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En dos sitios paralelos de Japón transcurren las vidas normales y corrientes de dos núcleos familiares disímiles. Estas familias no se conocen y tienen poco en común: un hijo de seis años que está siendo criado bajo los parámetros de cada uno de sus padres. Un día, no cualquiera, reciben una llamada que los llevará a un viaje inesperado de dolor y enfrentamiento humano: por una venganza de la enfermera que atendió el parto de los niños, éstos fueron intercambiados justo después de nacer.
Ryota, protagonista y padre de Keita, uno de los niños, se ve entonces sumergido en un huracán de sentimientos maquillados por su autosuficiencia, que lo llevan a regresar la mirada a temas dolorosos y controversiales: ¿son suficientes los lazos sanguíneos para determinar si alguien es o no de la familia? ¿Padre es aquel que engendra o el que cría? Y ¿hasta qué punto el modelo de relación que se tuvo con los padres se repite con los hijos?
La película del japonés Hirokazu Koreeda, De tal padre, tal hijo, narra esa historia. Su origen fue una escena que vivió el director en su vida familiar. Debido a sus ocupaciones, su hija de tres años, luego de vivir la ausencia del padre durante más de un mes, lo trató como un completo extraño cuando Koreeda regresó a casa.
“Eso me dio susto y pensé que si seguía así sería un desconocido para mi hija, que no era suficiente tener la misma sangre. Debía esforzarme más para estar con ella, para que no me viera como a un extraño. La pregunta que surgió fue: ¿cómo conectaría el concepto de ‘sangre y tiempo’ un hijo? Y de ahí surge la película. Por otra parte, quiero que las personas se planteen qué es la familia”.
Al hablar sobre el personaje principal y el emotivo viaje que realiza después de descubrir que quien había creído su hijo por seis años no lo es, el director comenta: “El personaje de Masaharu Fukuyama, Ryota en el filme, cuenta la historia de un hombre inmaduro que descubre la paternidad sin mayores instrucciones, mientras que al tiempo vive un proceso de reconciliación con su padre. El objetivo no es la reconciliación, pero sí quería describir la derrota de la autoridad paternal y las relaciones sanguíneas”.
Hirokazu Koreeda también confiesa el reto que implicó la creación del rol principal, Ryota: “Le pedí al actor que me mostrara personajes que sólo hablaran de dinero o fueran de ese tipo de personas que tienen la osadía de hablar mal a las espaldas de alguien hasta hacerle decir a la audiencia ¡basta! Luego, al escribir el guión, no me sentía seguro: todo lo que escribía más tarde lo borraba, estaba en un laberinto. El elenco me salvó: trabajó positivamente, y no sólo creamos el personaje de Ryota, al ver actuando a Fukuyama como un hombre acorralado, sino que también creamos su contraparte: el padre de la otra familia que estaba atravesando por la misma situación”.
La película maneja un ritmo cautivante: “La música entra en momentos un poco diferentes, pero desde el principio tenía la noción del sonido de un piano solo y con cierto intervalo, de manera que no se supiera si era música o no”, comenta el director.
La música de Bach y Beethoven alimentan esa sensación de sufrimiento afrontada con grandeza y dignidad que transmite la cultura japonesa. Ahí está el dolor, latente, pero la vida sigue y no hay tiempo para la queja, los personajes —como en la realidad— tienen tal cantidad de riqueza espiritual que se ve en el destello de sus miradas y en la limpieza de su corporalidad. Por su parte, los silencios están magistralmente trabajados, y a esta musicalidad habrá que añadir también las risas irónicas que el director y el elenco logran arrebatarle al espectador en los momentos más desgarradores. El humor, que en este caso es punzante, va de la mano con el ritmo.
Pese al rotundo éxito de De tal padre, tal hijo con el Premio del Jurado (Festival de Cannes 2013), Premio del Público (Festival de San Sebastián 2013) y Premio Gemas (Festival de Cartagena 2014), Hirokazu Koreeda asegura que aún no ha podido producir una película a la que pueda llamar su “obra representativa” y debe seguir haciendo más esfuerzos. Su principal motivación para hacer piezas audiovisuales son sus infinitas ganas de saber sobre las personas, sobre otras películas y sobre sí mismo.
“El mayor aprendizaje que me dejó esta producción fue ver cómo el crecimiento de un ser humano no se genera en el interior sino que llega desde el exterior. Fue todo un desafío mantener el equilibrio entre sentimientos y razón, describir la existencia de uno, más que de sus sentimientos. Supongamos que hay un estado tranquilo, como la superficie del agua quieta, y de repente el viento hace rizar la superficie del agua… es lo que quiero dibujar. Para una historia no siempre se requiere de tormentas ni olas grandes y, a la vez, para mí es especial sentirme como una parte de un río grande y largo llamado película”, concluye el director.
mecha9113@hotmail.com