Sí me sonó, pero tengo en casa dos pitufos que necesitan un “director de noticias” con tiempo libre para educarlos. Y creí que me quedaban unos cuantos cartuchos por disparar en radio.

Lo mejor de ser periodista en Colombia.

Si te matan, no lo dudes, la gente te recordará con mucho cariño.

Lo peor…

¡Que en redacción nunca hay pilas para la grabadora!

 Su opinión sobre la polémica fiesta taurina.

Nunca me he colado a esa fiesta. Sufro por el toro y por el torero. Ni me gusta ver padecer al animal ni que hagan picadillo al señor de las medias veladas con corbatín.

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Un concierto irrepetible.

El carrusel de la contratación: soberbio concierto para delinquir.

¿A dónde se iría de montarse en una máquina del tiempo?

A donde quiera que hubiera muchos dinosaurios.

Hoy por hoy, ¿a quién le escribiría una diatriba?

A los educadores de Cooeducord, una cooperativa de maleducados educadores de Córdoba que amenaza, a punta de parlantes monstruosos, con acabar la tranquilidad de las playas.

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Cuatro twitteros imperdibles.

Daniel Samper Ospina, Andrés Burgos, Camilo Durán Casas y Adolfo Zableh.

Y para usted, ¿qué significa el Twitter?

Lo mismo que para Durán Casas: “El Twitter es la radio escrita”.

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¿Qué lo llevaría a venderle el alma al diablo?

Saber qué se hizo y cómo se llamaba esa niña rubia de las Bethlemitas que se sentaba al lado de donde me recogía el bus del colegio, en el murito blanco. Nuca me atreví a hablarle: me faltaron 41 mil palabras…

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